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Portada de la novela Entrelazados (El hilo que nos une)

Entrelazados (El hilo que nos une)

Esta historia narra el romance y la redención entre un CEO griego traicionado y una enfermera dedicada a sanar su espíritu. Mientras Leonidas anhela un hogar estable, Drew se ve obligado a mostrarse auténtico para merecer el amor. La paz se rompe cuando rivales peligrosos surgen para destruir su destino. Entre giros tecnológicos y drama profundo, ambos enfrentarán una lucha épica por segundas oportunidades donde el afecto real se protege con sacrificio.
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Capítulo 2

La escalerilla del jet privado aún no había tocado suelo cuando Iris ajustó sus gafas de sol y se colocó al lado de Leonidas, luciendo una sonrisa ensayada.

Ya no le quedaban más recursos que inventar para capturar su atención.

Durante todo el vuelo, los hombres habían estado ocupados resolviendo asuntos aparentemente más importantes que ella.

Como último intento, Iris deslizó su mano hacia la de Leo, buscando contacto.

Él miró su reloj con estudiada indiferencia, como si la hora fuera lo único relevante mientras descendían.

Nikos bajaba delante, revisando también su reloj.

-Estaba pensando que podríamos cenar esta noche con mis padrinos-sugirió Iris, en un tono suave-. Están en Atenas y me encantaría que los conocieras.

Leo descendió un par de escalones más antes de responder, sin mirarla.

-Iris, eso no va a pasar.

Ella parpadeó, desconcertada.

-¿Por qué no? Llevamos más de cinco meses viéndonos, y luego de lo de anoche... pensé que... -balbuceó.

-Porque esto no es una relación -interrumpió Leo, firme pero sin levantar la voz-.

Eres mi decoradora. Y sí, hemos tenido cierta cercanía. Pero no va a ir más allá.

Es mejor terminar ahora, antes de que sigas confundiéndolo todo.

Iris se detuvo en seco en mitad de la escalerilla.

El resto de la tripulación siguió descendiendo, fingiendo no oír nada.

-¿Cómo puedes decir eso? -susurró ella, herida-. Después de todo lo que hemos compartido...

-Precisamente por eso quiero terminarlo ahora -dijo Leo, endureciendo el tono-.

No pienso tolerar escenas ni malentendidos. ¿Cuántas veces necesitas que te lo aclare?

Hizo un gesto de impaciencia y bajó el último tramo de escalones, dejando a Iris inmóvil detrás de él, luchando por mantener la compostura.

Nikos, que ya había llegado al final de la escalerilla, giró hacia arriba.

-Se hace tarde para la reunión, Leo.

-¡Claro! -estalló Iris, con los ojos encendidos de furia-. ¡Por supuesto que tú intervienes! ¡Siempre metiéndote donde no te llaman!

Tomó su cartera de mano y se la lanzó a Nikos. Él la esquivó con un movimiento limpio. La cartera cayó al suelo con un golpe seco, sin mayor drama. Nikos ni siquiera se inmutó.

Leo descendió el último escalón con calma. Su voz fue más baja, más grave.

-Eso fue inaceptable.

La tensión en su cuerpo debería haberle advertido a Iris que se detuviera, pero estaba ciega de frustración.

Lo enfrentó con lágrimas acumulándose en los ojos, agitada.

-¿Eso es todo? ¿Así vas a terminarlo?

Respiraba de forma errática, soltando pequeños jadeos que, para su desgracia, provocaron una sonrisa apenas disimulada en Nikos.

Ella lo notó. Leo no.

Leonidas la observó con frialdad.

-Modera tu carácter, Iris. No voy a tolerar otro arrebato como este. Puedes seguir trabajando en los interiores del ala nueva, pero si esto vuelve a pasar, el contrato se termina. No me tiembla la mano.

Ella lo miró como si no lo reconociera.

El rostro descompuesto, la respiración temblorosa.

-No podés hacerme esto... -murmuró, más para sí misma que para él-. No después de todo. No después de anoche.

Pero Leo ya se había dado vuelta, caminando hacia el auto que lo esperaba.

Iris se quedó allí, inmóvil por un instante, y luego corrió tras él.

-¡Leonidas! ¡No me ignores! ¡No me dejes así!

Lo tomó del brazo con fuerza, obligándolo a girar.

-¡Yo te amo! -soltó, como si esa declaración pudiera cambiar algo.

Nikos ya tenía la puerta del coche abierta.

-Se hace tarde, jefe.

Leo se soltó con firmeza.

-No vuelvas a tocarme si no es por cuestiones de trabajo -le dijo sin mirarla-. Y si no puedes separar lo personal, quedas fuera.

Por un segundo pareció que iba a añadir algo más, pero su teléfono sonó. No era el de Iris. Era el de Leo.

Era un número privado y no estaba entre sus contactos.

Atendió con el ceño levemente fruncido.

-¿Sí?

-Leonidas Varakis -la voz al otro lado era casi burlona, educada hasta lo ofensivo-. Qué gusto. Te llamo en representación de una mujer a la que conoces bien: Sienna Rousseau.

Leo no respondió. No tenía por qué. Lo que sea que hubo con Sienna había terminado hacía seis meses.

-Solo quería darte una buena noticia -continuó la voz de Stephan-. Vas a ser padre. Está de nueve meses y, según los médicos, el nacimiento es inminente.

El silencio fue total. Incluso Iris, aún temblorosa, alzó la mirada.

-Recibirás una citación oficial en los próximos días. Será una audiencia breve. Solo debes presentarte, confirmar la paternidad y, por supuesto, asumir la manutención.

La mandíbula de Leo se tensó. Sus ojos, en cambio, no revelaban nada.

-No es posible -soltó casi sin darse cuenta, molesto al escuchar la risa del otro lado.

-Oh, sí lo es. Y créeme, la evidencia será contundente. Te aconsejo no resistirte. Sería peor. Y ya está lista la presentación del niño ante la prensa. Porque será un niño.

La llamada terminó con un clic seco.

Leo guardó el móvil sin decir palabra.

Miró a Nikos.

-Vamos.

Nikos no dijo nada. Iris tampoco.

El mundo acababa de cambiar, pero Leo no lo mostraba.

Con un gesto, le indicó a Nikos que Iris debía ir en otro vehículo. Lo que venía no era para presencias innecesarias.

-Cancela todo lo de hoy luego de la junta. Llama a Petros -ordenó mientras se dirigían a los autos.

-I-imagino que todo esto es un gran malentendido... -balbuceó Iris, impactada.

Nikos le lanzó una mirada apenas divertida, imperceptible para cualquiera... excepto Iris.

Su rabia se avivó. Sus planes para atrapar a Leo se esfumaban. Un niño lo cambiaba todo.

-Iris, no es momento de dramas -dijo Leo sin mirarla, señalando el otro auto-. Ve a terminar tu trabajo. Y no me esperes esta semana. Estaré muy ocupado.

Subió al coche y cerró la puerta.

Nikos le dedicó una sonrisa a Iris antes de acompañarlo.

A través del vidrio, mientras el auto se alejaba, Iris se quedó sola. Descompuesta. Solitaria. Temblando de rabia y miedo.

Y completamente fuera de control.

-Puedes apostar lo que quieras que esto no se queda así -murmuró entre dientes.

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