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Portada de la novela Los cuatro hijos secretos del rey

Los cuatro hijos secretos del rey

El rey Darío III y la joven Maryam coinciden en una noche marcada por el engaño. Tras un encuentro forzado, la hermana de la sirvienta usurpa su identidad para rodearse de lujos, mientras la verdadera madre cría a sus cuatro hijos en la absoluta precariedad. Un lustro después, el destino cruza sus caminos nuevamente. El monarca deberá desentrañar la red de mentiras para conocer a sus herederos y sanar las profundas heridas que dejó la traición.
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Capítulo 2

Sahira estaba molesta, se notaba en la forma de caminar, lo que le provocaba enfado era tener que ir por su hermana. No había podido salir, por su culpa y tuvo que trabajar la noche entera, ella siempre se distraía en su trabajo pensando que luego llegaría Maryam y lo haría, pero aquel día su hermana no apareció.

«¿Dónde se encuentra la idiota de mi hermana?»

Ninguno de sus compañeros la había visto, pero como ya la conocían, lo más seguro era que estuviera en el ala que le correspondía en el palacio haciendo faena de más o ayudando a alguna compañera en lugar de ir a echarle una mano a ella como siempre, no pensaba perdonarle si ese era el caso.

—¡Maryam!— la llamó sin obtener respuesta, abriendo habitación tras habitación hasta encontrarla.

—Hermana ¿Qué ha pasado?— le preguntó al entrar a una de las habitaciones y verla llorando, abrazada a sus piernas, malhumorada, creyendo que se quedó dormida.

Maryam se sentía mal, le dolía todo el cuerpo y lo peor de todo era que había manchado las sábanas de aquella habitación ¿Cómo explicaría eso a la jefa de sirvientas? No podía perder el trabajo.

No dejaba de llorar, las lágrimas resbalaban por sus mejillas desconsolada por lo ocurrido hasta que su hermana llegó y se movió rápidamente intentando ocultar la prueba de su vergüenza al sacar las sábanas.

— Nada, no ocurre nada— dijo ella sin poder parar de llorar, dejando el colchón al descubierto para descubrir horrorizada que la mancha de su sangre había traspasado.

— ¿Qué hiciste? — preguntó Sahira regodeándose en el dolor de su hermana al comprender lo sucedido.

Su madre siempre la elogiaba, la más trabajadora, la más guapa, la más lista, la perfecta para todo, la que conseguiría un esposo pudiente y las sacaría de la pobreza ¿Qué diría su madre ahora de su hija perfecta cuando se enterará de que se había revolcado a saber con quién?

Sin duda ella pensaba contárselo para que supiera quién era en realidad su hija, o eso creía, hasta que reconoció aquel anillo en la mesita de noche y se acercó a abrazar a su hermana para que no la descubriera mientras lo escondía.

— No pasa nada, te prometo que no voy a contar nada, voy a guardar tu secreto y te voy a ayudar. ¿Dime, le viste la cara a ese hombre?

Preguntó guardándose el valioso anillo, celosa por lo que significaba ¿Quién no reconocería el emblema real? Solo había una persona que pudiera portarlo.

Eso hizo que Sahira se pusiera aún más celosa, porque significaba que su perfecta hermana supo con quién perder su maldita virginidad esa noche y encima lloriqueaba, cuando debería saltar de alegría, pero ella no dejaría que se enterara.

— No, no pude ver quién era estuvimos a oscuras todo el tiempo — Respondió Maryam.

Sahira se alejó de su hermana para reflexionar. No soportaba tenerla cerca, no ahora que sabía la verdad. Maldita su suerte.

—Bueno, deja de llorar ya. No eres ni la primera ni la última que pasará por algo así, anda busca con que limpiar el colchón. Debe haber algo entre tus cosas de limpieza, mientras lo haces, yo veré qué no venga nadie.

Maryam estaba agradecida con su hermana por ayudarla, por lo que se acomodó la ropa rota como pudo y salió fuera. Donde habían quedado sus herramientas de limpieza para buscar algo potente para el colchón.

Tras encontrarlo volvió a entrar en la habitación y se lo mostró a su hermana, quién la observó de arriba a abajo, vestida con esa ropa rota, su versión sería más creíble si se la ponía ella, así que empezó a desnudarse dejando la ropa que llevaba sobre la cama.

— Vamos, a qué esperas, ponte mi ropa y márchate a casa a descansar, yo me ocupo de esto.

— Pero entonces, ¿Cómo vas a volver tú a casa?— Preguntó Maryam preocupada porque a su hermana le pudiera suceder algo si salía por la calle con la ropa rota.

— No te preocupes por eso, vístete y corre a casa, vamos.— fingió una dulzura y una preocupación que jamás había demostrado por su hermana, pero necesitaba que saliera de allí cuanto antes.

La apuró, si el anillo real estaba ahí era porque el Rey se iba a hacer responsable de lo sucedido, no podía dejar que ella siguiera en la habitación cuando eso ocurriera, había tenido un golpe de suerte y no pensaba dejarlo escapar. Su hermana no se quedaría con lo que se merecía ella por aguantar toda su vida a su madre elogiando a su hermana y mostrando lo poco que confiaba en sus capacidades, verían ahora quién de las dos lograría llegar más alto.

Por suerte Maryam no tardó demasiado en vestirse y Sahira mucho menos en sacarla de la habitación y ponerse la ropa rota que ella se había quitado, ahora solo debía esperar a que su suerte cambiara, a que el rey llegara y la hiciera su esposa o como mínimo una de sus concubinas con eso se conformaría, las concubinas reales vivían muy bien y tenían todo lo que querían.

—Señor, ¿me ha mandado a llamar? — El consejero del rey llegó hasta donde se encontraba su señor.

—Si debes ir al ala este del palacio y buscar a una joven que encontrarás en la habitación que te indique.

Aunque tenía muchas preguntas sobre porque debía traer a esa joven en especial. No sació su curiosidad, además su señor era el Rey, no tenía que dar explicaciones por lo que asintió y solo abrió la boca para tener más claras sus indicaciones.

—¿Esa joven es cualquiera o hay algo que me haga saber que es ella, tiene como describirla?

El rey Darius III volteó a ver a su consejero una vez más, ante su pregunta acertada, no le había visto el rostro, por lo que no podía describirla, pero por suerte le había dejado el anillo real.

—Ella debe tener la ropa rota y mi anillo, deberás regresarme el anillo luego.

Con eso ya no dijo nada el consejero y salió de manera rápida a cumplir con la diligencia otorgada por su rey, encontrando a la joven, en la habitación indicada, limpiando el colchón, ahora entendía todo, era muy fácil saber lo que sucedió allí.

Sahira, quien no era buena en su trabajo, pero si tenía muchas dotes interpretativas, sobre todo cuando se trataba de hacerse la víctima, empezó a llorar nada más oír cómo se abría la puerta.

— No por favor yo no quería — dijo fingiendo temor — lo siento, no diré nada, de verdad no me haga daño.

—No voy a hacerte daño— respondió el hombre sintiéndose mal al confirmar sus sospechas, lo que ya estaba claro había sucedido ahí— Deja todo tal como está… ya mandaré a alguien más a limpiar esa mancha, mi Rey tiene otro destino para ti.

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