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Portada de la novela Rouge

Rouge

Pierson Evans llega a Quebec junto a su hijo Harry, intentando dejar atrás un pasado convulso. En ese mismo destino, Alice Sullivan busca un nuevo comienzo tras una ruptura sentimental y el reencuentro con su hermano. Al asumir el cuidado del pequeño Harry, Alice se entrelaza con la familia Evans justo cuando antiguas amenazas resurgen para romper su calma. Ella se convertirá en el pilar fundamental para combatir el peligro y recuperar la paz perdida.
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Capítulo 3

                       PIERSON 

Camino a casa, recibí una llamada de Maximiliano.

Deslicé el ícono verde y encendí el manos libres. 

—¿Sucedió algo con Harry?

Lo escuché reírse.

—A veces me asusta tu nivel de paranoia. Terminarás por volver loco a mi sobrino. 

Respiré aliviado.

Tal vez me preocupaba demasiado.Tal vez Max tenía razón y yo no era más que un paranoico de mierda, pero prefería serlo a tener que lamentarme por no haber sido precavido.

—Pues aguantas a este paranoico. Lamento decirte que no tienes de otra, Maximiliano.

—Es una lástima. 

Entonces recordé que aún no me decía por qué me había llamado.

—¿Y?

—Y... ¿qué?

—Que hables de una puta vez, estoy conduciendo. 

—Yo también te amo, idiota. 

—¡Habla, joder!

— Mi hermana está aquí. Fue a quien recogí hoy en el aeropuerto. 

— ¿Y? 

—¡Deja de ser un maldito insoportable! 

— Te recuerdo que estoy conduciendo, Maximiliano. 

—Está bien, voy al grano: estamos en tu casa los tres. Alice y Harry están jugando emocionados. Si vieras como él la mira. Hombre, parece que se conocieran de toda la vida. 

Mis pensamientos corrieron a toda velocidad y sentí la ira bullir en mi fuero.

Aparqué en un lado fuera de la calle, si conducía así podría provocar un accidente.

—¡¿Qué?!—casi ladré

—Que estamos jugando y... un momento, Pierce, ¿por qué diablos me hablas en ese tono?

—¡Porque sabes que no me gusta que nadie se acerque a Harry, imbécil! ¡Puede ser peligroso! 

—Es mi maldita hermana, hombre. 

Resoplé. 

—No la ves hace años, por dios. —le imprimí más enojo a mi voz. Mis emociones en ese momento eran veneno, y necesitaba expulsarlo en un montón de palabras o acabaría por joderme más de lo que ya lo estaba. —Aléjala de mi hijo o te juro por él que te parto la cara en cuanto llegue a la casa. 

—No te preocupes, rizos. Sólo está teniendo un ataque de ansiedad.— le dijo en un susurro a alguien más.

¿Quién era rizos? Que apodo tan cursi. Solo espero que no esté con una novia ahí también porque...

Escuché una risa femenina,  un «Está bien » y al idiota con el que hablaba reír también. 

—Max, no me jodas. —apreté el volante—¿Quién  demonios es rizos?

—Mi hermana, bestia. ¿Ya no estás enojado? ¿Se pasó tu ataque de ansiedad?

—¡No estoy teniendo un jodido ataque de ansiedad! 

—Hombre, que me perforas el tímpano. 

—¡Me importa una mierda tu tímpano!

—Está bien, ¿paz?. 

—Jódete. 

Le colgué y me puse en marcha. 

Abrí la puerta de mi casa casi con una patada y los rostros de las tres personas que me esperaban dentro se giraron hacia mí, sobresaltados. El de Max pasó de inmediato a adquirir matices divertidos. 

¿Qué mierda le hacía tanta gracia? 

Iba a agarrarlo del cuello cuando sentí unos bracitos pequeños aferrarse a mis piernas. 

Entonces, como siempre que mi hijo me abrazaba, fue como si al fuego que ardía dentro de mí le hubieran arrojado muchísima agua: se apagó. 

Y mi corazón comenzó a latir más rápido.

Me agaché hasta su tamaño y lo cargué. Él me miró a los ojos y pude descubrir que se sentía muy feliz en ese momento, como sólo lo había visto pocas veces en este último año.

—Papi, llegaste. 

Rocé nuestras narices y le pellizqué con suavidad una mejilla. 

—Llegué, campeón. 

—¡Ven! — comenzó a hacer fuerza en dirección a nuestro sofá— ¡Tienes que conocerla! ¡Es la chica más linda que he visto! Sus ojos, papi, sus ojos son lo más bonito. ¡Vamos, pa!

—¿A quién tengo que conocer?— fruncí el ceño. Entonces recordé la discusión con Max. 

—Mira que eres exagerado, Harry.—escuché una voz femenina, la misma voz del teléfono hace un rato y cuando la busqué con la mirada todos los músculos de mi cuerpo se tensaron y las manos me comenzaron a sudar. 

¿Desde cuando me sudaban a mi las manos?

Llegó hasta nosotros y la inspeccioné como un idiota: era una mujer hermosa, pero  no  como todas las que había visto hasta entonces, ella era hermosa de una manera diferente. 

Su cabello cobrizo alborotado, fue, en un primer instante, el  rasgo que más capturó mi atención: le llegaba hasta los hombros teniéndolo recogido como ahora en un moño alto en el centro de su cabeza. Hacía un contraste perfecto con su piel realmente blanca y aparentemente suave.

Diablos, quería tocar esa piel.

Continué mi inspección hasta sus ojos y cuando lo hice, quedé realmente idiotizado.  Uno de ellos era carmelita brillante y el otro azul celeste. Sin embargo, no eran solamente esos dos colores. En el centro de los iris y alrededor de las pupilas, había pequeños estallidos de verde y amarillo, combinados de una forma que me dejó sin habla. Nunca había visto una heterocromía como aquella. 

¿De dónde había salido esta mujer?

Parpadeé varias veces y vi que me tendía la mano y me observaba sonriente.

Era la sonrisa más hermosa que veía hasta ahora. Sobre todo porque no pretendía hacerlo de una manera perfecta. No hacía nada para impresionar. Todos sus gestos eran naturales, o eso me estaba haciendo creer. 

—Soy Alice Sullivan, la hermana de este idiota de aquí. —señaló a su hermano con la cabeza.—Y tu debes ser...

—Pierson. Pierson Evans.

Recorrí su pequeño cuerpo con la mirada y me asustó la manera en la que deseé que fuera la mujer que  me llevara a la cama cada noche y que me despertara, y la que me volviera a llevar...

—¿Ves como es linda, papi?

Volví a parpadear y solté mi mano de la suya, como si quemara. 

Entonces, hice lo mejor que se me daba, comportarme como un idiota desconfiado. ¿Pero adivina que? Tenía motivos de sobra, así que me daba igual. 

—¿Qué cojones eres?

—¿Una humana? Sí, creo que lo era la última vez que revisé. 

La respuesta a su sarcasmo se quedó agolpada en mi garganta cuando mi hijo saltó en medio de la conversación.

—¡Pa, me gusta Allie!. ¿Puedo seguir jugando con ella?

—A tu cuarto. Ahora. —le ordené y me hizo caso, cabizbajo.

Cuando sentí la puerta cerrarse, volví al ataque. 

Ella me miraba con el ceño fruncido.

—¿Por qué le acabas de hablar así?

Di un paso hacia ella para confrontarla. 

—¿Por qué te importa? 

—¡Porque te estás comportando como un imbécil con tu hermoso hijo!.

Me sobresalté con su respuesta. Pensé que iba a amilanarse, balbucear y pedir disculpas. 

Un momento... ¿Por qué hablaba como si lo conociera de antes?

—¿Hermoso hijo? ¡ ¿Qué sabes tú de mi hijo?! — me acerqué más y la agarré de la muñeca. —¿Por qué hablas como si lo conocieras, como si ... como si te hubieran hecho un resumen sobre él?

Cuando pensé que iba a asustarse, soltó una carcajada sonora.

—¡Esto no es una película policial, loco!. ¿Quién  te crees que soy? ¿La asesina que los persigue desde hace un año porque los quiere descuartizar? —resopló— Venga ya,  deberías ir a un psiquiatra. ¡Sólo estábamos jugando y me ha parecido el niño más bonito y agradable que he visto!

Sus palabras me atravesaron más rápido de lo que hubiera deseado.

Entonces, provocó algo que nadie más que no fuera Harry había provocado: aceleró los latidos de mi corazón. No, más que eso. Los volvió frenéticos y desenfrenados. 

Conecté mi mirada con la suya buscando qué tanto había de mentira en eso que acababa de decir.  Para mi sorpresa la sostuvo sin titubeos y vi transparencia. 

Carraspeó y miró hacia nuestras manos todavía unidas. 

—¿Me devuelves mi mano, por favor?

Sentí la sangre acumularse en mis mejillas. 

Genial, ahora también me sonrojaba. 

¿Cuándo diablos había sido yo un hombre de sonrojarse?

—Ehm, sí, claro. 

La solté de mi agarre y  cuando escuché una sonrisa detrás de ella, clavé mis ojos en los del idiota de su hermano. 

—Esto ha sido divertido, hermana — le habló a Alice—Tienes un diez en comportamiento ante estúpidos paranóicos. 

—¿ ¡Te hace gracia?! ¡¿Te parece gracioso?!

Se encogió de hombros en un gesto de la más absoluta despreocupación. 

—La verdad, sí. 

En dos zancadas ya lo había agarrado del cuello de su camisa y llevado contra la pared que teníamos detrás.

—Vuelve a saltarte una de mis reglas y te juro que no vives para contarlo. No te atrevas a traer a más extraños a mi maldita casa, Maximiliano, no lo soporto. —advertí, entre dientes. 

Sus ojos brillaron divertidos. 

—¡Pero si es mi hermana! ¡Yo la conozco!

—¡Pero yo no! —tomé un profundo respiro—  ¿Sabes qué? Largo de aquí.  —lo solté.—Los dos. 

—Tranquilo, animalito de feria. Ya nos vamos. —aseguró levantando las manos en señal de paz. 

Por alguna razón, ignoré al idiota que ya caminaba hacia la puerta y  clavé mi vista otra vez en la pelirroja que se agachaba para halar hacia arriba el aza de su maleta. 

Estaba de espaldas.

Y tenía un culo  bastante voluminoso para las dimensiones de su pequeño cuerpo. 

Un culo perfecto. 

De repente me encontré queriendo tocar ese culo. Queriendo tocarlo y...

¡Basta!

—Nos vamos.—avisó Maximiliano

—Como quieras. 

Antes de que salir de casa, la pelirroja se enganchó a su brazo y me sonrió. 

Me sonrió. 

Y a pesar de todo, me quedé sonriendo yo también. 

                            💫💫💫

Me metí al baño  casi al instante en que se habían ido. Realmente deseaba una ducha larga y fría. 

Apoyé  una mano en la pared dejando mi mirada en el suelo mientras el agua me caía por la espalda relajando cada músculo a su paso.

Quizás debería cambiar. Dejar de lado esa obsesión enfermiza y esos delirios de persecución antes de volverme realmente loco como una  cabra. Sentí un pinchazo de culpabilidad hacia la hermana de Max, la chica pelirroja, Alice. No la traté de una manera correcta, pero no pude evitarlo en ese momento. El miedo a que pudiera tener algo que ver con aquello que nos había hecho venir desde Francia apresurados y sin nada más que la ropa que traíamos puesta me paralizó. 

Pero no tenía ninguna relación, y yo me comporté como un desequilibrado mental. 

Ya ha pasado un año. No debe acordarse de que existimos. Hemos venido al otro lado del mundo, lejos de cada cosa que podría relacionarme con esa catástrofe. Mi hijo está a salvo. 

Pero... ¿y si no? ¿Y si estaba lo suficientemente sediento de venganza como para no perdernos el paso ni aunque consiguiera venir a Quebec? 

Maldición. 

Golpeé frustrado la pared frente a mi. No tengo cómo saberlo y, la verdad, prefiero  no confiarme, no cuando se trata de lo único que me queda, de mi niño precioso. Lo único que si tengo claro es que le debo una disculpa a la chica por mi comportamiento. 

Envolví una toalla en mi cintura y frente al lavabo, me cepillé los dientes. Al terminar, fui hasta la habitación de Harry a comprobar si ya se había dormido. 

Esperaba que no.

No eran ni siquiera las nueve de la noche y todavía podíamos ver una película de esas de superhéroes que tanto le gustaban. Incluso le dejaría ver otra vez el hombre araña. 

Sólo quería abrazarlo un rato. 

Di dos toques en su puerta y abrí. Estaba enroscado entre sus mantas viendo algo atento en su tablet. 

Me acerqué a él.

—¿Puedo, campeón? — le pregunté refiriéndome a si podía acostarme junto a él.

Pareció notarme porque levantó la mirada y me sonrió. Me sonrió de verdad. No los intentos de sonrisa que había visto durante todo este año.

—Claro, papi. 

Me acosté a su lado en su pequeña cama. Los pies me quedaron colgando, como siempre.

—Pa, eres un poco grande para mi cama ya. — señaló Harry.

—¿Eso es una queja?— fruncí el ceño.

—No, papi. —me dijo sonriente. 

Estuvimos atentos a la película por un rato hasta que no pude más y tuve que preguntarle. Quería saber cada detalle de su tarde con esa pelirroja y por que se veían tan a gusto juntos.

—¡Es Alicia del país de las maravillas! Y es muy divertida. Jugamos toda la tarde desde que regresamos del colegio.

—¿Regresaron? ¿Ella también fue?

—Si, y cuando llegamos a casa, me preparó una merienda súper rica y coloreamos muchos dibujitos de Spider, y me dijo que me compraría un traje, papá, ¡un traje!.

La sorpresa me pincha por todas partes. Es la primera vez en un tiempo que escucho a mi hijo hablar tan bien sobre alguien. 

—Ya lo pillo. Que chica, ¿ no?.

—Sii, me gusta mucho. ¿Y viste sus ojos?

—Claro que los vi, Harry.

—Son lindos, ¿a que si?

—Son preciosos, campeón.

Nos quedamos en silencio por un momento, yo acariciando sus rizitos marrones mientras veíamos la película de su tableta. 

—¿Por qué te gusta tanto esa chica?— le pregunté antes de que se quedara dormido. 

Entonces , con los ojos entrecerrados, me respondió:

—Allie no me da miedo, papi. Allie es especial.

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