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Portada de la novela Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable

Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable

La existencia de Sarah Smith se quiebra tras una oscura noche en el Hotel Imperial. Entregada y sedada por sus propios parientes, acaba vinculada a Joaquín Benz, un influyente magnate financiero. Él, seguro de haber sido víctima de una trampa, la detesta y somete a un enlace forzado carente de amor. Entre juicios sociales y el desprecio de un marido decidido a destruirla, Sarah luchará por sobrevivir mientras el rencor mutuo muta en una atracción letal.
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Capítulo 2

La Mansión Smith nunca le había parecido tan ajena.

Apenas cruzó la entrada, Sarah sintió que algo estaba irremediablemente roto. El aire se sentía pesado, cargado de murmullos que no cesaban. Caminó por el pasillo principal con pasos inseguros, sintiendo cómo las miradas de los sirvientes se clavaban en su espalda como cuchillos. No entendía qué estaba ocurriendo... pero lo sabía en el fondo: algo ya había sido decidido sin ella.

-¿Qué hiciste, Sarah?

La voz la detuvo en seco.

Clara la sujetó del brazo con fuerza suficiente para hacerla estremecer. Su rostro mostraba una preocupación ensayada, demasiado perfecta para ser real.

-Todos lo saben -continuó, sin darle tiempo a reaccionar-. Saben que pasaste la noche en el hotel con un hombre. Nuestra familia ya está siendo juzgada... y nuestra sociedad no perdona estas cosas.

El corazón de Sarah comenzó a latir con violencia.

-Yo... no entiendo -susurró.

-Yo sí -replicó Clara con falsa dulzura-. Averigüé todo. Supe que pasaste la noche con Joaquín Benz y me encargué de informar que fue con él. Era necesario, Sarah. Para evitar que te destruyeran sin contemplación.

Las palabras la golpearon con brutalidad.

-¿Qué significa eso? -preguntó con la voz temblorosa-. ¿Por qué hiciste algo así?

-Significa que todos saben con quién te acostaste -respondió Clara sin pestañear-. Y lo hice para ayudarte. Para protegerte.

Las mejillas de Sarah ardían. La vergüenza le quemaba la piel, la garganta se le cerraba.

Hermanita, solo quería ayudarte, resonaban las palabras falsas de Clara en su mente.

No.

No podía ser cierto.

Pero lo era.

-Avanza -ordenó su hermana, empujándola con suavidad-. No te quedes ahí.

Al cruzar las enormes puertas del salón principal, la realidad cayó sobre ella como un golpe seco.

Eduardo Smith estaba de pie en el centro de la habitación, el rostro endurecido por la ira. Su madre, Sandra, tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Y a un costado, Clara ya se encontraba allí, fingiendo preocupación, como si no hubiera sido ella quien encendió la hoguera.

-¡Arrodíllate! -rugió su padre.

Las piernas de Sarah cedieron antes de que pudiera reaccionar.

-¿Tienes idea de lo que has hecho? -continuó Eduardo, con una voz cargada de desprecio-. ¡Has destruido el honor de esta familia! Te acostaste con un magnate para asegurarte un matrimonio. Debes ser muy buena en la cama para lograrlo... mujer barata.

-No, papá... yo... -balbuceó, con la voz rota.

-¡Todos lo saben! -gritó su madre-. ¡Todos saben que pasaste la noche con Joaquín Benz! Me has decepcionado como mujer y como hija.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Sarah.

-No lo recuerdo... -susurró.

El golpe de Eduardo sobre la mesa la hizo estremecer.

-¿No lo recuerdas? ¿Ni siquiera sabes lo que hiciste?

-Tal vez bebió demasiado -intervino Clara con voz suave-. Yo la vi mareada antes de irse.

Sarah levantó la mirada, horrorizada.

-¿Tú... lo sabías?

Eduardo se enfureció aún más.

-Sarah, yo solo quería protegerte -insistió Clara, bajando la cabeza-. Alguien más te vio entrar en la habitación de Joaquín Benz. Si no decía nada, habrían sido aún más crueles contigo.

La habitación parecía cerrarse a su alrededor.

-Yo no hice nada... -intentó defenderse.

-¡Cállate! -rugió su padre-. ¡Eres una vergüenza!

Un vaso se estrelló contra la pared. El sonido del cristal rompiéndose marcó el colapso definitivo de su vida.

-La familia Benz ha accedido a una reunión -anunció su madre con frialdad-. Iremos esta noche.

-¿Qué? -susurró Sarah, paralizada.

-Desaparece de mi vista -ordenó Eduardo-. Dormirás en el depósito.

-Papá, no seas tan duro... -intervino Clara.

-Tú cállate. Y tú -señaló a Sarah-, lárgate.

El depósito era frío, oscuro y húmedo. Olía a polvo y abandono. Sarah se acurrucó entre cajas viejas, abrazándose a sí misma para no desmoronarse. Extendió un cartón sobre el suelo y se dejó caer, rota.

Lloró en silencio.

Su cuerpo aún guardaba el recuerdo de la noche anterior. Las manos. Los labios. Las marcas.

Se sentía sucia. Vacía. Sola.

Horas después, una empleada dejó ropa limpia junto a ella.

-Debe bañarse. La esperan para ir a la Mansión Benz.

La Mansión Benz era aún más imponente de lo que recordaba. Cada paso era una sentencia.

Y entonces lo vio.

Joaquín Benz estaba de pie, mirándola con absoluto desprecio.

-¿Esto es una broma?

La reunión comenzó.

-Mi hija pasó la noche con su hijo -dijo Eduardo-. Debe hacerse responsable.

-¿Casarme con ella? -preguntó Joaquín con ironía.

-Es una exigencia.

-¿Y si me niego?

-No es una opción.

-¿Cómo sé que no fue planeado? -preguntó Joaquín, acercándose a Sarah-. Justo conmigo. Justo esa noche.

-No me llames así -la interrumpió-. Me repugna que finjas inocencia.

-Cásate con ella -ordenó Alberto Benz.

Sarah sintió cómo su destino se sellaba.

Sin amor.

Sin voz.

Sin esperanza.

El silencio en la gran sala era asfixiante.

Sarah apenas podía respirar. Su cuerpo estaba rígido, cada músculo en tensión, mientras sus ojos recorrían los rostros sentados alrededor de la mesa buscando, inútilmente, un atisbo de compasión. No lo había.

Los Benz y los Smith observaban la escena con expresiones frías, calculadoras, como si ella no fuera una persona... sino un problema que debía resolverse.

Nadie veía su miedo.

Nadie escuchaba su dolor.

Fue el padre de Joaquín quien rompió el silencio, con una voz seca y definitiva:

-La boda se realizará mañana, a primera hora.

El mundo de Sarah se desplomó.

-N-no... -susurró, apenas audible.

Eduardo Smith ni siquiera se dignó a mirarla.

-No tienes derecho a rechazar nada -dijo con dureza-. No estás en condiciones de hacerlo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Sarah.

-Por supuesto -intervino la madre de Joaquín, con una expresión inmutable-. No permitiremos que el apellido Benz se vea manchado por culpa de una mujer que no conoce su lugar.

Sarah apretó los puños hasta clavarse las uñas en la piel.

-Yo... yo no quiero... -intentó decir.

-Tus deseos no importan -la cortó su padre, con una voz que azotó como un látigo-. Ensuciaste tu honor. Ahora asumirás las consecuencias.

Cada palabra cayó sobre ella como una sentencia irreversible.

-Mañana -repitió el patriarca Benz, clavando en ella una mirada gélida-, serás la esposa de Joaquín Benz.

Sarah sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Buscó a Joaquín con la mirada, esperando encontrar en él aunque fuera una sombra de resistencia, de incomodidad... pero no había nada. Su rostro era una máscara impenetrable, sus ojos oscuros posados en ella con una indiferencia que dolía más que el desprecio.

No había escapatoria.

No había defensa.

Estaba condenada.

-Voy a hablar con ella -sentenció Joaquín, poniéndose de pie-. Para mí, esta reunión ha terminado.

-Ve con él -ordenó Eduardo Smith.

Sarah no tuvo elección.

La brisa nocturna agitaba los árboles del jardín trasero de la mansión Benz. El aire olía a tierra húmeda y flores abiertas, pero para Sarah no había belleza alguna. Solo un frío profundo que le atravesaba el pecho.

Joaquín estaba frente a ella, con los brazos cruzados. Su figura imponía incluso en silencio. Sus ojos la estudiaban como si evaluara algo que ya le pertenecía... y le repugnara.

-Quería hablar contigo para dejar algo muy claro -dijo al fin, con voz baja.

Sarah tragó saliva. Su corazón latía con violencia. Sus manos temblaban, ocultas entre los pliegues de su vestido.

Joaquín dio un paso al frente. Luego otro. La distancia se redujo hasta que ella pudo sentir su presencia aplastándola.

-Voy a hacer que te arrepientas -susurró- de cada segundo de lo que ocurrió anoche.

El aire se le escapó de los pulmones.

-No habrá un solo día -continuó, con una calma aterradora- en el que no sientas que tu vida se desmorona poco a poco.

Las piernas de Sarah flaquearon.

Joaquín inclinó ligeramente el rostro, acercándose lo suficiente para que sus palabras se clavaran como cuchillas.

-Yo seré tu castigo.

-Yo seré tu destrucción.

No gritó.

No alzó la voz.

Y eso fue lo peor.

Sarah sintió cómo algo dentro de ella se quebraba definitivamente. Supo, con una certeza absoluta, que no eran amenazas vacías.

Él lo cumpliría.

Sin decir nada más, Joaquín se dio la vuelta y se alejó, dejándola sola en medio del jardín, temblando, sin fuerzas siquiera para llorar.

Minutos después regresó a la sala. Nadie le preguntó nada. Nadie se interesó por su estado.

Poco después, abandonaron la Mansión Benz.

Sarah no miró atrás.

Sabía que su infierno apenas acababa de comenzar.

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