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Portada de la novela Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable

Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable

La existencia de Sarah Smith se quiebra tras una oscura noche en el Hotel Imperial. Entregada y sedada por sus propios parientes, acaba vinculada a Joaquín Benz, un influyente magnate financiero. Él, seguro de haber sido víctima de una trampa, la detesta y somete a un enlace forzado carente de amor. Entre juicios sociales y el desprecio de un marido decidido a destruirla, Sarah luchará por sobrevivir mientras el rencor mutuo muta en una atracción letal.
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Capítulo 3

El vehículo que transportaba a sus padres se había adelantado.

Sarah viajaba sola, hundida en el asiento trasero, observando cómo la ciudad de Nueva York desfilaba ante sus ojos como un mundo al que ya no pertenecía. Las luces, el ruido, las personas caminando sin saber que su vida seguía intacta. Todo seguía igual... excepto ella.

Había tanto sonido afuera.

Y nadie la escuchaba.

Dentro de su pecho se alojaba una pena demasiado grande para contenerla. Una tristeza espesa, silenciosa, que la ahogaba lentamente.

Cuando el auto se detuvo frente a la Mansión Smith, comprendió que no habría refugio. La puerta de su antigua habitación estaba cerrada. No necesitó preguntar. El mensaje era claro.

Otra vez el depósito.

Caminó hasta allí con pasos lentos, casi arrastrados, como si su cuerpo pesara más que nunca.

Al acomodarse entre las sombras, una lágrima rodó por su mejilla. Se mordió los labios con fuerza, intentando no llorar en voz alta.

-Yo no busqué esto... -susurró.

El dolor en su voz era evidente.

Mañana sería su crucifixión. Condenada por un error que no planeó, castigada por una culpa que no recordaba.

-¿Por qué la vida es tan injusta...?

El frío se coló en sus huesos. Pasaron horas. El silencio. La soledad. El temblor. Hasta que el agotamiento terminó por vencerla.

Durmió sobre el cartón, abrazándose a sí misma como si eso pudiera mantenerla entera.

Tal como se había dictado, el matrimonio se celebró al día siguiente.

Sin flores.

Sin música.

Sin amor.

Solo un acuerdo frío. Un castigo disfrazado de unión.

El salón del registro civil estaba envuelto en un silencio sepulcral. El sonido del bolígrafo raspando el papel y el tic-tac del reloj marcaban cada segundo como una cuenta regresiva.

Sarah había sido enviada por su padre con el chófer. Estaba sentada frente a la mesa de madera oscura, con las manos temblorosas sobre su regazo. Su cuerpo estaba entumecido, dolorido por la noche en el depósito.

-Firma aquí.

La voz de Eduardo Smith fue autoritaria, distante. Como si hablara con una extraña.

Sarah bajó la mirada.

Allí estaba su nombre.

Junto al de Joaquín Benz.

Su futuro reducido a tinta negra.

Tomó el bolígrafo con dedos rígidos. Firmar significaba renunciar a cualquier posibilidad de huir. A cualquier sueño.

Trazó su firma con un pulso débil.

Al otro lado de la mesa, Joaquín tomó el bolígrafo sin vacilar. Firmó con firmeza, sin mirarla. Sin dedicarle siquiera un segundo.

-Felicidades, señor y señora Benz -anunció el funcionario con una sonrisa vacía.

Para Sarah, fue el sonido de una cadena cerrándose alrededor de su cuello.

No hubo palabras.

No hubo consuelo.

Fue guiada fuera como una muñeca sin voluntad.

Joaquín tampoco habló. No cruzó palabra con Eduardo. Ni siquiera lo miró.

Ya sentada en el asiento trasero del auto que la llevaba a la residencia Benz, Sarah sintió el peso del vestido blanco sobre sus hombros. Era sencillo, hermoso... y asfixiante. Una prisión.

No esperaba que Joaquín viajara con ella.

Pero lo hizo.

Se sentó a su lado, distante, con la mirada fija en la ventana. Durante todo el trayecto no la miró ni una sola vez.

Cuando llegaron a la imponente mansión, los sirvientes se inclinaron en una reverencia perfecta.

Joaquín pasó de largo.

Sarah lo siguió, insegura, hasta que cruzaron el umbral de una habitación amplia y lujosa. La puerta se cerró de golpe detrás de ella.

-Escúchame bien, Sarah Smith.

Su voz era una cuchilla.

-No creas ni por un segundo que esto te convierte en mi esposa. Recuerda lo que te dije anoche: esto será tu castigo.

Ella intentó hablar.

-Yo...

-¡Cállate! -rugió, golpeando la pared-. Me repugnas.

Sarah dio un paso atrás. Nunca había sentido un odio tan puro, tan directo.

-No quiero excusas. No quiero verte. No quiero escucharte -continuó-. Para mí eres una carga impuesta. Una mujer que se metió en mi cama y me hizo perder el control.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos.

-Yo nunca quise esto...

Joaquín soltó una risa fría.

-Entonces dime... ¿por qué estabas en mi cama?

-No lo sé...

-Siempre la misma respuesta. Da igual.

Se acercó hasta acorralarla contra la pared.

-Tres reglas. Primera: no me toques. Segunda: no interfieras en mi vida. Y tercera... -sus ojos se endurecieron-. No olvides que este matrimonio existe solo en el papel. Yo no soy tu esposo. Soy tu verdugo.

Se apartó como si su presencia lo contaminara.

-Tu habitación es la del final del pasillo. No cruces esta puerta sin permiso.

Y se fue.

Sarah se quedó sola, con el corazón encogido.

Sabía que no sería feliz.

Pero no imaginó que el infierno comenzaría desde la primera noche.

No salió de su habitación en todo el día. No comió. No tenía hambre.

Esa noche, Joaquín regresó.

-Nana -dijo con frialdad.

-Niño, su esposa no ha probado bocado en todo el día.

-No me interesa -respondió sin detenerse-. Por mí, que se muera de hambre.

La mujer negó con la cabeza, en silencio.

A la mañana siguiente, el hambre obligó a Sarah a levantarse.

Se bañó. Se vistió con una de las pocas prendas que tenía. Sabía que debía ir a la casa Smith por más ropa.

Al salir, sintió las miradas.

-Así que es ella...

-La que atrapó al joven maestro.

-Qué descarada.

Bajó la cabeza.

En el comedor, la mesa estaba servida. Joaquín no estaba allí.

-El joven maestro ya desayunó -dijo una ama de llaves-. No suele compartir mesa con personas como usted.

Tomó los palillos con manos temblorosas.

Risas ahogadas.

-Este matrimonio no durará.

-Si tuviera dignidad, ya se habría ido.

Una sirvienta chocó "accidentalmente" su vaso. El jugo cayó sobre su vestido.

-Qué torpe soy... -dijo con burla.

Entonces una voz resonó.

-¿Qué están haciendo?

Joaquín estaba en la puerta.

Sarah levantó la mirada... y su esperanza murió al instante.

-Si ni siquiera puedes evitar que te pisoteen -dijo con desprecio-, ¿cómo esperas sobrevivir aquí?

Las risas se reprimieron.

-Haz lo que quieras -añadió-. No pienso rescatar a una mujer que se puso sola en esta situación.

Y se fue.

Sarah bajó la cabeza.

La humillación se le quedó grabada en la piel.

La mansión Benz nunca se había sentido tan vacía.

El silencio no era paz; era castigo. Un silencio denso, opresivo, que parecía deslizarse por los pasillos de mármol y posarse sobre los hombros de Sarah como una condena invisible. Cada paso que daba resonaba demasiado fuerte, como si la casa misma la rechazara.

Después de la humillación en el comedor, nadie volvió a buscarla.

Nadie preguntó por ella.

Nadie se acercó.

Nadie fingió compasión.

La soledad era más cruel que las palabras de Joaquín. Al menos el desprecio tenía voz; el abandono, no. Él solo aparecía para recordarle lo innecesaria que era, lo indeseada, lo poco que valía su existencia dentro de ese mundo.

Esa tarde, Sarah vagaba por el jardín exterior, buscando aire, buscando algo que no supiera a encierro. El verde de las flores era lo único vivo que parecía no juzgarla.

Entonces lo vio.

Joaquín Benz avanzaba hacia ella con paso firme, acompañado de un hombre mayor y dos asistentes. Su presencia le tensó el cuerpo de inmediato. No por esperanza... sino por miedo.

-Sarah.

Su nombre, en labios de él, fue un látigo.

Ella levantó la cabeza lentamente.

-¿C-cómo...? -murmuró, insegura.

-¿Ya olvidaste tu lugar? -preguntó Joaquín con frialdad-. Este no es un sitio para ti.

Dio un paso adelante. El sonido de sus zapatos quebró el silencio. Su mirada la atravesó sin humanidad, como si evaluara un objeto defectuoso.

-No deberías salir de tu habitación -continuó-. No molestes. No estorbes. No existas más de lo necesario.

Sarah sintió que las manos le temblaban.

-Yo... solo estaba observando las flores... -susurró-. Pensé que quizá podía ayudar, limpiar las macetas, colaborar con el jardinero...

-¿Ayudar? -la interrumpió con una sonrisa cargada de desprecio.

Se inclinó hacia ella, demasiado cerca.

-Nadie aquí necesita tu ayuda, Sarah. Ni tú. Ni tu familia. Y mucho menos después de lo que hiciste.

Las palabras se le clavaron en el pecho como espinas.

-No mereces estar aquí -añadió con frialdad absoluta-. Si no fuera por lo que hizo tu hermana, nadie tendría que saber que estuve contigo. Ni siquiera eso te da derecho a ser vista por mí.

Sarah dio un paso atrás. Su cuerpo temblaba.

-¿No lo entiendes? -susurró Joaquín, cruel-. No soy tu salvador. No soy tu esposo en ningún sentido real. Estoy aquí por obligación. Y mientras sigas en esta casa, tu vida será un recordatorio constante de lo bajo que has caído.

El hombre mayor que lo acompañaba observó la escena con interés. Luego miró a Sarah con abierto desprecio.

-¿Y ahora qué piensa hacer, señora Benz? -dijo con sorna-. Está claro que haría cualquier cosa por formar parte de esta familia... incluso vender su cuerpo para lograrlo.

El nudo en el estómago de Sarah se hizo insoportable.

-Esto es lo que mereces -sentenció Joaquín-. No olvides jamás que esta es la vida que elegiste cuando decidiste usar ese truco.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta.

La dejó allí.

Sola. Rota. Invisible.

Sarah se quedó de pie en el jardín, abrazándose los brazos como si pudiera sostener los pedazos de sí misma. No esperaba amor. Ni ternura. Solo había deseado un acuerdo... un mínimo de humanidad.

Pero Joaquín Benz no se lo permitiría.

-¿Por qué me hicieron esto...? -susurró al cielo, buscando una respuesta que nunca llegaría.

Las flores seguían ahí.

Hermosas.

Indiferentes.

Como todos en esa casa.

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