Portada de la novela Entrelazados (El hilo que nos une)

Entrelazados (El hilo que nos une)

8.4 / 10.0
En Entrelazados (El hilo que nos une), el CEO Leonidas busca redención tras ser traicionado. Esta romance novel de suspense tecnológico une a Drew y Leonidas contra enemigos que acechan su futuro. Una trama de billionaire romance books y mystery story sobre segundas oportunidades.
Resumen de Entrelazados (El hilo que nos une)
Esta historia narra el romance y la redención entre un CEO griego traicionado y una enfermera dedicada a sanar su espíritu. Mientras Leonidas anhela un hogar estable, Drew se ve obligado a mostrarse auténtico para merecer el amor. La paz se rompe cuando rivales peligrosos surgen para destruir su destino. Entre giros tecnológicos y drama profundo, ambos enfrentarán una lucha épica por segundas oportunidades donde el afecto real se protege con sacrificio.
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Entrelazados (El hilo que nos une) Capítulo 1

Dubái

El sol caía a plomo sobre las torres de vidrio y acero. En el piso 48, el aire acondicionado llenaba el silencio de mármol con un zumbido constante.

Leonidas Varakis se secó el torso con una toalla. Acababa de salir de la ducha y aún tenía el cabello mojado. Caminaba por el apartamento con la naturalidad de quien está acostumbrado a controlar todo lo que lo rodea. Vestía solo unos pantalones ligeros.

-Nikos llamó hace un momento -dijo Iris, sentada en el sofá, repasando unos documentos-. El equipo de Abu Dabi quiere el borrador del contrato esta misma tarde.

Leo asintió sin mirarla. Preparó café en una taza blanca de cerámica.

-¿Y luego qué harás? -preguntó ella.

-No lo sé. Tal vez salga a cenar con ellos.

-Podrías quedarte. Ordenamos algo, vemos una película, como antes.

Leo se giró hacia ella. La observó durante unos segundos.

-Iris, esto es lo que hay. Tú sabías desde el principio cómo eran las cosas. Estamos aquí para trabajar, y has venido a Dubai por la reforma que tienes que terminar. No hay tu y yo.

Ella sostuvo su mirada un instante más. Luego volvió a centrarse en los documentos.

-Claro.

Mientras él se abotonaba la camisa, Nikos entró sin anunciarse.

-El borrador está listo. Podemos salir en veinte.

-Perfecto.

-Y tu abuelo llamó otra vez esta mañana. Parecía un poco perdido. Quizás deberías hablar con el doctor.

Leo suspiró.

-¿Qué dijo?

-Confundió algunas fechas. Creía que habías estado con él la semana pasada. Pero estabas en Baréin.

Leo tomó el teléfono y marcó.

-¿Al?

-¡Leo! ¿Estás en el viñedo?

-No, estoy en Dubái.

-¿Dubái? Pensé que era martes.

-Es martes, Al.

-¿Y entonces por qué estás allá? ¿No tenías una cena con los italianos?

-Eso fue hace dos semanas.

Hubo una pausa. Luego una risita suave.

-Estos días me están corriendo, hijo. La cabeza ya no me acompaña como antes.

-Hablamos más tarde, Al.

-No tardes. Iba a decirte algo importante, pero... se me fue.

Leo colgó con cuidado.

Se quedó mirando el teléfono, inmóvil, como si el peso de la llamada aún lo retuviera. La preocupación y el vacío se enredaban en su pecho.

De las pocas personas que realmente apreciaba en el mundo, solo quedaban dos: su abuelo Al y Nikos, su amigo y mano derecha.

La reunión fue breve y eficiente.

Las cifras estaban donde debían estar, las firmas también. Para cuando regresó al departamento, el cielo ya comenzaba a oscurecer.

Iris lo esperaba.

Con una copa en la mano y nada más que sus stiletos dorados.

La música suave, las velas, el aroma embriagador: todo el ambiente gritaba su intención.

-Tengo la sensación de que algo relajante no te vendría nada mal -murmuró con voz ronca, el eco de sus tacones llenando la sala mientras se acercaba.

Se pegó a su cuerpo, rozándolo.

Leo frunció apenas la nariz ante el perfume denso -y sin duda costoso- que la envolvía.

Iris se alzó en puntas de pie para rozar con sus labios la comisura de su boca.

Percibiendo la falta de respuesta, le tendió la copa de vino y tiró de su corbata, guiándolo hasta el sillón cercano.

Con movimientos lentos, casi felinos, lo empujó suavemente hasta hacerlo sentar.

Entre caricias y una danza sensual, sintió, al fin, que la atención de Leo comenzaba a centrarse donde ella quería.

En ella.

Lenta pero deliberadamente, sus manos exploraban el cuerpo masculino, soltando una a una las prendas que la separaban de la piel cálida que tanto anhelaba.

Ávida, recorrió el pecho firme, las líneas duras de sus abdominales, descendiendo con caricias ansiosas hasta alcanzar su verdadero objetivo.

Cuando sintió la respuesta que buscaba, ese fuego esquivo que últimamente parecía apagado, sonrió contra su piel, saboreando su pequeña victoria.

Esa noche, después de semanas de frialdad, volvieron a acostarse juntos.

Y esa noche, Leonidas confirmó lo que en el fondo ya sabía: esa relación no tenía futuro.

El vacío que lo carcomía era más profundo de lo que recordaba.

Se levantó de la cama sin mirar atrás. No pensaba compartir la habitación, ni su soledad.

Buscó refugio en su dormitorio, bajo el agua helada de una ducha, intentando limpiar algo más que su cuerpo.

Pero el sueño no llegó.

Caminó hasta el balcón y dejó que el viento nocturno lo golpeara.

Frente a él, la ciudad iluminada se extendía como un espejismo sobre el desierto y el mar.

Y aún así, nada lograba llenar el silencio que resonaba en su pecho.

📞 Parte 2: Otra línea, otro mundo

Londres, esa misma noche.

El teléfono sonó dos veces antes de que Stephan contestara.

-Hola.

-Estoy agotada -dijo Sienna desde el otro lado. Su voz sonaba nasal, cargada-. Me pican los pies, me duele la espalda y no puedo dormir. No creo soportar una semana mas.

-Ya casi. Nueve meses, Sienna, es lo usual. Un poco más y lo tendrás en brazos.

Ella bufó.

-A veces creo que nunca saldrá. Está demasiado cómodo. Mañana tengo la revisión. No me extrañaría que digan que va a quedarse ahí hasta los dieciocho años.

Stephan sonrió.

-¿Irás con alguien?

-No, tu sabes que aquí no tengo a nadie. Estoy muy nerviosa. No quiero que la doctora piense que puede seguir extendiendo esto. ¿Podrías acompañarme?

Hubo una pausa. Luego el tono de Sienna cambió.

-¿Tú crees que el abogado podrá presentar la demanda esta semana?

Stephan se acomodó en el sofá.

-Eso dijo. Solo necesita el informe médico y la confirmación del test de paternidad. Lo tenemos todo.

-Él no sabe.

-No. Ni sospecha.

-Bien.

-Confía en mí, Sienna. Tendrás lo que te corresponde. Él no puede desaparecer como si nada. No soporta la mala prensa.

Sienna acarició suavemente su vientre.

-No es por mí. Es por el bebé.

Silencio. Al otro lado de la línea, Stephan bajó la mirada hacia una carpeta sobre la mesa. El nombre "Varakis" destacaba entre los documentos.

-¿Desde cuándo todo esto es por el bebé?. No me jodas Sienna. Llegamos hasta aquí por lo que vamos a obtenes de Varakis. Me debes demasiado para comenzar a ablandarte por ese niño que ni querías.

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