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La Dulce princesa

In a world of power and shadows, a young woman known as the sweet princess finds her life irrevocably changed. Entangled with a dangerous mafia organization, she must navigate a treacherous landscape of loyalty and betrayal. As she encounters a formidable man from the underworld, a complicated romance blossoms amidst the violence. Her innocence is tested as she balances her feelings with the harsh reality of her new, high-stakes life.
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Chapter 8

Sus cuerpos se ondulaban, uno bajaba y otro subía, sus uñas dejaron en él la prueba de su encuentro, mientras Pedro estaba marcando su alma entera, sintió su cuerpo temblar y como el sudor del latino delataba lo mucho que se estaba conteniendo, Pedro era especial, único, ella lo sabía, su temperamento, su humor y sus necesidades eran un torbellino, uno que a veces lo llevaban a ser demasiado brusco, sin embargo ahora se estaba conteniendo y solo porque estaba con ella, se obligó a ver sus rostro de satisfacción cuando el líquido caliente comenzó a llenarla, cuando en realidad ella quería cerrar sus ojos para poder disfrutar cada sensación como Pedro lo estaba haciendo, se lo diría, no debía ocultarlo ella lo amaba.

— Yo…

— Te amo Verónica.

Las manos de Dulce que se habían aferrado a la espalda sudorosa del latino cayeron a un lado inertes, como si la hubieran matado y quizás así era, Pedro había arrancado su corazón, lo había destrozado, al tiempo que el moreno abría los ojos y se encontraba con la mirada avellana llena de dolor de Dulce.

— Dulce. — dijo separándose de ella y tratando de recordar cuando fue que su mente lo engaño, como pudo confundir los inexpertos labios de la joven, con los suaves, pero audaces labios de Verónica. — Dios, ¿qué mierda hice? — dio un puñetazo a la pared, mientras Dulce se sentaba en esa cama que solo unos segundos antes le había parecido el mejor lugar del mundo y ahora se sentía como el mismo infierno. — Esto no debía pasar, claro que no, ¡soy un estúpido! — grito encolerizado dando un nuevo golpe, pero esta vez a una viga. — Sabía que la pena de verte tan sola y querer reconfortarte un día me traería problemas.

Y eso fue todo, él ni siquiera la quería como una amiga, era pena, todos esos años juntos, fue por pena, ¿Cómo no se dio cuanta? En qué mundo normal un niño de 12 años jugaría y se relacionaría con una niña de 5.

Un rey conquista, una reina corona, un De Luca no retrocede, pero ella no era un rey, tampoco una reina, ni siquiera era una De Luca, ella era Duce Constantini, la princesa de Chicago, y un Constantini no perdona una ofensa, mucho menos una humillación, llegado el caso retrocede, se prepara y destruye.

— Dulce, espera, Dulce. — la puerta del baño no solo detuvo su marcha, también sus gritos, no podía perder el control, no en la finca donde no solo estaba su familia, sino también el tío de Dulce, el Don de Chicago acabaría con él antes de que pueda dar una explicación, pero, aun así, ¿Qué explicación podría dar?, dejo que su frente golpeara la puerta de madera maciza y solo entonces recordó que estaba desnudo.

Regreso sobre sus pasos, para cubrir su vergüenza, sin saber que el mismo infierno espera sobre aquella cama, la mancha roja que demostraba que había tomado la inocencia de su amiga estaba allí, brillante y fresca, riéndose de su desgracia, no supo cuánto tiempo estuvo de pie viendo aquello, su mente no mostraba solución alguna a sus actos, y una pregunta se repetía mil veces ¿Por qué lo hizo?

— Quien te vea con ese rostro no pensaría en que eres el demonio de Chicago… más pareces un perro vagabundo. — giro con sorpresa, nunca había escuchado tal frialdad en sus palabras, menos dirigidas a él.

— Dulce…

— No me hables, haz eso por mí. — dijo viéndolo con furia y el corazón de Pedro se aceleró. — Guarda tu lastima para tu novia muerta, y tus palabras para quien quiera escuchar esa horrible y tenebrosa voz que tienes. — retrocedió dos pasos sin comprender porque le dolía tanto, ya estaba acostumbrado a que se refirieran a su tono de voz de esa forma, pero… viniendo de ella dolía.

— Princesa…

— No me hables demonio, nunca más, haz de cuanta que morí y por tu bien, no te pongas en mi camino.

La vio salir con su maleta, enfundada en un pantalón de cuero negro, con una chaqueta roja, que, hacia juego con la suela de sus altos tacones, ¿cuánto tiempo había perdido regodeándose en su error que no la vio arreglarse? Mucho menos preparar su maleta, y solo eso lo hizo reaccionar, aun no amanecía, y ella no conocía Italia, tomo el pantalón del pijama y sin molestarle tener su pecho descubierto, salió tras… su amiga.

— Wou Pedrito, sí que tu novia te tiene loquito. — dijo con voz jocosa su prima Violeta.

— … — no podía hablar, por primera vez deseaba decir algo, preguntar porque todas las mujeres de la familia estaban en el salón, pero no encontraba su voz.

— Hijo, ¿Qué sucede? — Felipe, quien se contaba como mujer, fue a las escaleras, donde aún se encontraba Pedro con la vista fija en Dulce, quien estaba hablando con Alejandra, como si no se percatara del hecho de que él estaba allí, se veía bien, pero él conocía el dolor en sus ojos. — Pedro. — dijo Felipe a su lado.

— ¿Dónde van? — pregunto susurrando y lo odiaba, detestaba tener una voz que causaba miedo a todos.

— Al hotel hijo, hoy es la boda y nosotras iremos por un buen tratamiento de SPA, y a dejar todo allí, ya sabes, solo los novios regresaran a la finca…. — Felipe como siempre comenzó a explicar todo lo que había organizado para los novios, pero Pedro solo podía verla a ella, su amiga, la que siempre hacia mil cosas para que él hablara, desde que era una niña, y la cual le había pedido que no le dirigiera nunca más la palabra. — ¿Comprendiste? — Pedro vio a su padre y el rubio sonrío. — Solo asegúrate de ir con tu padre hijo, no debes de preocuparte por nada, ya tienen una habitación apartada a tu nombre para ti y “tu novia” — susurro el rubio, y los ojos de Pedro se cubrieron de humedad, al ver a Dulce salir, sin siquiera regalarle una mirada. — ¿Qué pasa?

— Nada. — no lo diría, si ella no lo hacía, él no diría nada, trataría de conseguir su perdón cuando regresaran a Chicago.

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