
Cuatro Hadas
Chapter 3
Calíope estaba en la cima de la pequeña montaña, que se ubicaba cerca del orfanato, le gustaba este lugar, se sentía en la cumbre del mundo, observando la naturaleza a sus pies, mientras el aire la rodeaba, jugueteaba haciendo bailar las hojas con pequeños remolinos de viento. Además, apartarse de todos algunas veces y pensar, le hacía bien, dejar salir el dolor que la mantenía despierta durante la noche, esos sueños de su vida pasada, que más que sueños era recuerdos, horribles y aterradores, como lo había sido su vida.
Cuando ella era Viviana Campbell.
“Mañana tendría que estar cumpliendo 38 años, si mi vida como Viviana Campbell no se hubiera terminado, sin embargo, hoy estoy cumpliendo 18 años como Calíope Sullivan, me pregunto si ¿mis padres sufrieron por mi partida?, aunque creo que eso sería pedir demasiado, debo ser realista, después de todo cometí el error de casarme tan joven para huir de mi casa, escapar de mi padre”
“Creí que me protegería, que, al ser mi esposo, me amaría y cuidaría. Me gustaría saber si alguna vez me amaste, tanto como yo lo hice, si realmente alguna vez en verdad me amaste”
Calíope, pensaba que realmente había amado a su esposo, Trevor Murphy, un joven irlandés de temperamento violento y voz gruesa, algo que le atrajo, y es que cuando era una joven de 19 años, su padre la estaba golpeando en la calle, por haberse negado a entregar su cuerpo como pago de una deuda que él había adquirido por juegos de azar, fue entonces cuando este hombre de brazos fuertes y cabello tan rojo como el suyo apareció para rescatarla, creyó que era un caballero de brillante armadura, rescatando a la damisela en apuros, ella jamás había visto que alguien se enfrentara a su padre, quien era uno de los más fuertes en el pueblo, conocido por pelear en todas partes, pero así pasó.
Este joven sumamente apuesto le hizo frente al señor Campbell, además de advertirle que no permitiría que nadie lastimase a la joven, unos meses después se casaron, todo parecía ir bien, con altos y bajos como toda pareja, tanto así que ella no vio lo que era realmente Trevor.
Vivieron felices poco más de 1 año, en una pequeña casa atrás de un hostal, donde Trevor era el encargado de aquel lugar, no tenían grandes lujos, pero tampoco le faltaba nada, él hombre de 21 años, era atento con ella, aunque demandante y sumamente celoso, la joven Vivian tenía que estar siempre en su casa y cuando limpiaba el hostal él la vigilaba, todos en el pueblo sabían que ningún hombre podía hablar con ella, a no ser que quisieran ser golpeados por su esposo, ella no se quejaba, después de todo, creía que era algo normal, su padre tampoco le permitía a su madre hablar con otros hombre, por lo que lo aceptó y simplemente se resignó a esa vida, hasta que ella le informo a su esposo que estaba embarazada.
— Es así amor, estoy esperando a nuestro primer bebé, ¿no estás contento? — pregunto con toda la ilusión que tal noticia le podía dar.
— ¿Contento? ¡¿En qué piensas Vivian?! ¿Acaso podrás atenderme como siempre? ¿O tendré que compartirte con ese niño? — la molestia del pelirrojo era palpable, aun así, Vivian no se pudo quedar en silencio… como siempre.
— Pero... ¿de qué hablas?
— ¡Yo te quiero solo para mí!
Trevor no lo tomó nada bien, y lo que había sido un lecho de rosas o casi, se convirtió en el mismo infierno, ingería alcohol casi a diario, y cada vez que ella se sentía mal, o con alguna molestia y no quería tener relaciones sexuales él explotaba, todo empezó con una bofetada, y fue aumentando, a medida que la barriga de ella crecía, también las golpizas lo hacían, en una de las palizas la ilusión de tener un pequeño niño pelirrojo se desvaneció y fue en ese momento que entre gritos de dolor se llenó de valentía y le pidió el divorcio al hombre que creyó amar, en aquel lugar, en la camilla de ese pequeño hospital y bajo la atenta mirada del médico, que no le creía del todo que se hubiera caído por las escaleras, pero que sin embargo solo le quedaba ser espectador ante la negativa de la pelirroja de denunciar a su esposo.
— No puedes dejarme, juraste amarme hasta la muerte y así será. —fue todo lo que Trevor dijo antes de dejarla sola en aquel frio, pero reconfortante hospital.
Una semana después de volver a su hogar el hombre apareció y se quedó, teniendo la excusa de atender el hostal, mientras la misma discusión se repetía durante dos meses.
— ¡Mataste a nuestro bebé! ¡¿cómo pudiste?! — le recriminaba la pelirroja a la vez que insistía con el divorcio.
— ¡Fue tu culpa mujer! Siempre seremos solos los dos, ¡¿lo entiendes?! ¡No tienes a donde volver, tus padres no quieren verte y esta es mi casa, no me iré! Eres mía, hoy y siempre, ¡solo mía!
Ella prefería vivir en la calle antes que seguir con el responsable de la muerte de su hijo nonato a su lado, pero Trevor no pensaba lo mismo, el hombre jamás dejaría que ella se fuera, él había sido el primero en su cama y pensaba ser el último, jamás la dejaría ir.
Trevor salió una mañana cuando encontró a Vivian armando sus maletas, diciendo que iría a arreglar todo para divorciarse, que le dejaría la casa y ella… le creyó, era tan inocente, creía que, si ella no mentía, nadie lo haría. pero cuando él volvió el alcohol se olía desde la habitación, donde Vivian trataba de mantener la calma, ella estaba segura de lo que pasaría, si lo enfrentaba en ese estado, Trevor la golpearía y ya tenía suficiente con el dolor en su corazón, como para soportar el dolor que los golpes del hombre le causarían.
Grande fue su sorpresa cuando su esposo entró en la habitación con rosas, un enorme ramo, jamás había tenido esas atenciones, ni siquiera la primera vez que la golpeo, lloró e imploró su perdón, a tal punto que la joven Vivian pensó que si no lo contradecía nada pasaría, accedió a dormir con él, con la esperanza de escapar en la mañana.
En el momento que estaban haciendo el amor, sus lágrimas caían, ella pensaba que aún lo amaba, ¿cómo no hacerlo? él la salvó de su padre y comenzó a pensar que quizás si le daba otra oportunidad, él pudiera cambiar, si ella le mostraba cuanto lo amaba, pero la muerte de su hijo aún le dolía demasiado.
“Quizás, estaba asustado, el hostal no está dejando muchas ganancias, quizás más adelante, podamos formar una familia y todo estará bien como antes”
Pero tarde se dio cuenta que un monstruo no cambia jamás, en el momento que Trevor vio las lágrimas en su rostro la ira se apoderó de él, y selló el fin de ella.
Este hombre sin corazón, ni alma, jamás pensó que esas lágrimas eran porque su esposa quería volver a lo que eran en un principio, ese anhelo de retroceder el tiempo, de buscar un poco de amor y protección en aquel hombre corpulento, no, él creyó que lloraba porque no quería tener relaciones sexuales con él, y eso era algo que no podía tolerar.
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