
Venganza de un Amor Perdido
Capítulo 2
El aire en mi estudio de diseño se sentía pesado, cargado con el olor a tela nueva y sueños a punto de hacerse realidad. Estaba terminando los últimos detalles de un vestido, una creación que sentía como la culminación de años de trabajo. Afuera, la Ciudad de México zumbaba con su ritmo habitual, pero en mi mente solo había una cosa: mi boda con Ricardo Sánchez. Cuatro años juntos. Cuatro años en los que creí haber encontrado al amor de mi vida.
Mi teléfono vibró sobre la mesa de corte, pero lo ignoré. Quería terminar esto, sorprender a Ricardo con la noticia de que mi nueva colección había sido aceptada por una boutique de prestigio.
Justo cuando estaba por guardar todo, la puerta del estudio se abrió. No era Ricardo. Era mi mensajero, con un paquete que no esperaba.
"Señorita Rojas, esto lo dejaron para usted en la recepción. Parece importante."
Lo tomé, extrañada. Dentro había un sobre sin remitente. Y dentro del sobre, una memoria USB. Sentí una extraña punzada de ansiedad mientras la conectaba a mi laptop.
Solo había un archivo de audio. Le di play.
La voz de Ricardo llenó el silencio. No era el tono cálido y amoroso que usaba conmigo. Era frío, calculador.
"...no te preocupes, Camila. Todo va según el plan. Sofía no sospecha nada. Cree que estoy loco por ella."
Mi respiración se atoró en mi garganta.
Luego, la voz de mi hermana menor, Camila. Dulce, casi infantil, pero con un matiz que ahora sonaba venenoso.
"¿Estás seguro, Ricky? A veces siento que te estás encariñando de verdad con ella. Llevan cuatro años."
La risa de Ricardo fue cruel.
"¿Cariño? Por favor, Camila. Esto siempre ha sido por ti, por nosotros. Necesitaba estar cerca de tu familia, ganarme a tu padre. Sofía solo fue el puente, la tonta útil. Una vez que te cases con Diego Vargas y asegures la fortuna, tu padre no podrá negarnos nada. Podremos estar juntos sin escondernos y con todo el dinero que merecemos."
Mi mundo se hizo pedazos. Cada palabra era un golpe. El hombre que amaba, mi prometido, me había usado. Y mi propia hermana, la dulce e inocente Camila, era su cómplice.
"Pero... ¿y si ella se entera?", susurró Camila.
"No lo hará. Es tan ingenua. Cree en los cuentos de hadas. Además, si se entera, ¿qué puede hacer? Papá nunca le cree, siempre te prefiere a ti. Tu mamá la detesta. Está sola, Camila. Siempre ha estado sola."
El audio terminó. El silencio que quedó era más ruidoso que cualquier grito.
Me quedé mirando la pantalla, el cursor parpadeando. El vestido a medio terminar parecía una burla. Mis manos temblaban. No era tristeza lo que sentía. Era un frío glacial, una rabia tan profunda que me dejó sin aliento.
Cuatro años. Una mentira.
Mi teléfono volvió a vibrar. Era Ricardo.
"Amor, ¿dónde estás? Te extraño."
Miré el mensaje y una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro. La Sofía ingenua había muerto en los últimos cinco minutos.
En su lugar, nació una mujer con un solo propósito.
Venganza.
Dijeron que quería a Diego Vargas. Que su matrimonio con él era la clave de su plan.
Pues bien.
Abrí mi laptop de nuevo. Busqué en internet: "Diego Vargas, Director General de Grupo V". Aparecieron cientos de artículos. Un hombre poderoso, enigmático, influyente. El prometido arreglado de mi hermana.
Busqué su contacto. No fue fácil, pero a través de una red de contactos de la industria de la moda, conseguí un número. El de su asistente personal.
No dudé. No sentí miedo. Solo una certeza helada.
Le escribí un mensaje.
"Señor Vargas, soy Sofía Rojas. Tengo información sobre su compromiso con mi hermana que creo que le interesará discutir. Propongo un nuevo acuerdo. Un acuerdo que nos beneficiará a ambos."
Presioné enviar.
El teléfono sonó de nuevo. Ricardo.
Esta vez contesté, mi voz sorprendentemente calmada.
"Hola, amor."
"Sofía, ¿dónde estabas? No contestabas. ¿Estás bien?"
Su preocupación sonaba tan falsa ahora. Tan ensayada.
"Estoy bien, Ricardo. Solo... estaba pensando. En nosotros. En nuestro futuro."
Hubo una pausa.
"Me encanta cuando piensas en nuestro futuro", dijo él, con esa voz seductora que antes me derretía. Ahora, me revolvía el estómago. "De hecho, te llamaba por eso. Mi amor, ¿qué te parece si esta noche vamos a cenar a casa de tus padres? Camila estará allí. Sé que a veces las cosas son un poco tensas, pero quiero que todos seamos una familia feliz."
Una familia feliz. La ironía era tan brutal que casi me reí.
"Claro, Ricardo. Me parece una idea maravillosa."
Colgué el teléfono. Miré por la ventana. La noche estaba cayendo sobre la ciudad.
Decidí que jugaría su juego. Por ahora. Vería hasta dónde llegaba su descaro, su teatro. Fingiría que no sabía nada.
Antes de irme, pasé por un lugar. El cementerio.
Hoy era el aniversario de la muerte de mi madre. La verdadera Señora Rojas.
Dejé un ramo de flores blancas sobre su tumba.
"Mamá", susurré al viento. "Me siento tan sola. Pero te juro que no me van a destruir. Voy a ser fuerte. Por ti y por mí."
Mientras estaba allí, mi teléfono vibró. Una notificación de Instagram.
Era una foto de Camila.
Estaba en una joyería, sonriendo radiantemente. En su muñeca, un brazalete de diamantes que yo había visto en una revista y le había dicho a Ricardo cuánto me gustaba.
El pie de foto decía: "Gracias por el regalo adelantado, mi amor secreto. Eres el mejor. ❤️"
La foto estaba etiquetada en la misma joyería de la que Ricardo me había hablado la semana pasada, diciendo que iría a buscar mi anillo de compromiso.
Sentí la rabia subir por mi garganta como bilis.
No era solo una traición. Era un desprecio absoluto. Se estaban burlando de mí.
Mi teléfono sonó de nuevo. Ricardo.
Rechacé la llamada.
Luego, lo bloqueé.
Se acabó el juego. La guerra acababa de empezar.
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