Portada de la novela Borré Mi Vida Por Su Engaño

Borré Mi Vida Por Su Engaño

7.9 / 10.0
Franco, un poderoso magnate, sostenía una farsa romántica conmigo mientras me engañaba con Rubí Amaya. Al descubrir su traición y el embarazo de su amante, mi devoción se tornó en absoluta indiferencia. Sin confrontaciones, liquidé sus lujos y eliminé mi huella digital para esfumarme de su vida. Como despedida en nuestro aniversario, le entregué el divorcio y huí a Oaxaca para reiniciar mi camino. Ahora soy un fantasma que él nunca podrá alcanzar.

Borré Mi Vida Por Su Engaño Capítulo 1

Franco, el "magnate que derrite corazones", me puso un collar de diamantes frente a las cámaras en nuestro quinto aniversario.

Todo el mundo decía que yo era la mujer más afortunada, la dueña de un amor de cuento de hadas.

Pero el cuento se rompió cuando sentí el perfume de Rubí Amaya en su camisa.

Esa misma tarde, ella hizo un live presumiendo las escrituras de un parque de diversiones que él le regaló, mientras se burlaba de mi "resort".

Mi teléfono vibró con la estocada final: una foto de una prueba de embarazo positiva y un mensaje de ella diciendo que Franco la amaba en mi propia cama.

Él seguía fingiendo, jurándome amor eterno mientras sus amigos se burlaban de mí a mis espaldas.

No hice un escándalo. No le grité.

Simplemente sentí cómo mi corazón se volvía de piedra. Si él quería jugar a tener dos vidas, yo me encargaría de que no le quedara ninguna.

Contraté a un experto para borrar mi identidad digital y vendí cada joya que me dio.

Dejé una caja de regalo en la mesa y le envié un último mensaje antes de subir al avión.

"Abre tu regalo de aniversario, mi amor".

Cuando encontró los papeles de divorcio y las pruebas de su traición, yo ya era un fantasma empezando de cero en Oaxaca.

Capítulo 1

Victoria POV:

"Quiero que lo borre todo," le dije al hombre de la pantalla. Mi voz sonó extrañamente tranquila, como si estuviera pidiendo un café con leche. "Mi identidad digital. Cada rastro de mí."

El consultor de seguridad en línea me miró fijamente. Su expresión era escéptica, pero vi el brillo del interés en sus ojos. Él manejaba casos de alto perfil. Había visto de todo. Yo no era su primer cliente extravagante.

"Señora Lorente," dijo, su tono profesional pero con un matiz de curiosidad. "Eso es... una solicitud extrema. Significa desaparecer por completo. Sin antecedentes, sin historial crediticio, sin redes sociales. Como si nunca hubiera existido."

Asentí, mis ojos fijos en los suyos. "Exactamente. Quero que me borre."

No había vacilación en mí. No había miedo. Solo una fría determinación que me había sorprendido incluso a mí misma.

"Es un proceso que lleva tiempo," añadió, consultando su tableta. "Al menos dos semanas para asegurar que sea indetectable. ¿Está segura de que quiere esto?"

"Completamente segura," respondí, mi voz ahora un poco más fuerte. Ya había tomado la decisión.

En cuanto salí de su oficina, reservé un boleto de avión de solo ida. Oaxaca. Un lugar donde nadie me buscaría.

En la sala de espera del aeropuerto, las pantallas de televisión parpadeaban con las noticias. Un rostro familiar, el de Franco, sonreía a la cámara. Estaba de pie frente a un complejo turístico de lujo, La Victoria, que había construido en Los Cabos.

La voz melosa de la presentadora de televisión lo describía como el "magnate inmobiliario que derrite corazones." Franco Ferrero, mi esposo. Mi supuesto "esposo perfecto."

"Un regalo de aniversario para su amada Victoria," decía la presentadora, sus ojos brillando de admiración. "Cinco años de matrimonio, y el señor Ferrero nos sigue demostrando que el verdadero amor es eterno."

Una risa amarga escapó de mis labios. Un amor eterno construido sobre cimientos de arena.

La cámara hizo un primer plano del letrero resplandeciente del resort: "La Victoria". Mi nombre. Irónico, ¿no? Franco siempre había sido un maestro de las grandes declaraciones públicas. El hombre que, según el mundo, no podía vivir sin mí.

El público lo idolatraba. Las redes sociales estallaban con comentarios envidiosos. "¡Qué hombre tan romántico!" "¡Victoria es la mujer más afortunada del mundo!" "¡Así se ve el amor verdadero!"

Cerré los ojos, sintiendo el ardor detrás de mis párpados. No eran lágrimas. Era la quemazón de lo que había sido un amor ciego.

Recordé lo que mi abuela solía decir: "Mija, el amor es como una planta. Necesita raíces profundas y un suelo fértil de confianza. Sin eso, por muy hermosa que parezca, se marchitará." Desde niña, había visto a muchas mujeres de mi familia marchitarse por amor. Por eso, siempre fui cautelosa.

Franco, sin embargo, había sido implacable. Durante tres años, me persiguió con una devoción que parecía inquebrantable. Flores diarias, serenatas bajo mi balcón, cenas sorpresa en los restaurantes más exclusivos. Era un asedio romántico.

Una vez, intentando salvar un proyecto de diseño en el que yo creía mucho, se arrojó a un río crecido. Casi se ahoga. "Por ti, Victoria, haría cualquier cosa," me dijo después, con los labios azules y la voz ronca. Mi corazón se ablandó. Su valentía y su pasión me conquistaron.

Me propuso matrimonio siete veces antes de que yo aceptara. Cada vez, mi respuesta era la misma: "Franco, mi corazón es tuyo, pero una traición... eso jamás." Él lo prometió. Con lágrimas en los ojos, juró lealtad.

"Si alguna vez me traicionas," le dije la noche de nuestra boda, mis palabras un susurro en la oscuridad de nuestra suite nupcial, "no habrá vuelta atrás. Mi amor es todo o nada." Él me abrazó con fuerza, prometiendo que nunca, nunca me daría razones para dudar.

Hace tres meses, la verdad se me abalanzó como un animal salvaje. Sus promesas, sus juramentos, todo se desmoronó.

El amor no era un cuento de hadas. Era una transacción. Una ilusión. Una máscara que la gente usaba para ocultar sus verdaderos deseos.

Apagué la televisión, el rostro sonriente de Franco desapareciendo en la oscuridad de la pantalla. Mi mano no tembló al firmar los documentos de separación que había preparado mi abogado.

La noche del aniversario, Franco llegó a casa. El olor a su perfume caro y a algo más, algo dulce y ajeno, lo precedía. Entró con una sonrisa radiante, un ramo de rosas rojas en una mano y una caja de terciopelo en la otra.

"Mi amor," dijo, su voz resonando en el gran salón de nuestra mansión. "Perdóname por la demora. La inauguración fue un caos. Pero todo valió la pena. Es para ti."

Se acercó a mí, sus ojos brillando con lo que parecía ser un amor genuino. Me besó en la frente. Sentí un escalofrío de repulsión. El olor dulce se hizo más fuerte. Lo conocía. Era el perfume de Rubí Amaya.

Abrió la caja de terciopelo. Dentro, resplandecía un collar de diamantes. "La Victoria," susurró, los ojos fijos en mí. "Cada diamante representa un año de nuestro amor. Inquebrantable."

Sentí una naúsea repentina. Me puse de pie.

"Es hermoso, Franco," dije, mi voz plana. Mi corazón, si todavía tenía uno, estaba en silencio total.

Él me tomó la mano, sus dedos cálidos contra los míos, y con un gesto dramático, me colocó el collar alrededor del cuello. "Nunca te lo quites, Victoria. Es un recordatorio de nuestro amor eterno."

Me miré en el espejo, el collar brillando fríamente sobre mi piel. Me sentí como una marioneta. Una exhibición.

"Tengo un regalo para ti también," le dije, mi voz apenas un susurro. Extendí una pequeña caja envuelta en papel brillante.

Franco la tomó, su sonrisa aún radiante. "Oh, mi Victoria. Siempre tan considerada."

"No lo abras ahora," le advertí, mi mirada fija en sus ojos. "Ábrelo en dos semanas. En la noche de nuestra verdadera celebración de aniversario."

Él me guiñó un ojo. "Lo que mi reina desee. Lo guardaré con este recordatorio." Sacó su teléfono y puso un recordatorio en su calendario.

Lo vi irse a su oficina. Me quedé sola en el salón, el collar frío sobre mi piel. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. Que se preparara. La "sorpresa" sería inolvidable.

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