
Cuatro Hadas
Chapter 5
Indivar se encontraba nadando en el río, el mismo donde había surgido hacia 18 años, el que la trajo a este lugar dándole una segunda oportunidad, el agua estaba templada y ella sumamente relajada, sin embargo dejó de moverse al escuchar un sonido raro, comenzó a mirar a todas partes y vio cómo un pequeño ciervo se estaba ahogando, rápidamente con un movimiento de manos, abrió las aguas, dejando un camino para que saliera de aquel lugar el pequeño animal y por un momento se perdió en su memoria.
"Sé muy bien, la desesperación que se siente al morir de esa forma, hoy la suerte estaba de tu lado pequeño.”
Amelia Fabel, ese era su nombre hace 18 años atrás, hoy cumplía exactamente dos vidas, y es que esa misma edad tenía cuando su mejor amigo y a quien ella amaba con el corazón la asesinó, terminó con su vida, como quien mata a un insecto.
Cedrik Fischer, había sido su amigo desde el preescolar, ella se enamoró de él a medida que crecían, pero luego con el paso del tiempo fueron tomando caminos diferentes, él era un joven apuesto alto, adinerado como nadie en el pueblo y obviamente deportista, sumamente atlético , ella sin embargo, era la hija de una mujer casi indigente y enferma, su padre había muerto en la guerra y la pensión que le daban solo cubría los gasto de la medicación de su madre, por lo que ella trabajaba en una cafetería, fue el blanco de todos en la secundaria, por su forma humilde de vestir y sus rasgos albinos, eso provocó que su gran amigo y el que ella creía que era su gran amor Cedrik Fischer, se alejara, aun así se veían algunas veces y la joven se sentía la muchacha con mayor suerte del mundo por hablar con él. Era tan ilusa.
— Eres muy linda, tu piel es tan blanca como la nieve. — Este joven ocultaba bajo halagos, sus fantasías con la joven.
— Gracias, aunque no entiendo porque siempre dices cosas tan bonitas y luego... me ignoras.
— Debes entender tengo una reputación que cuidar, pero cuando el colegio termine iré a la universidad y volveré por ti.
— ¿Por mí?
— Serás mi esposa, lo juro.
El corazón de la joven parecía que iba a salir de su cuerpo, mientras sus mejillas adquirían un color rojo carmesí, no podía creer que su sueño se hiciera realidad. No tenía como saber la clase de monstruo que era aquel rubio.
— Ven déjame ver algo. — dijo de forma coqueta el joven.
— ¿El qué? — Cedrik se acercó y la besó, ella estaba extasiada, pero cuando él descendió con la boca por su cuello la mordió y Amelia retrocedió.
— Eso duele... ¿qué haces? dijo con voz quejumbrosa. Ese fue su primer beso, el sabor dulce rápidamente fue sustituido por la amargura del dolor.
— Veo como mi boca puede marcar tu hermosa piel. — Este joven, desde sus inicios en la vida sexual demostró ser un sádico, claro que la pobre Amalia no lo sabía. Y aunque lo hubiera sabido, poco podía hacer ante semejante adolescente, él la superaba en altura, peso y por supuesto fuerza.
— ¿Que le diré a mi mamá ahora? — La rubia se preocupó y con razón, al ver la marca que su amigo le había dejado en el cuello.
— Tranquila, solo cúbrete con un pañuelo o algo.
Así Cedrik la fue engatusando, hasta convencerla en ir al lago que se encontraba en medio del bosque y que en esa época estaba casi congelado.
— ¿Que hacemos aquí? estamos muy lejos del pueblo. — Pregunto con preocupación y es que cada vez que estaban solos, el joven dejaba alguna marca en ella, por cada beso una mordida era dada.
— ¿Acaso tienes miedo?, somos mejores amigos de toda la vida. Jamás te lastimaría. mintió con descaro y experiencia.
— ¿Mejores amigos? — en ese momento Amelia tendría que a ver sabido que todas las promesas eran falsas, pero era apenas una joven de 18 años, llena de sueños e ilusiones. Demasiado inocente, para un mundo con tanta maldad.
— ¿Por qué pones esa cara de tristeza? — preguntó Cedrik con molestia.
— No, no es nada, solo que debo volver para darle la medicina a mamá.
— ¿Es eso o es que quieres ser mi novia? — sabia como jugar con la joven, era lo que más disfrutaba, manipularla, creyendo que así podría convencerla de todo.
—Tú... tú… ¿Quieres ser mi novio? — dijo con sorpresa en cada palabra.
— Claro que quiero ser tu novio, copo de nieve, es solo que...
— ¡¿Que?! — La joven no controlaba sus nervios, sentía que su sueño se hacía realidad, es verdad que Cedrik la molestaba en el colegio y muchas veces se burlaba de ella, pero él siempre la convencía de que lo hacía solo para estar cerca de ella sin que nadie se burlara de él.
Si tan sólo alguno de los cuentos de princesas que leía de pequeña le hubiera prevenido de que los monstruos también pueden ser atractivos por fuera, quizás su final hubiera sido otro.
— Veo que estás ansiosa por ser mi novia, pero hay un problema, yo no salgo con vírgenes.
Las lágrimas de Amelia caían y le hacían doler la delicada piel de su rostro, del mismo frío que hacía, ese que era un aviso de que no debía estar allí.
— Hey tranquila, no llores, eso es algo que tiene arreglo. — dijo con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
— ¿A qué te refieres?
— Veras… ¿recuerdas el otro día que te lleve a la oficina de mi papá?
— Si, cuando dijiste que me conseguiría trabajo, pero no sucedió.
— ¿Por qué te tienes que quejar de todo?, cuando nos casemos espero que cambie eso en ti.
— ¿Casarnos? — Amalia era tan ingenua que con disimulo se pellizco la mano, para saber si estaba soñando. Sin darse cuenta de que la pesadilla estaba por comenzar.
— Sí, te juro que nos desposaremos, pero antes debes dejar de ser virgen, y se cómo solucionar eso.
— No entiendo Cedrik, habla claro. — El brillo que tenía su amigo en los ojos no le gustaba nada, y estaba nerviosa por la hora, su madre estaba en cama y necesitaba de ella para darle la medicina.
— Ese día que fuimos a la oficina había un hombre con mi padre, ¿lo recuerdas? es el encargado de la universidad a la que iré, si todo sale bien. y él haría todo lo que estuviera a su alcance para que así fuera.
— Recuerdo al hombre, uno gordo y calvo, no me gustó como me miraba, me hacía sentir incómoda. dijo mientras tembló y no era por el frio esta vez.
— Que mal, porque él dijo que me recibirán si tú tienes sexo con él. soltó sin mayor preámbulo, ya tenía todo ideado en su mente retorcida, Amalia no tenía que decidir nada, Cedrik solo se lo estaba informando.
— ¿Que? Eso no, nunca.
— ¿Acaso no me amas?
— Te amo, con todo mi corazón, pero yo no puedo hacer eso. — Y era verdad, por más amor que sintiera por Cedrik ella jamás se entregaría a un hombre que ella no amara.
— Que mal por ti.
Fue lo único que Amelia escuchó, y sintió que su gran amigo y amor platónico la pinchó en el cuello con algo, de inmediato se sintió cansada y aunque no perdió la consciencia no era capaz de decir nada, ni de moverse por sí sola, el joven de 19 años la apoyó en él y la guio a una cabaña cercana al lago, donde no solo estaba el hombre gordo que Amelia recordaba, también estaba el padre de su amigo.
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