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Portada de la novela ¿Y tú quién eres?

¿Y tú quién eres?

El codiciado Jairo Beltrán vuelve a Miami para asumir el mando del imperio corporativo familiar, pero su camino se cruza con el de Corina Reina. Esta atractiva madre soltera, heredera del antiguo socio de la firma, irrumpe en la ciudad dispuesta a exigir su posición en la empresa. Sin embargo, Corina no solo busca poder profesional; llega rodeada de misterios y objetivos ocultos que prometen desestabilizar la vida de Jairo y el destino de la compañía.
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Capítulo 2

Ignorar a mi abuelo era lo último que quería, pero esta novedad me supera.

Llego al estacionamiento de la empresa y me dirijo hacia mi preciado auto. Un Audi RS5 Coupé 2017, en rojo.

Entro, cierro la puerta y tras arrancar el motor, salgo derrapando como si huyera de la policía. En realidad, estoy huyendo de mi propia ira.

Giro el volante y me incorporo a la calle que da a la entrada de la empresa. Me detengo frente al semáforo y hago sonar la emisora de la radio. La canción de Daddy Yankee; "Que tire pa' lante", resuena en los altavoces. Y mi ira va disminuyendo. Coloco mis gafas de sol y abro mi ventanilla.

Canturreando la canción, el semáforo cambia de color y sigo a los autos delanteros... Piso el freno a fondo, cuando veo a alguien cruzar frente a un auto que circula delante...

Suena la bocina...

— ¡Gilipollas! ¡¿Soy invisible o qué?!

Reconozco esa voz de inmediato, y no puedo evitar sonreír ante el insulto que había gritado. No me sorprende que esa joven tenga que llamar la atención en plena avenida. Sacudo la cabeza. ¡Está bien loca!

Bajo el volumen de la radio, el auto pasa de largo. Agita su mano al verme y me detengo a su lado. Ante su insistencia, bajo la ventanilla del copiloto.

—Jairo... —Jadea mirándome por la ventana. —. Qué bueno que te veo... ¿me podrías llevar a un sitio urgente?

Bajo mis gafas a la punta de la nariz, alzo las cejas y la miro por encima de las lentes oscuras.

—Es que no encuentro un taxi.

—Y me viste cara de taxista ¿no?

Dejo el énfasis en mi tono. Sonríe con nerviosismo y añade;

—¿Y si te lo pido por favor? -insiste ella -. Voy a llegar tardísimo.

¿Ahora no es tan arrogante como para decir por favor? Ja. Esto cambia el panorama. Mi humor vuelve en sí. Sonrío, divertido:

—Ese no es mi problema...

—Por lo visto no te ha sentado muy bien la asociación ¿verdad?

Los autos comienzan a tocar su bocina escandalosamente, lo que me impidió responder. Observo el caos por el espejo retrovisor. Se formó tráfico en la avenida, por culpa de Corina...

—Espero que se te pase el coraje, prontito ¿Sabes? Te recomiendo que escuches la música. Amansa a las fieras.

—Lo dices por experiencia ¿no?

Me fulmina y tras mandar a los demás conductores a la mierda, y de paso a mí, se aleja del auto. Camina por la acera con sus pasos rápidos y furiosos mientras intenta parar algún taxi o alguien que se preste a llevarla.

Los autos me adelantan, entre insultos. Avanzo, despacio acercándome a la acera. Me mantuve cerca, oyendo cómo peleaba en su llamada al móvil. Oigo un hombre joven, lanzar un piropo, desagradable. ¡Joder! Ahora me siento mal por ella.

—¡Anda sube al carro!

Ahogó un grito, sobresaltada.

Giró la vista hacia la ventana. Es evidente que no me esperaba tan cerca y mucho menos que estuviera como un acosador. Me vuelve a fulminar con la mirada:

—¡Ni hablar! Yo pido por favor una vez ¡Una sola vez!

Su acento me hace gracia. A decir verdad, las personas que pasaban por su lado la miraban recelosos como si estuvieran viendo una loca.

Sonrío;

—Anda, mujer. ¿No andabas apurada por ir algún sitio?

Se detiene en seco, como si hubiese recordado algo. Freno y me mantengo a su lado.

—Sube antes de que me arrepienta...

Duda un poco. Medita si debe dar su brazo a torcer o no.

—Contaré hasta tres... Si nos has subido me iré y te irás andando -le advierto pisando el acelerador, con chulería. —... Uno

Mira hacia un lado.

—... Dos.

Voltea a ver su reloj. Hace un gesto con la barbilla en alto, abre y toma asiento a mi lado cerrando la puerta.

—Quiero que sepas que acepto tu aventón solo porque llego tarde.

—¿Aventón?

Me incorporé al carril y veo de reojo colocarse el cinturón de seguridad.

—Sí. Quiero decir que acepto que me lleves a donde tengo que ir... Te dejo la ubicación... Y acelera un poco más...

Frunzo el ceño, interrogante. Ella introduce la dirección en el GPS de mi auto, con toda confianza.

—Cómo mola. Tu coche es una pasada.

Sonrío. Ahora parece más humana que hace un rato cuando se presentó en la empresa. Se ve ansiosa y muy nerviosa...

—Ya está. Ahí tienes la ubicación.

Una voz robótica comienza a dar indicaciones sobre la ruta. Primero hacia la derecha, después todo recto.

—Por tu acento diría que eres ¿de España?

—Mi papá era alemán y mi mamá es española. Y aunque nací en Alemania me crié en España... Así que sí, me considero española.

La miro alucinado, porque me ha contado un poco sobre ella sin arrogancia. Su móvil suena y responde;

—¡Eres un idiota! ... ¡Cómo no me avisas antes! ... ¡Y si me hubiese tardado un siglo qué! ... ¡Claro, como debe ser! ... ¡Además te ofreciste a llevarlo y a recogerlo! ... ¡No! No. No. ¡Lo tuyo es tocar las narices y llevarme la contraria! ...

Cuando cuelga la llamada no puedo creer todo lo que ha soltado por la boca, en los insultos de despedida. Insultos que ni sabía que existían. La oigo suspirar.

— ¿Problemas? —quise saber.

—No.

Alzo las cejas. ¿Ha vuelto a cerrarse como una ostra?

—Por favor, Jairo. ¿Puedes ir más rápido?

—¿Quieres que me salte los semáforos?

No responde e intuyo que, la respuesta sea un "¡sí!" en su mente.

Mueve sus manos nerviosas, tal vez, angustiada. ¿Qué le ocurre?

—Oye, Corina... Si ocurre algo dímelo y si...

—Ahí... -me interrumpe —Es ahí. Aparca ahí...

Señala hacia una fachada de una guardería. Detengo el auto junto a la acera. Sin más preámbulo ella sale y corre hacia la entrada de la guardería. Detengo el motor y la sigo, curioso.

Una señora sale con un bebé sonriente en los brazos. Se lo entrega a Corina. Ésta lo estrecha en sus brazos llenando su mejilla de besos. Sus ojitos verdes manantial, me miran sobre el hombro de Corina.

—Siento llegar tarde, de verdad. Creí que venía Eric a recogerlo.

La mujer sonríe y le quita importancia.

—Para ser su primer día se ha portado muy bien. Su niño nos tiene embobadas.

Quedo boquiabierto. ¿Es su hijo? A leguas se ve que es una mujer hermosa, no me ha de extrañar que esté casada, pero sí es muy joven para tener una familia con hijo...

Lo admito, es decepción lo que estoy sintiendo en este momento.

—Sí, mi niño es un campeón ¿verdad mi amor?

Su tono es tierna y amorosa. No lo hubiera creído si no lo estuviera viendo con mis propios ojos. Y eso que entró esta mañana con esa actitud altanera. ¿Quién lo habría imaginado? Yo no.

La mujer le entrega un bolso y el cochecito... Antes de ofrecerle ayuda, Corina me entrega al bebé.

Como puedo lo sujeto con sumo cuidado en mis brazos junto a mi pecho. ¡Dios, yo no estoy acostumbrado a esto!

El pequeño, rodea mi cuello con sus bracitos y planta un sonoro beso en mi mejilla. Sonrío sin poderlo evitar, a diferencia de la mamá, él es cariñoso.

—Y parece que también extrañó a su papá...

—Paaa-paa...

El bebé repite la última palabra de la mujer. Corina nos ve y sonríe, pero no dice nada al respecto para aclarar el mal entendido.

—Gracias, hasta mañana señora.

Se despide y se acerca cargada con las cosas hacia el maletero del auto. La ayudo a guardar todo, como puedo, aún con el bebé en brazos.

—Así que... ¿Eres la mamá de este hermoso pequeño?

—¿Hermoso? No. Mi niño es lo más bonito, príncipe de mi casa—Canturrea ella. El pequeño movía sus manitas, dando palmadas de alegría. —... Olé, olé y olé...

Se ríe y carga a su pequeño. Acto seguido, entra en la parte trasera del auto. Yo me coloco en mi asiento.

Maldita sea. Ahora no sé cómo debo dirigirme a ella. Como toda madre, muestra devoción por su pequeño. Y el problema es que, me gusta.

—¿Dónde la llevo ahora, señora?

—Oh, por favor deja el formalismo que me hace sentir incómoda... Somos muy jóvenes para eso ¿O no?

Encuentro su mirada en el espejo.

—Es costumbre, Corina ¿A dónde os llevo?

—A mi casa, Jairo.

Alzo las cejas.

—¿No se molestará su marido si llega con otro hombre?

Suelta una risita y tras besar a su niño, responde:

—Jairo, soy una mamá soltera y sin compromiso.

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