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Portada de la novela Entrelazados (El hilo que nos une)

Entrelazados (El hilo que nos une)

Esta historia narra el romance y la redención entre un CEO griego traicionado y una enfermera dedicada a sanar su espíritu. Mientras Leonidas anhela un hogar estable, Drew se ve obligado a mostrarse auténtico para merecer el amor. La paz se rompe cuando rivales peligrosos surgen para destruir su destino. Entre giros tecnológicos y drama profundo, ambos enfrentarán una lucha épica por segundas oportunidades donde el afecto real se protege con sacrificio.
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Capítulo 3

-Entonces, ¿qué decides? -preguntó Stephan, desde el marco de la puerta.

Sienna se miraba en el espejo mientras ajustaba su abrigo sobre el vientre prominente. A pesar de la hinchazón en sus tobillos y el evidente cansancio, su rostro mantenía una belleza meticulosa.

-No quiero presionarlo todavía -dijo, girándose lentamente-. Prefiero esperar a que el niño nazca. Así será más difícil que pueda negarse.

Stephan se cruzó de brazos.

-Podríamos presentar la demanda ahora. Tienes toda la documentación preparada. ADN, fechas, testigos. No hay forma de que se libre.

Sienna caminó hasta el sofá con pasos lentos. Se dejó caer con un suspiro.

-Lo sé. Pero si lo enfrento antes, puede responder con un equipo legal que nos devore. Además que aun existe una pequeña posibilidad de que el niño no sea de él. En cambio, si me presento con el bebé en brazos... con esa imagen... ahí creo que tendríamos mas posibilidades.

Stephan asintió, evaluando su estrategia.

-¿Estás lista para ir a la revisión?

-Claro. Aunque no necesito ser una adivina para estar segura de que escuchare lo mismo de siempre: que el parto puede ser en cualquier momento.

Minutos después, salían del edificio. El auto privado que habían pedido no llegaba.

Sienna, impaciente, consultó el reloj, se acomodó el bolso y levantó la mano al ver un taxi libre.

-No pienso llegar tarde por culpa del chofer -masculló, subiendo con esfuerzo. Stephan la siguió sin discutir.

El conductor apenas los miró por el retrovisor. Sus movimientos eran lentos, mecánicos. El aire dentro del taxi olía a cigarrillos viejos y sudor mal disimulado.

-Hospital Saint George, entrada principal -dijo Stephan, sacando el móvil.

El trayecto duró menos de diez minutos.

El accidente, menos de dos segundos.

Fue una esquina mal señalizada, una luz amarilla que se transformó en roja en mitad del cruce, una frenada fallida del taxi que giró cuando no debía.

El motociclista apareció de la nada, con la velocidad de una sombra.

El impacto fue brutal.

El ruido del metal golpeando contra el capó, el crujido del parabrisas y el grito involuntario de Sienna rompieron el interior del auto como una explosión.

El taxi giró bruscamente tras el choque y subió a la acera, golpeando una farola que se inclinó hacia un costado.

Stephan se protegió con el brazo.

Sienna fue lanzada hacia adelante, atrapada por el cinturón, con una mano desesperada aferrada a su vientre.

Todo se detuvo.

La bocina del taxi sonaba sin parar, trabada.

Los gritos comenzaron segundos después: peatones, curiosos, un policía que corrió hacia la escena.

-¡Ayuda! -gritó alguien asomado por la ventanilla pero incapaz de abrir la puerta-. ¡Está embarazada!

Sienna no respondía. Estaba pálida, con la respiración cortada. Su mirada, clavada en el techo del taxi, era de una frialdad casi cruel, pero su mano seguía sobre su vientre, apretando con fuerza.

El caos acababa de empezar.

El pasillo del hospital tenía olor a desinfectante y café viejo. Giny Bennet, con los rizos recogidos y los ojos cansados, firmaba los papeles de su salida. Otro turno completo. Otro día entre nacimientos y despedidas.

La sirena de la ambulancia cortó el aire. Instinto y hábito la hicieron girar.

-Accidente automovilistico. - anunció Odel.-preparados, llegan 8 heridos.

Corrió hacia la entrada de urgencias, justo cuando los paramédicos bajaban una camilla.

-Traumatismo abdominal, pérdida de conciencia, posible desprendimiento de placenta.

Giny se acercó para ayudar a estabilizar la camilla. Solo cuando estuvo a su lado notó el rostro de la mujer.

-¿Nombre? -preguntó una enfermera.

-Sienna... Rousseau -murmuró la herida, con los labios llenos de sangre.

Giny le sostuvo la mano, sintiendo los dedos fríos y temblorosos.

-Estoy aquí, tranquila. -su voz no reflejaba la tormenta interna al ver la cantidad de sangre que manaba de diversas heridas.

-Ayuda -susurró tan bajo que Giny pensó que lo había imaginado. Se inclinó sobre ella por si decía algo más.

-Respira, ya casi estamos -dijo Giny, solo quería mantenerla consciente-. Dime qué necesitas.

Sienna, con un esfuerzo inmenso, le alcanzó la cartera. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

Giny la sostuvo con una mano mientras con la otra presionaba la hemorragia en el costado de Sienna. Había visto muchas escenas así, muchas mujeres rotas por fuera o por dentro... pero esta tenía un matiz distinto. Tal vez era la fragilidad con la que sostenía la vida dentro suyo. O tal vez era la manera en que sus ojos se aferraban a los de Giny, como si supiera que aquella desconocida podría entender más de lo que parecía.

-¿Qué hay aquí? -preguntó Giny, abriendo el cierre principal de la cartera.

Dentro, desordenado, había un sobre manila ligeramente manchado de sangre. Giny lo sacó con cuidado: el sello de un laboratorio médico, una carpeta de papeles arrugados, y un portarretratos pequeño con una ecografía en blanco y negro. En la parte trasera, escrito con letra femenina y firme, un nombre: Leonidas Varakis.

También había un móvil con una cubierta brillante, y poco más.

El corazón de Giny dio un vuelco.

-Llámelo -murmuró Sienna, apenas audible.

Tosió de nuevo. Una fina línea de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, que resaltaba con la creciente palidez de su rostro.

-Llame... a Leonidas Varakis -susurró-. Mi hijo... no puede quedarse solo.

Y entonces, cerró los ojos.

-¡Presión bajando! -gritó con alarma uno de los médicos-. ¡Código rojo en sala tres!

Giny asintió, sin decir nada, mientras empujaban la camilla hacia cirugía. La soltó solo cuando otra doctora la reemplazó para estabilizarla.

Se quedó con la cartera en las manos, inmóvil, viendo cómo desaparecían tras las puertas dobles.

Sabía que no debía involucrarse. Pero su impulso fue más fuerte que la razón.

Ese encuentro no era casual. Algo en su interior le decía que esa mujer -Sienna Rousseau- podía cambiarlo todo.

Y Giny todavía no sabía cuánto.

Se quedó ahí un momento más, la cartera en las manos.

Pero en ese momento no importaba.

Solo pensaba en el bebé.

Y en lo que esa mujer le acababa de confiar.

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