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Portada de la novela El Grimorio del Cristal Azul

El Grimorio del Cristal Azul

Fátima cuida la Biblioteca de las Cuatro Llaves en la ciudad de Murra Kish, un lugar tranquilo hasta que Alfonso aparece. El forastero busca un antiguo libro perdido, iniciando un romance marcado por secretos profundos. Él esconde su verdadera identidad mientras ella desconoce que tiene en su poder una gema mítica buscada por muchos. Rodeados de intrigas y peligrosas ambiciones, ambos sufrirán traiciones que desafiarán su amor y el futuro de sus vidas.
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Capítulo 2

La verdad es que estaba emocionada por encontrarme con aquel extranjero de pelo ensortijado y curiosidad particular. Parecía muy inteligente; sin embargo, no comprendí por qué ese afán de buscar un libro que no existía. 

¿Y si era cierta la historia de aquel mercader? Si en verdad lo había comprado, debió de haberlo destruido con sus propias manos. Cualquier hijo de esta tierra sabía que la magia estaba prohibida; para nosotros es una estafa, una mentira.

Aproveché que no había nadie en la biblioteca para cerrar antes de la hora del almuerzo, bajé al sótano y me detuve frente a la pintura de la fundadora. Fátima. Ella mandó a construir esta biblioteca con el fin de que el conocimiento llegara a todos los habitantes de nuestro país de manera gratuita. Desde entonces, dejó instrucciones claras para que los libros no cayeran en las manos erradas. ¿Y si Alfonso hubiera venido con malas intenciones?

Mi abuelo me contó que el acceso a la biblioteca de las "Cuatro Llaves" estaba al cuidado de cuatro personas distintas, cada quien custodiaba una llave. A partir de que llegó la paz, no hubo más saqueos y no fue necesario continuar con tal medida. Desde entonces, la seguridad pasó a manos de nosotras, las descendientes directas de Fátima. 

Recordé el día en que me entregaron el título de Bibliotecaria; fue el honor más alto para nuestra familia. Ese día, recibí las cuatro llaves y juré que las protegería hasta el día de mi muerte.

Recordé los números con esfuerzo y marqué la combinación que solo reposaba en mi mente: la caja fuerte se abrió y sobre un cojín de terciopelo rojo reposaba la llave. Nunca la había vuelto a sostener entre mis manos. 

Caminé hasta la puerta que guardaba los más valiosos y antiguos tesoros de la familia: aquellos que no estaban disponibles para el público y a los que nunca había tenido acceso. 

Al abrirse, la madera sonó; de frente estaba la gran colección de la familia. Abrí el libro índice que reposaba en un pedestal de madera, en medio del salón rebosante de ejemplares de todo tamaño y color, y leí las listas.

-¡Cuántas maravillas tengo a mi alcance! -susurré.

Me apresuré a verlos más de cerca, su aspecto era muy diferente a los libros del piso superior. Incluso, algunos estaban dentro de estuches de vidrio, asegurados con candados. 

-¿Por qué tantas medidas de seguridad?, ¿qué información contienen sus páginas? -las preguntas que nunca me había hecho surgieron una tras otra y la curiosidad se apoderó de mí. 

La diversidad de lenguas en que estaban los escritos dificultaba mi tarea: lengua semítica, lengua litúrgica, lengua acadia, escritura cuneiforme: me llevaría  mucho tiempo traducir al menos unas oraciones. En otra sección, tablillas, rollos de cuero, rollos de papiros y los grimorios. 

Las campanadas de la catedral me sacaron de mi éxtasis cultural y cerré el área, dejando todo tal y como estaba. Coloqué la llave en la caja fuerte, la cerré con fuerza y subí a mi lugar, como si nada hubiera pasado.

Me obsesioné con la idea de encontrar algún secreto en aquellos tesoros del subsuelo: revisé en el sistema el inventario y en ningún archivo reposaba información relacionada. 

Usando filtros busqué palabras como: magia, sanación, conjuros, pero el resultado siempre era el mismo: cero resultados relacionados con el término.

Si este chico era historiador y había llegado hasta aquí siguiendo una pista era porque algo de razón debía tener. En ese momento, recordé el suceso de esa mañana: un ladrón, ¿qué podía quitarme?, no llevaba nada de valor, a no ser... ¿Podía ser que alguien más estuviera interesado en la información almacenada en el privado? 

Miré el reloj y ya iban a ser las cinco de la tarde, me puse a organizar el cierre. Desplegué el aviso de cierre en las pantallas y los usuarios comenzaron a salir en silencio. 

Me sorprendí arreglándome el cabello frente al espejo, quise verme más arreglada, así que coloqué un poco de brillo en mis labios. Me observé desde varios ángulos, no tenía tiempo para ir a cambiarme de ropa, así que me puse un chaleco que dejé colgado  detrás de la puerta, mejorando mi apariencia en general. No era una cita, pero quise agradarle.

Caminé despacio para no sudar y en el camino advertí ciertos detalles en mi apariencia: me vi los pies, luego las manos. Toqué los lóbulos de mis orejas y no tenía zarcillos. Digamos que no tenía buena presencia, para no entrar en vergonzosos detalles. Lo único a mi favor era que estaba por oscurecer y las luces naranja de los faroles camuflarían mi descuido.

Mientras me acercaba al punto de encuentro me dieron ganas de desviarme. Se me habían quitado las ganas repentinamente. No supe qué me pasó, me sentí insegura o quizás comprometida. Un mal sabor en mi boca se produjo tras un pensamiento: quiere utilizarme, era eso. Me había invitado solo para convencerme de que le ayude a encontrar lo que busca. Entonces, que espere porque no soy un objeto. No voy a permitirle venir a "enamorar" a la bibliotecaria para conseguir el libro, era demasiado obvio y yo demasiado estúpida.   

La rabia no me dejó pensar en otra cosa, llegué a la casa odiándolo, tiré todo y me metía en la tina. Froté mi cuerpo y lavé mi cabello con mucha energía y Alfonso seguía en  mi cabeza. 

¿Dónde se estaría hospedando?, me pregunté. De pronto, en una habitación, un hotel era mucho más costoso para una estadía de seis meses. 

Pasaron los minutos y asomada a la ventana vi el atardecer, mientras me recriminaba por haber sido tan infantil.

Debía estar allí solo, después de lo bien que se portó conmigo cuando estaba en problemas, todo por culpa de esa mente que no dejaba de imaginar cosas. Quizás no tenía malas intenciones. 

Corrí escaleras abajo con la esperanza de llegar antes de que acabara la puesta del sol. Mi cabello húmedo se batía al aire y llegué al obelisco, cansada, sudada y despeinada. Pero sonriente porque su sombra larga e inclinada se reflejaba en la calle y me daba la bienvenida.

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