Portada de la novela Por amor a los dioses

Por amor a los dioses

8.4 / 10.0
Adam Henson es un dios oculto que desafía la voluntad de Olympia Bellini en Por amor a los dioses. Esta fantasy novel mezcla romance y acción mientras la dueña de la editorial resiste su magnetismo sobrenatural. Lee esta fiction fantasy romance books sobre el destino y el poder.
Resumen de Por amor a los dioses
Adam Henson no es un hombre ordinario; su magnetismo sobrenatural delata su verdadera esencia divina oculta en el mundo mortal. Mientras intenta descifrar la humanidad, trabaja para Olympia Bellini, la influyente dueña de Editoriales Henson. Aunque ella siempre se ha mostrado inalcanzable, la presencia de Adam pone a prueba su resistencia. Olympia intentará evitar un romance que amenaza con desatar peligrosos conflictos y una acción fuera de todo control.
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Por amor a los dioses Capítulo 1

La chica caminaba de un lado hacia otro observando la pantalla frente a ella, la fiesta iba en su auge y aun así no se detuvo ni por un segundo, entregando a todos su mejor sonrisa, ese día era muy importante, la entrega del nuevo libro de la saga que traía a todas las chicas vueltas locas.

—Olly —murmuró su amiga, ella giró para verla con el ceño fruncido—. Debes descansar un poco, todo va muy bien. El jefe aún no se aparece, la comida está deliciosa, así como tú.

Soltó entre risas, la chica arrugó la nariz enfada, su amiga constantemente le soltaba palabras que la hacían sentir extrañamente reconfortada, al menos alguien le agradecía el hecho de que había pasado más de 3 horas intentando descifrar cómo le quedaba mejor el peinado y el mejor maquillaje para que sus ojos no mostraran los días que llevaba sin dormir.

—Lo sé Anne, por los cielos que lo sé, pero, quiero que todo salga perfecto.

—Escucha, sólo relájate un poco, yo me encargo a partir de ahora —golpeó su hombro y la empujó—. Estás hermosa hoy, ve a meterte en la cama de alguien.

La chica negó.

—No es precisamente lo que quiero, sí quiero meterme en una cama, y es la mía —Anne fue ahora la que frunció el ceño.

—Siempre tan relamida, diviértete.

Estaba por replicar cuando alguien más se acercó a ella para platicar. Le tomó por su desnuda espalda. Llevaba un vestido largo color verde brillante, de tirantes y espalda descubierta. No podría decir que su perfecta figura lo modelaba, a ella no le gustaba alardear sobre su ascendencia caribeña que le había regalado el don de comer por montones y no lograr subir de peso. Tenía curvas, lo sabía, pero, para ella sólo eran un impedimento de que las personas a su alrededor tomaran en serio su trabajo.

Y con años de esfuerzo y muchas dietas, pudo bajar de sus 75 kilos a 66, estaba orgullosa de eso.

—Buenas noches, señorita Bellini, ¿cómo se encuentra hoy?

—Perfectamente, Sr. Leigh, me alegra que haya podido acompañarnos el día de hoy.

—No me lo perdería por nada, todo se ve de maravilla, no me sorprendería saber que fue usted la que logró esto —comentó, la música inundaba el salón del Hotel.

La fiesta de presentación del libro era estupenda, la autora manejaba fácilmente a los medios y a los invitados, no le sorprendía por qué su libro tenía tanto éxito, el carisma para ella era muy importante. Se excusó del Sr. Leigh que aún tenía su mano divagando por toda su espalda y huyó hacia las mesas donde pescó un pedazo de zanahoria de su plato y siguió caminando hacia la entrada.

Todos en el lugar le sonreían, la saludaban. Le felicitaban por lo perfecto de la fiesta, ella sólo asentía como de costumbre con una enorme sonrisa en el rostro, se le daba muy bien hacerlo, y más con la perfecta dentadura que ella misma se había encargado de tener siempre.

—Señorita Bellini, quedamos en que usted no se acercaría a la puerta.

—No recuerdo haber dicho o estado de acuerdo con eso.

—Su amiga Anne me lo pidió, vaya a sentarse un rato y platicar, como todo ser humano.

Con un resoplido volvió a su plato y por fin se sentó. Estaba muy concurrido, personas bailaban lentamente en la pista, otras más platicaban. Tomó su copa de champán y le dio un gran sorbo. Imaginó por unos segundos llegar a su casa pronto a descansar y siguió tomando. Agarró otra zanahoria, luego una galleta en la que untó un poco de paté.

Se empezó a mover al son de la música clásica y sonrió por el esfuerzo que había hecho para lograr todo eso. A pesar de ello, ser la editora en jefe no es sencillo. No cuando todos en el piso que la llamaban por maneras que ni ella se podía imaginar.

Estaba divagando entre los rostros recordando cada nombre, puesto e incluso número de teléfono, hasta que no reconoció a uno.

Por unos segundos sus ojos recorrieron de arriba hacia abajo a la persona que se paseaba entre los invitados, sonriendo. Sus largas piernas se movían de manera ágil y con gracia, más arriba descansaba un trasero del que jamás se imaginó desear, le acompañaban unos pantalones formales y zapatos negros muy limpios. Frunció el ceño al ver que traía una camisa blanca arremangada junto con un chaleco tejido de color beige y rombos blancos. Su cabeza dejó de dar vueltas por el espectacular cuerpo del hombre y enseguida se puso de pie para seguirlo.

Se acercó con paso apurado, el clic clac de sus tacones retumbaban en sus oídos renuente de lo que pasaba al rededor suyo. Sus ojos se posaron en el rostro del hombre ahora que lo tenía más cerca, tenía un encantador perfil perfectamente cincelado, con cejas medianamente pobladas que adornaban unos ojos de color miel, en cuanto soltó una sonrisa el mundo se detuvo por unos segundos, el hoyuelo en su mejilla izquierda y la sonrisa con una brillante sed seductora, las piernas le temblaron de pronto. Subió la mirada hacia su cabello ligeramente ondulado perfectamente recortado.

— ¡Ah! Olympia, por fin te acercas a saludar —gritó el hombre regordete con el que estaba hablando el hombre, este volteó a verle y sonrió, era lo único que sabía hacer, sonreír, no lo culpaba, también lo hacía constantemente frente a los jefes. El hombre mayor la tomó de la mano y la dirigió hacia su acompañante—. Te presento a Olympia, Adam, es nuestra editora en jefe, sin ella, la fiesta no sería tan espectacular.

—Es todo un placer señorita Olympia —dijo tomando su mano para luego besarla en el dorso, sus piernas volvieron a temblar, su cálida piel aperlada le atrajo una vez más, en comparación de la suya que era tan blanca que no sentía que tuviera chiste, muchas veces imaginaba ser de un color más azucarado, después de todo su madre debió haberle heredado eso por ser de un lugar tan cálido—. He escuchado mucho sobre usted en toda la velada, es una pena que apenas nos hayamos topado, en el momento que tengo que regresar por asuntos urgentes.

Tragó saliva y su manzana de adán se movió.

"Bendito seas", murmuró su subconsciente.

—Me intriga mucho joven Adam, ¿cómo es que no lo había visto? Si viene con tan peculiar vestimenta a una fiesta de gala.

Él soltó una risa.

—Es cierto, y lo lamento ahora que sé que usted se esforzó tanto en hacer que todo estuviera tan perfecto —miró al hombre regordete y se despidió—. La próxima vez que nos veamos señorita Olympia, prometo estar más presentable.

—No hay por qué, tal vez no lo invite la próxima vez —murmuró en cuanto el hombre abandonó su círculo—. Sr. Hank, me alegra mucho que haya venido, una disculpa que no pudiera acercarme antes a saludar como se debe.

Era de su misma altura y con los tacones por lo menos sobrepasaba unos centímetros al hombre, llevaba un elegante traje negro y su cabello canoso bien peinado, después de todo el jefe de la editorial debía ser el más presentable.

— ¿Has bailado ya? Porque me apetece mucho una pieza.

La conmovió su petición escondida de timidez y tomó la mano que este le ofrecía. Le debía todo a él, siendo el único que le regaló la paciencia y oportunidades. Le contrató sin más en cuanto la vio entrar a la entrevista, pero por supuesto que no había iniciado de editora, sino que escaló con esfuerzo y apoyo, después de todo entregar correos fue un estupendo comienzo, incluso cuando el Sr. Hank le ofrecía cursos y mandados que le ayudaron a ser mejor con el tiempo.

Bailó dos o tres piezas con el hombre que luego se excusó de retirarse por la edad, no le culpaba, luego de tantos años debía descansar y más si ese día no pudo acompañarlo su esposa debido a emergencias médicas.

Un alivio se formó en su corazón en cuanto el último invitado se fue, por fin podía respirar. Se sentó en la silla más cercana y dejó caer sus tacones mientras tomaba otro largo trago de champán. Realmente tenía que dejar de hacer las cosas tan bien, aunque su egocéntrico ser hablaba, sabía que era verdad su propio pensamiento, el estrés la estaba matando.

Caminó con sus zapatos a rastras y subió al taxi que su amiga Anne había conseguido para ella. No tenía certeza de por dónde se fue hasta que por fin abrió los ojos. Pagó y bajó.

Su departamento diminuto era lo único que le quedaba, sabía que los editores ganaban bien, pero luego de las deudas a las que se tuvo que afrontar, no quedó otra cosa más que cientos de deudas. Apenas un mes atrás terminó de pagarla y parece que nunca en su vida se sintió más aliviada. Lo único que quería en esos momentos era entrar a la ducha y sumergirse en sus pensamientos hasta quedarse dormida desnuda en la cama. No esperaba otra cosa más que eso.

Se sentía tan patética, no pudo evitar soltar lágrimas, sollozando por lo que ya no era su vida. Sino el recuerdo de haber sido tan exitosa.

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