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La Dulce princesa

Dulce es su nombre, pero todo el mundo la llama Princesa, y es que más que un apodo o mote cariñoso, ella es la princesa de Chicago, hija de Valentina Constantini, la reina de la mafia de aquel lugar y de un pequeño harem de seis hombres, sus reyes y padres adoptivos de Dulce. Desde pequeña supo lo que quería, ser como su madre, una digna heredera de la mafia, fue por eso que quiso imitar a la reina madre y vengar una vieja disputa, se suponía que acompañaría a su mejor amigo Pedro Sandoval, un sicario de 26 años a una boda, donde conquistaría a Horus Bach, reconocido empresario, futura cabeza de la familia más importante de Nueva York y quizás del mundo entero, un hombre de 30 años que en teoría, caería rendido ante la inocencia de una joven de 18 años, pero todo se salió de control; al ver a quien era su amor platónico de niña, Giovanni Santoro ya no era un niño, ahora era un hombre de 22 años, los cuales le habían sentado muy bien, en especial porque ahora era el segundo al mando en la mafia Siciliana. Una noche que se salió de control, una consecuencia que traerá muchos problemas, viejos rencores saldrán a la luz, pero también el amor verdadero, tres hombres, una mujer y una regla inquebrantable, la familia no se toca, y la Dulce princesa se olvidó que Pedro, Horus y Giovanni, son primos. Su madre posee un harem de seis hombres, ¿podrá Dulce quedarse con los tres? ¿o solo podrá elegir uno?
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Chapter 9

Dulce tomo su teléfono móvil apenas y subió a la gran camioneta que llevaría a las mujeres al hotel elegido para la recepción, entro al chat familiar, ese donde no solo estaban sus padres y madre, también los gemelos Marco y Greco de 12 años.

— Necesito regresar a casa, no me siento cómoda aquí, quiero volver a casa. — fue todo lo que escribió y continuación recibió un aluvión de mensajes.

— Sabía que era mala idea que fueras allí. — dijo Marco.

— Uno no cena con enemigos. — agrego Greco.

— ¿Te hicieron algo princesa? — Rocco coloco emojis de una cara roja de furia y Dulce sonrío.

— ¿Pedro no te pudo proteger? — pregunto curioso Salvatore, pues el de ojos negros sabía que ese latino daría la vida por su hija.

— ¡¿Que carajo importa eso?! Estamos yendo por ti hija. — Leonzio podría tenerle cierto cariño a Pedro, pero solo confiaba en ellos para cuidar a su niña.

— ¿Que paso? — indago Ezzio.

— ¿Estas enferma? — pregunto Ángelo.

— ¿Es una recaída? —cuestiono su madre incluso por mensajes podía sentir su nerviosismo y desesperación de que algo malo le suceda.

— ¿Dónde mierda esta Donato? ¿Por qué no nos avisó? — Lupo envió el mensaje, pero ya no pudo ver la respuesta.

— Papá Lupo rompió su móvil. — informo Greco y Dulce bufo.

— Estoy bien, no le he dicho nada a tío Donato, pero… Marco y Greco tenían razón, uno no cena con enemigos. — sus manos temblaban y trato de controlarse al ver la forma en la que Alma la veía, la estaba analizado. — No quiero molestarlo antes de la boda. — envió a continuación, lo que menos quería era que sus padres volvieran a distanciarse de Donato.

— ¿Que paso hija? No puedes solo decir eso, allí esta tu padrino, el ángel de la muerte no es tu enemigo, tampoco lo son Felipe, Carlos, Candy, Amir…

— Quiero volver a casa porque me iré de vacaciones, antes de comenzar la universidad… no quiero ver a Pedro. — su mensaje causo tal conmoción que no obtuvo respuesta hasta casi diez minutos después.

— Imposible, ustedes son como nosotros. — dijo Marco, haciendo referencia a él y Greco, que eran gemelos.

— No quiero verlo sufrir más por Verónica, si me quedo diré la verdad y me odiara… solo sáquenme de aquí, o no sé lo que hare. — mentiría, a su familia, a quienes, si la amaban, sería lo último que haría por su mejor amigo.

— Salimos ahora mismo. — fue el último mensaje de su madre.

Dulce pudo mantenerse en una pieza, sus rostro mostraba calma, e incluso sonreía cuando todas lo hacían, pero su mente no estaba allí, sino recreando el momento más hermoso y horrible de su vida. Te amo Verónica, fue lo que sus gruesos labios dijeron, Pedro en realidad no le hizo el amor, solo la uso para recordar lo mucho que disfrutaba con aquella mujer.

Con disimulo se separó de las demás mujeres, debía tomar sus cosas y enviarlas al aeropuerto, dejar todo listo ya que, si sus cálculos eran correctos, sus padres llegarían por ella cuando la ceremonia religiosa acabara, por lo que no debía perder tiempo, no quería que sus padres irrumpieran en la fiesta de bodas; estaba a punto de ingresar a la habitación que se supondría compartiría con Pedro, cuando sintió unas suaves manos tomar las de ella.

— ¿Qué? — Giovanni sonreía con picardía y ella solo quería golpearlo, no lo soportaba.

— Ven conmigo. — dejo que la arrastrara a la habitación que estaba enfrente a la suya, no se sorprendió de ver el traje a medida colgado en la pared, supuso que era la habitación del italiano.

— ¿Qué quieres? — dijo casi con aburrimiento, preguntándose cuando se le ocurrió que era una buena idea reencontrarse con sus viejos amigos de juegos, ya que estaba más que claro que ellos ni la recordaban.

— Salvarte Princesa, acabo de salvarte. — sus ojos siempre le habían parecido algo excepcional, verdes con motas negras y aunque la santa de Alejandra los tenia del mismo color, los de Giovanni tenían ese brillo de maldad que la llamaba, después de todo, como su abuelo Franco De Luca decía, un mafioso reconoce a otro por el brillo de sus ojos.

— ¿No que ustedes no venden drogas? ¿O solo la consumes? — indago viendo como el rubio servía dos copas de algo color ámbar y le ofrecía una al tiempo que la veía con una enorme sonrisa en los labios. — Gracias. — dijo tomando la copa, y moviéndola como lo hacía Gio, nunca había probado alcohol, nunca lo haría, su hígado no se lo permitía.

— Eres cruel princesa, estoy arriesgando mi cabeza por tu bien y tu solo te burlas de mí. — el rubio bebió de su copa y Dulce simulo hacer lo mismo con la suya.

— No te estoy comprendiendo Gio. — el corazón del italiano tartamudeo unos segundos, sonaba tan sexi un Gio, saliendo de sus labios rosas.

— El demonio tuvo un ataque de furia, por suerte tío Stefano pudo aplacarlo, pero no dice nada, como siempre y para variar, en verdad no sé cuál es su problema, parece mudo, en fin, aunque Carlos y Stefano insistieron en que debe estar solo un tiempo él insistió en venir al hotel.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo? — dijo sintiendo un nudo en la garganta, lo odiaba, pero era Pedro, sabía que los ataques de ira solo el daban cuando sus sentimientos desbordaban, pero no iría a tranquilizarlo, no esta vez.

— Todo, princesa, o por lo menos para mí, no permitiré que entres en esa habitación y que el demonio te lastime.

— Tarde, él ya me lastimo. — murmuró con los ojos cargados de dolor, provocando que Giovani dejara de sonreír, y la viera de pies a cabeza.

— ¿Qué te hizo? ¿te golpeo? ¡¿se atrevió a tocarte?! — la furia que esos ojos raros y únicos mostraban Dulce ya la conocía, pero ¿dónde la había visto?… sus padres, era la misma mirada que ellos tenían cuando su madre enfermaba o algo la molestaba, cuando la reina caía, sus seis reyes se aseguraban de acabar con todo, pero, sobre todo, en ser el bastón de apoyo de ella y todo porque la amaban.

— No, él jamás me lastimaría de esa forma… solo arranco mi corazón y lo entrego como ofrenda para revivir por unos minutos a su amada Verónica. — no era consciente de lo que decía, mucho menos lo que hacía, hasta que la frágil copa se rompió en su mano. — Mierda. — murmuro saliendo del trance en el que se encontraba, gracias al ardor en su mano.

— Ven aquí. — la voz de italiano sonaba seria, carente de diversión, como cuando eran niños y le decía que era un tonto koala, aun así, lo siguió, hasta que la dejo sentada en el borde de la cama, solo cuando lo vio regresar con el botiquín, fue que vio la seriedad en su rostro.

— Déjame curarte. — susurro viéndola a los ojos, con tal fervor que dudaba que se refriera a la herida de su mano.

— Soy toda tuya Giovanni Santoro. — respondió con media sonrisa y dejo su mano en medio de ambos.

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