Portada de la novela EL CANTO DE LA LUNA ©

EL CANTO DE LA LUNA ©

8.4 / 10.0
Astrea Cadwell vive marginada en su manada por carecer de lobo, poseyendo únicamente un extraño canto lunar que aflora en momentos críticos. El alfa Kael Wagner, su pareja destinada, la rechaza cruelmente debido a su fragilidad. Tras regresar con los Thunder's Sons, Astrea desentraña oscuros misterios sobre su verdadera naturaleza. Mientras Kael intenta redimirse para recuperarla, ella afronta un destino capaz de instaurar la paz o cambiar su vida para siempre.

EL CANTO DE LA LUNA © Capítulo 1

"Cuando estés bajo el manto de estrellas doradas, la Diosa Luna besará tu piel. Tu sangre arderá con mi fuego, para que nunca me dejes de querer. Mi corazón será tu escudo, y cuando me necesites me sentirás como la suave brisa y en tus sueños te abrazaré".

La falta de aire hizo que Astrea despertara de golpe, aquel cántico podía jurar que continuaba resonando en el aire, era como un murmullo antiguo y que parecía que no querer abandonarla, la había acompañado desde que tenía uso de razón. Pero aquel día regresó a su mente de una manera diferente, con más fuerza, más urgente, y más penetrante. Se quedó inmóvil durante unos instantes, se permitió cerrar los ojos de nuevo, quería que la melodía envolviera su mente antes de comenzar con su día.

«Mi cumpleaños número veinticinco se acerca, y mi loba no aparece», pensó con mucho pesar. 

Como si el destino la supiera lo que había en su mente, una rama seca de un árbol crujió con el viento contra la ventana de su habitación. Los rayos tenues del alba estaba haciendo acto de presencia, y se filtraba por las cortinas haciendo que sombras danzaran en las esquinas. 

Astrea respiró profundamente, sintiendo al mismo tiempo una opresión en su pecho. Desde que se había anotado para realizar aquella misión, la sensación de desasosiego la estaba aniquilando. Lo que fue peligroso para ella, y la hizo caer en aquella emboscada. Pero gracias a su genética, al menos el olfato no le falló, y pudo sacar a todo el equipo a tiempo. Mientras sucedía todo aquel caos solo tenía en su mente una cosa: aquel canto que nunca la abandonó. 

Estiró la mano y buscó a tientas su teléfono celular, y al encender la pantalla con un suspiro vio la hora, tenía que levantarse. Se incorporó, lentamente, sus músculos continuaban tensos. A pesar de que había llegado hacía un poco más de una semana a casa, todavía no se acostumbraba ni a tener tiempo libre más de la cuenta y a la soledad. Puesto que para ella su equipo de trabajo era como su manada, de hecho su nombre clave era: Tempest. 

Se dio una ducha rápida, y al salir pasó la mano al espejo empañado, y vio su reflejo. 

-Sigues siendo un bicho raro, rechazada y continuas sola -hizo una mueca despectiva-. Un humano no es compatible contigo -se encogió de hombros-, ni siquiera tu propia loba te quiere. 

Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia arriba. 

-No me dolió tanto su rechazo, como el tuyo, mi loba. 

Una emoción la recorrió como si una bola de nieve, que por donde pasaba iba creciendo con cada cosa que arrastraba a su paso. Pero se esfumó de pronto cuando el su aparato telefónico comenzó a sonar. Fue corriendo, al ver el identificador de llamadas sonrió. 

-Tardó demasiado en responder, teniente Cadwell -le dijo a modo de saludo una voz muy familiar. 

-Ya no soy parte de su equipo, Capitán London -replicó ella con una risita. 

-Y no sabes como me alegra saberlo...

-Connor...

-Ya lo sé, chica dura...

Astrea entornó los ojos, ya que lo menos que se consideraba era una chica dura. Si supiera lo vulnerable que era, no lo creería, esa era la razón por la cual no permitía que mucha gente se le acercara. Su ingreso al ejército, solo fue un acto desesperado de sobrevivencia al encontrarse fuera de su habitad natural, sin dinero y sobre todo sola. 

-¿A qué se debe el honor de tu llamada? -decidió ir al grano lo más rápido posible.

-El Comandante Richter ha accedido a darte un lugar en su equipo -su amigo estaba emocionado, y obviamente más que ella. 

-Eh... eso es muy buena noticia...

-Pero hay una condición...

Astrea supo que aquello no le iba a gustar para nada. 

-Dispara, London.

-La base de operaciones está en Gold Coast...

-¡¿Australia?! -no pudo evitar preguntar sorprendida. 

-Sí, y es posible que no volverás a América en muchos años...

-¿Por qué lo dices? -inquirió con voz confundida. 

-Los contratos son por siete años, ¿entiendes lo que te quiero decir?

-¡Por supuesto! ¿Pero qué pasa con eso? -al preguntar se pasó la mano por detrás de su cuello. 

-La unidad te ofrece treinta días para que arregles todos tus pendientes...

-Un momento, no estoy entendiendo por qué tanto hermetismo -ella hizo una pausa relamiéndose los labios-. Es como si no quisieras que entrara al programa. 

-Al parecer, es cierto, no lo estás captando. 

-¡Entonces ilumíname! -Astrea se estaba exasperando. 

-Tempest, una vez que firmes ese contrato, ellos serán dueños de tu vida -él hizo una pausa-. Creo que es lo mejor es que visites a tu madre y hagas las pases con ella, porque no sabes si es la última vez que la verás con vida. No sabes lo que pueda ocurrir durante esos siete años. 

Sus palabras la dejaron durante unos segundos con la mente en blanco, por el hecho de que sabía que los cuerpos de elites eran exigente, y por eso su paga era buena. No obstante, en ese momento se preguntó que tenía que sacrificar.  

-¿Astrea? -se escuchó una maldición- ¿Estás ahí?

-Sí, por supuesto, que estoy...

-Entonces, haz lo que te dije, vuelve a casa, pasa tiempo con tus seres queridos. Eso te ayudará a tomar mejor la decisión. Sin embargo, te pasaré la información por correo electrónico.

-Lo estaré esperando -fue todo lo que pudo decir. 

La llamada terminó, y todavía su cuerpo estaba tenso al pensar en la palabra: regreso. Por el hecho de que tenía demasiado significado, demasiados recuerdos de una vida insignificante incrustados en cada una de sus letras. Sabía que algún día tenía que volver, pero al mismo tiempo, el pensamiento de enfrentarse a lo que dejó atrás despertaba algunas emociones que pensó que estaban dormidas. En la actualidad ya no había dolor, al menos, no como antes, pero la herida seguía abierta. Lo que le hizo recordar que algunas cicatrices nunca sanan por completo.

Con la toalla todavía envolviendo su cuerpo, Astrea se sentó a la orilla de la cama. Pensó si aquel cántico tenía algo que ver, se sentía en una encrucijada, su corazón palpitaba de alegría con la idea, mientras que la razón le gritaba que se quedara en puerto seguro. Pero al final sabía la verdad: no había elección.

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