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Portada de la novela Los cuatro hijos secretos del rey

Los cuatro hijos secretos del rey

El rey Darío III y la joven Maryam coinciden en una noche marcada por el engaño. Tras un encuentro forzado, la hermana de la sirvienta usurpa su identidad para rodearse de lujos, mientras la verdadera madre cría a sus cuatro hijos en la absoluta precariedad. Un lustro después, el destino cruza sus caminos nuevamente. El monarca deberá desentrañar la red de mentiras para conocer a sus herederos y sanar las profundas heridas que dejó la traición.
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Capítulo 3

Cinco años después.

— ¿Entonces te dieron el trabajo?—preguntó Ana, la madre de Maryam observando como su hija se acababa de arreglar.

Maryam era tan hermosa que ella siempre había tenido esperanzas de que encontrara un marido rico y las sacara de la pobreza, en lugar de eso se acostó con a saber quién y tuvo cuatro hijos sin padre, aquello desmontó los planes que siempre había tenido para su hija.

No sabía cómo podía haberla decepcionado tanto. ¿Pero qué iba a hacer, echarla a la calle como hacían muchas familias en esos casos? No, ella no podía hacerle eso a su niña y mucho menos tras perder a su otra hija, la cual llevaba cinco años desaparecida.

¿Qué hombre en su sano juicio aceptaría una esposa con cuatro hijos de otro? Sus esperanzas se rompieron cinco años atrás cuando supo que estaba embarazada y no de uno ni de dos bebes, cuatro.

La naturaleza a veces era peligrosa, o tal vez solo castigaba a Maryam por no haberse guardado como debía. Aun así, su hija cada día estaba más hermosa y a pesar de tener varios pretendientes nunca le hacía caso a ninguno, parecía no sentir interés alguno en los hombres.

— Me lo dieron mamá — dijo ella orgullosa, observando a Ana a través del espejo con una sonrisa de oreja a oreja en los labios.

Era un buen trabajo, pagaban bien a pesar de ser a medio tiempo y tendría las suficientes horas del día libres como para seguir ocupándose de sus hijos, algo que no deseaba dejar de hacer y que le preocupaba mucho, porque lo que más amaba Maryam en el mundo era a sus cuatro pequeños, a sus hijos, no importaba la forma en la que fueron concebidos, solo importaba que desde el día en que nacieron la habían hecho la persona más feliz sobre la faz de la tierra.

— Sigo pensando que deberías buscar un buen marido que les haga de padre a esos niños ahora que todavía son pequeños.— aseguró la madre sin dejar de verla — hay muchos hombres que, incluso a pesar de tu vergüenza, todavía están interesados en ti.

— No quiero estar con nadie solo por eso mamá, no pienso pasar mi vida con alguien que no ame, si un día me enamoro serás la primera en enterarte, pero lo dudo en mi corazón solo hay espacio para mis niños — Maryam terminó de observarse en el espejo y le sonrió a su reflejo.

— El amor no pone un plato en la mesa, hija, tampoco te facilita la vida ¿Dime qué te dio a ti el amor?— preguntó Ana molesta porque su hija todavía tuviera ese tipo de fantasías inocentes. — ¿Qué te dio de bueno el amor, ese soldado te preñó y luego desapareció?

La mirada de Maryam se oscureció frente al espejo, como tenía que explicarle que Asad no era el padre de sus hijos, era mejor no contarle la verdad y hacer sufrir de más a su madre, negó y suspiró decidida a no seguir con una conversación que nunca las llevaba a nada bueno.

Luego dejó un beso en la mejilla de su madre y caminó hasta la habitación de sus hijos para verlos antes de ir a trabajar, seguían dormidos, así que solo los observó desde la puerta, recordándose que todo lo que hacía, lo hacía por ellos, se giró encontrándose con su madre que la había seguido hasta la habitación, algo malhumorada.

— Tal vez conozcas a hombres muy ricos en esa casa de juegos, deberías intentarlo ahora que todavía eres joven y muy linda, deberías sacarle partido a tu belleza.— Insistió Ana que no perdía la esperanza de que la belleza de su hija les proporcionara una vida mejor.

Maryam rodó los ojos y asintió, era mejor darle la razón que marcharse estando enfadadas y estar distanciadas varios días como solía suceder.

— Lo haré mamá, veré si alguno de los clientes me gusta — mintió, realmente jamás había tenido interés en ningún hombre, en realidad les tenía miedo por la forma tan brutal en que sus hijos habían sido concebidos — ya me voy, o se me hará tarde.

El jefe de Maryam estaba ansioso por verla, aquella mujer le había impresionado muchísimo la primera vez que la vio, el día en que entró para pedirle trabajo. Él tenía a muchas mujeres hermosas trabajando en la casa de juegos, pero esa, en particular, era tan hermosa que podría sacar mucho provecho de ella sirviendo a los clientes VIP y ¿Quién sabe? Tal vez él también tuviera suerte en agradarla y pudieran tener una relación más allá del trabajo.

No sería la primera trabajadora con la que tenía una aventura y, sin duda, él pretendía hacerlo también con Maryam y la compensaría muy bien, por eso, ella le había dicho que era madre y una madre soltera necesitaba mucho dinero que él estaba dispuesto a darle si era complaciente. La vida no estaba hecha para una madre soltera, pero él estaba dispuesto a facilitárselo mucho.

Por el momento disfrutaría de su belleza, ya le había elegido el traje que llevaría esa noche, un vestido elegante, pero muy revelador, con el que haría que sus clientes VIP quedaran encantados y volvieran pronto.

— Lo siento, espero no llegar tarde — Se disculpó Maryam entrando a su despacho, cuando llegó le contaron que el jefe la estaba esperando desde hacía un rato.

— Llegas justo a tiempo, preciosa — justo al lado de su mesa de despacho había un vestido rojo colgado en una percha el cual su jefe señaló — Debes ponerte esto para atender a los clientes, a ellos les gusta disfrutar de la belleza femenina y tú tienes mucha, pero recuerda, esto no es un burdel, los hombres deben desearte, pero jamás debes permitir que te toquen, aunque solo hablamos de clientes, claro — aseguró el hombre observándola de arriba a abajo.

— Pero…— Maryam consideraba que su atuendo era acertado, se había puesto su mejor vestido, además que estaba muy incómoda por cómo la miraba ese hombre y por sus insinuaciones — creo que mi ropa es más apropiada.

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