
La reina de la mafia
Chapter 3
— ¿Qué quieres decir con eso? — Ezzio es el que pregunta, su preocupación parece verdadera, sus ojos color miel no se despegan de mi en ningún momento, pero es al único que evito ver.
— Que comience la guerra. — ni a mí, ni a los De Luca se nos pasa desapercibido como mi familia asiente con la cabeza, están con Donato, por obvias razones.
— ¿Por qué no dejas que la niña hable? — Lupo está acabando no solo con la paciencia de Donato, la mía está en su límite.
— No veo ninguna niña aquí, a no ser que la única De Luca este de rodillas gateando por debajo de la mesa. — veo la intención de Lupo al levantarse de su sitio con los dichos de mi hermano Donato y no es el único.
— Basta Donato, ya es suficiente, compórtate. — mi voz es firme y al ver los ojos avellanas de mi hermano este baja la cabeza apenado, sabe que no se está comportando a la altura, no importa a que par de idiotas tengamos en frente, somos los hijos de Emma, los modales, son una parte fundamental de nosotros. — En cuanto a ustedes… señores De Luca, se les agradece la oferta, pero no soy moneda de intercambio, que tengan buena tarde. — término con todo esto con la misma cara que tenía cuando comenzó, estoy aburrida.
— ¿Y eso quiere decir? — Leonzio sabe muy bien lo que quiero decir, solo está provocando, pero ¿para qué?
— ¿Qué es lo que tu cabecita de matón barato no comprende? — mi hermano Lion está de pie, al igual que Salvatore, no quiero esos ojos negros clavados en el tierno rostro de mi hermano menor.
— Lion, siéntate. — ordeno con voz neutra, mi hermano menor bufa, pero me obedece.
— ¿Tienes miedo de que puedan lastimar a tus hermanitos preciosa? — Rocco, me ve sonriente, pero mientras él mide mi rección yo observo de reojo a mis padres, Prieto tiene esa mirada asesina que hace años no veía en sus pupilas, después de todo Lion es su ahijado y nosotros sus hijos, y Noha, Dios, ya está de pie.
— Le vuelves a decir preciosa a mi hija y …
— No sabía que la verdad lo ofendiera, ya que es así, tiene una hijastra preciosa. — Noha salta sobre la mesa y Rocco retrocede dos pasos, así es matón de pacotilla, te estas jugando la vida con lo que dijiste.
— Papá regresa a tu lugar. — Noha me ve apenado, pero lo hace. — Padre ni se te ocurra. — digo cuando veo el brilló bajo la mesa.
— Tina. — dice en forma de protesta Prieto.
— Dame eso… ahora. — Prieto bufa al igual que lo hizo Donato, pero me entrega su revolver, uno pequeño que siempre lleva amarrado a su tobillo. Observo como los De Luca protestan con la mirada, se suponía que no debía haber armas en la habitación, debo solucionar esto, el mayor poder que posee el clan Constantini es su palabra, la cumplimos, cueste lo que cueste. — Les pido disculpa en nombre de mi familia, pero ustedes los están provocando, ahora si son tan amables, los acompañare a la salida. — les informo mientras comienzo a caminar.
— ¡Valentina! — el grito de Noha es acompañado de toda su altura al ponerse de pie nuevamente.
— Noha. — los ojos de papá se agrandan, y me odio por ello, la última vez que lo llame por su nombre tenía cinco años y fue porqué lastimo a mamá por no controlar su carácter, pero a mi favor, nos está dejando como niños que no sabemos solucionar nuestros problemas y ese es un lujo que no me puedo permitir.
— Lo siento hija. — baja su cabeza y mis manos se cierran en puños, todo esto es culpa de ellos.
— Es la última vez que se lo pido, síganme. — veo los ojos de cada uno de “los reyes de Chicago” y al fin comienzan a caminar a la puerta.
Se sorprenden al ver que realmente los acompañare, aunque se mantienen en silencio, mientras esperamos el ascensor varias personas de la empresa nos observan, saben que no son empresarios, claro que no, si parecen motoqueros o pandilleros por cómo están vestidos, odio tener que involucrar la empresa de la tía Bianca con lo ilegal, pero era necesario un lugar neutro y este lo es. Las puertas del ascensor al fin se abren y cuando los De Luca ingresan observo que Donato y Lion están en el pasillo, hablando, no, planeando, maldición, hombres debían de ser, en un acto estúpido, ingreso al ascensor y mi mellizo me ve con sorpresa y enojo. Suspiro cuando las puertas se cierran y solo entonces reparo en la presencia de los seis hombres que están a mi espalda, viéndome como si fuera un pequeño conejito y ellos fueran seis lobos hambrientos, aún no saben que tan equivocados están.
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