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Portada de la novela Zehra. Un nuevo comienzo.

Zehra. Un nuevo comienzo.

Al cumplir dieciocho años, Zehra escapa de una vida marcada por la crueldad de su madrastra y el desinterés paterno. Buscando refugio, llega a la imponente hacienda de Amir Hasad, un poderoso magnate, para cuidar a su hija Hilda. A pesar de la mala fama del puesto, la joven logra conectar con la pequeña mediante su dulzura. Su presencia no solo transformará el hogar, sino que también derretirá el frío corazón de Amir, naciendo entre ellos un amor imprevisto.
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Capítulo 2

Zehra siguió a la señora hasta la sala, donde se encontraba Hilda y el señor Amir. Al verla, la niña no parecía tener más de diez años y podía notar que era bastante inteligente, no dudaba de que ella sabía lo que pretendían las demás niñeras. Pero además de eso, también podía observar que estaba bastante pálida y delgada, sospechó qué tal vez era una niña un poco enfermiza.

¿Cómo Zehra podía saber esto sin conocerla? Bueno, durante los años que estuvo en su casa y con la idea de irse a estudiar, ella había leído libros, aquellos referentes a la carrera que quería estudiar, quería ser docente y esta carrera requería de varios conocimientos.

– Hilda, saluda a Zehra. Ella es tu nueva niñera. – dijo su padre.

– Hola, mi nombre es Hilda Hasad, me alegra mucho conocerte.

– Yo igual Hilda, mi nombre es Zehra Mesut.

– Creo que se llevarán muy bien. – dijo su abuela.

– Zehra ¿Me haces unas trenzas?

– Por supuesto, vamos.

A Zehra le encantaba el cabello de Hilda, era lacio y de un color marrón claro.

La niña la llevó a su habitación y al sentarse en la cama, Zehra empezó a armar sus trenzas.

– ¿Sabes cómo hacer trenzas?

– Sí lo sé, aunque puedo estar un poco olvidada.

– Zehra ¿Eres de aquí?

La niña parecía ser muy conversadora, no parecía ser alguien caprichosa como los rumores decían.

– No, soy de una ciudad lejana.

– ¿Eres de Estambul?

– Sí, soy de ahí.

– ¿Y por qué has venido aquí luego de vivir en una ciudad tan bella?

– ¿Conoces Estambul?

– Fui una vez con mi padre y abuela, tenemos una casa allí.

– Oh qué bueno. Pero dime Hilda, ¿Vas a la escuela?

Trató de cambiar de tema, pues no quería explicarle a la niña porque se había venido aquí, no porque no entendiera, solo qué tal vez el tema le resultará muy lioso.

– Sí, mañana empiezo nuevamente. Hoy no fui porque no me sentía bien.

– ¿Estabas enferma?

– Sí, hoy recién me recuperé.

– Entiendo. ¿Tienes alguna tarea para hacer?

– Sí, pero solo poca cosa.

– ¿Quieres que te ayude luego de traer la merienda?

– Claro, gracias Zehra.

– Bien. – dijo sonriendo. – Ahora déjame terminar tus trenzas y luego podemos jugar a algo, más tarde, haremos la tarea.

– Está bien.

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