Portada de la novela Confidencias de una... prostituta

Confidencias de una... prostituta

8.8 / 10.0
En Confidencias de una... prostituta, una trabajadora sexual revela crónicas reales de placer y traición. Esta modern novel explora secretos de empresarios y taxistas en un relato crudo y cautivador. Lee esta romance novel y descubre historias impactantes en nuestra web novel.
Resumen de Confidencias de una... prostituta
Una mujer dedicada al trabajo sexual comparte las crónicas acumuladas en su oficio, desvelando las vivencias de sus compañeras y las confesiones de clientes que buscan desahogo. Sus relatos presentan a una novia tentada por el mejor amigo de su prometido, un hombre de negocios que renuncia a todo por una pasión nueva y un taxista consumido por una obsesión carnal. Estas historias ofrecen una visión íntima sobre los complejos secretos del deseo humano.
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Confidencias de una... prostituta Capítulo 1

Hola mis queridos lectores, cachondones y conocedores del placer supremo de esa bella actividad que es el goce íntimo, sexual y pasional, del que todos queremos lo más que se pueda obtener y sin límite de goce.

Y se los digo yo que me siento muy efectiva para ello. Y que digo efectiva, soy la mejor que se puedan imaginar en la cama.

Se preguntarán ¿Quién es esta vieja que nos habla de esa manera? Bueno pues déjenme decirles que me llamo Emma Mado Duro, y en el nombre llevo la fama, pero además de apodo me dicen el “saludo”, ya que no se lo niego a nadie.

Ya en serio, soy sexoservidora, bueno prostituta, piruja o ramera, como ustedes quieran llamarme, aunque la gran mayoría me dice puta.

La neta no me importa, ya que en el “talón”, en el trabajo para que me entiendan, una aprende a soportar a todo tipo de gente, con los apodos que nos ponen, algunos cariñosos y otros ofensivos, aunque, siempre, tratando de hacerse los graciosos.

Es común que los clientes que buscan nuestros servicios, nos llamen “cariñosas” para que no se oiga tan gacho decirnos de otra manera, sólo que, las rucas que se autoproclaman “decentes”, y que nos juzgan sin conocernos, nos llaman con todo su cándido pudor, educación y decencia: "Pinches putas", mostrándonos ese abierto desprecio que sienten ante nosotras.

No pretendo disculpar la vida que llevo, ya que me vale madres lo que piensen de mí, “parcho” porque me gusta y además me sirve para ganar dinero, no que hay mujeres, que toda su pinche vida se la pasan abriendo las piernas y no gozan ni un orgasmo y lo peor de todo es que, aunque ellas crean que por estar casadas no son putas, como yo, la están regando ya que, se vendieron por un papel que no sirve ni para limpiarse las nalgas, ya que raspa cuando una lo utiliza.

Claro que, entre las pirujas, las que cobramos, hay de todo como en todas las profesiones y oficios, hay unas que saben muy bien lo que hacen y al cobrar brindan un buen trabajo a conciencia, a un hombre necesitado.

También hay otras que sólo piensan en joder al cliente y no se tientan el corazón para matarlo si es necesario, lo bueno de todo esto es que no somos la mayoría las que pensamos así, por eso es que a pesar de todo lo que nos rodea, los clientes siguen buscándonos y pagando lo que cobramos por hacerles una “talacha” completa, algo que no encuentran en sus “hogares”

Cuando me invitaron para que escribie¬ra mis vivencias para esta novela, estuve tentada a negarme, no es fácil hablar de lo que una tiene que vivir día con día, o mejor dicho, noche con noche y de colchón en colchón en donde tenemos que sudar las nalgas para ganarnos el pan nuestro de cada día.

Sólo que, me alentó el hecho de pensar que, por medio de estas páginas, ustedes cono¬cerían la mera neta del asunto. Así que aquí estoy yo para decírselas a lo mero pelón, aunque estoy segura que no a muchos les gustara que se las recuerde, y no me refiero a su sacrosanta, sino a la verdad, por qué a muchos de los que estarán leyendo esto me los he encontrado en algún cuarto de hotel.

A muchos entrando a otros saliendo, y no faltan los que me he encontrado en la calle buscando mujer para pasar la noche, regateando como si la mercancía que está a la venta fuera de tianguis, en fin, así es esto.

Bueno, dejemos las mamadas para otra ocasión, así que vamos a ponerle Jorge al chamaco y comenzaré por contarles una historia que me tocó vivir hace algunos años, cuando trabajé en uno de los muchos cabarets de barria¬da.

Cuando aún se encontraban en pleno apogeo y los clientes se peleaban por nosotras, ya fuera para sacarnos a bailar, o para invitarnos a su mesa a beber y a platicar, sin dejar a un lado los que pretendían seducirnos para que les diéramos cachuchazo o para que les hiciéramos un buen descuento.

La noche estaba floja, es decir, no había mucha clientela y el lugar estaba medio vacío, por lo que otras compañeras, al igual que yo, ocupábamos las mesas en espera de que llegara el “bueno”, así le decimos al cliente que trae lo suficiente para pagarnos unas copas, unos bailes y luego un rico y sabroso acostón.

Me encontraba en la mesa bebiendo una cuba que había pedido para hacer tiempo, cuando de pronto, una de las “nuevas”, se acercó a la mesa y se sentó, traía un vaso en la mano y se veía medio tristona.

Por algunos minutos nos estuvimos ahí, bebiendo en silencio, viendo que la clientela no llegaba, la noche prometía ser “mala”, esto es, que no sacaríamos ni para la comida del día, en fin, son cosas que pasan siempre.

—Oye… ¿tú eres Emma? —me dijo de pronto ella.

—Sí, Emma Mado Duro, para servirte —le respondí sonriendo.

—Me han dicho las muchachas que eres muy buena cuatita

—Hago lo que se puede, en este negocio si no nos cuidados nosotras ¿quién nos va a cuidad cuando necesitemos un paro?

—En eso sí, tienes razón… nunca se sabe.

—¿Y tú, qué onda? Te veo deprimida, pasa algo.

—Los recuerdos que llegan de pronto, ya sabes cómo es esto.

—Sí, no hay nada peor que estarse acordando de coas que quisiéramos olvidar para siempre, o que tal vez no las hubiéramos vivido.

—Eso sí, aunque también al recordarlas nos damos cuenta de todo lo que pudimos hacer y no lo hicimos por imbéciles.

—No te amargues con eso, después de todo, ya lo hicimos, ya lo vivimos y ya nos jodimos, o ya lo disfrutamos y a tragar camote que no hay de otra.

—Tienes razón, como dicen por ahí, “lo bailado, quién nos lo quita”, total que de una o de otra manera estamos jodidas.

—¿Y qué es lo que tanto te atraganta? —le pregunté viéndola a los ojos— bueno, si tienes granas de hablar del asunto.

—Pues sí, tengo muchas ganas de sacar esto que se me atora en la garganta y que a nadie se lo he contado antes…

—Bueno, pues suéltalo… no vaya a ser que termine por ahogarte

—De acuerdo… ahí va…

—Han pasado casi tres años, y aún recuerdo perfectamente cada detalle del día que vino a nuestra casa un buen amigo de mi ex novio Enrique, que se llamaba Marcos.

Se presentó casi de repente, pues sin haber avisado nos llamó desde el aeropuerto que ya había llegado —comenzó diciendo ella y yo le di un trago a mi bebida para escucharla con toda atención.

—Resulta que ambos habían estudiado juntos en la universidad y hacía más de 3 años que no se veían. Según me contó Quique, eran dos grandes amigos que vivieron muchas cosas juntos.

Fuimos a buscarlo al aeropuerto y cuando Quique, me señaló quien era al momento en que bajaba la escalerilla del avión, me quedé estupefacta.

Era un muchacho no muy alto, muy atractivo, moreno de piel, con barba muy corta y cuidada, pelo castaño claro, con un cuerpo bien formado y muy musculoso, unos ojos negros muy penetrantes y unos labios que pedían ser devorados.

Llevaba unas gafas de sol y vestía una camiseta blanca y unos vaqueros ajustados que remarcaban un hermoso "paquete".

—Vaya… sí que te fijaste bien en él —le dije sonriendo

—Claro que lo hice, bueno, al acercarse, pude notar de inmediato, que me sentía muy atraída por él. Era un hombre tal y como a mí me gustan.

Cuando estuvo a nuestro lado, se quitó las gafas de sol y me dedicó una linda sonrisa. No pude evitar un estremecimiento por todo mi cuerpo y como, los latidos de mi corazón se aceleraban. Que tonta, nunca me había pasado nada parecido con solo mirar a un hombre.

—Hola, mi hermano, ¿cómo te va? —le dijo Quique mientras se daban un fraternal y sincero abrazo, que le fue correspondido.

—Pos ahí vamos, no me puedo quejar —contestó Marcos, con una voz ronca que me resultó muy varonil.

Después Roberto nos presentó, nos dimos dos besos en las mejillas a manera de saludo y mi piel se puso de gallina, noté como un chispazo entre mis piernas.

Le sonreí y él me guiñó un ojo. Yo llevaba un vestido corto que enseñaba mis piernas y mi escote y él no dejó de observar toda mi anatomía. Me escaneó de pies a cabeza

Llegamos los tres a la casa, nos pegamos todos un buen baño, por separado, claro, pues el día era muy caluroso, decidimos ponernos cómodos y me vestí con una camiseta fina de tirantes, sin sostén y un pantalón gris de algodón que utilizo para

hacer gimnasia muy ajustado, de esos que se adaptan al cuerpo.

Marcos bajó con una camiseta sin mangas y un pantalón de deporte corto. Tenía un cuerpo magnífico muy musculoso y todo el cuerpo lleno de vello rubio, estaba buenísimo.

Cuando nos vimos nos observamos de arriba a abajo, los dos nos gustábamos mutuamente y lo notábamos, no sé si Quique, se dio cuenta, pero no nos quitábamos

ojo de encima.

Durante toda la velada nuestras miradas se cruzaban y observábamos nuestros cuerpos, los dos nos íbamos excitando más y más. Los dos empezaron a contarse sus aventuras durante un buen rato, pues como decía no se veían desde hacía mucho tiempo, hablaron de todo un poco, incluso de sus muchas aventuras con mujeres. Preparé unos bocadillos y unas cervezas y charlamos hasta bien entrada la noche. Su conversación era muy divertida, ya que era muy simpático, además no se hacían aburridas sus historias de estudiantes tal y como él las contaba.

Preparé una cena sencilla y mientras Quique, ponía la mesa, Marcos, se acercó a la cocina para "ayudarme".

—¿Sabes que eres una mujer impresionante? —me dijo al oído a lo derecho.

Me quedé un poco extrañada por su descaro, aunque tampoco le di demasiada importancia, pues me gusta que me digan cosas bonitas, sobre todo viniendo de un

hombre tan atractivo como aquel.

—Gracias —contesté con cierto rubor.

—En serio, eres una mujer preciosa, me encantas. — volvió a decirme cuando me

agarraba por la cintura.

Aquello se estaba convirtiendo en un problema y tuve que cortarlo de inmediato.

—Anda, ayúdame a llevar estos platos al comedor. —le dije para evitar problemas.

Cenamos los tres, entre bromas y charlas sobre sus aventuras en la universidad.

A las doce de la noche nos fuimos a dormir.

Recuerdo como esa noche Quique y yo cogimos como pocas veces, ya que yo me había excitado mucho durante todo el día.

Me sentía extraña, como si me hubieran lavado el cerebro, estaba plena y totalmente "enverijada" de Marcos.

El día siguiente era domingo y nos dedicamos a enseñarle a Marcos toda la ciudad y sus alrededores. Fuimos viendo la parte antigua y después las zonas más turísticas.

Como Marcos es fotógrafo profesional y trabaja para una agencia de publicidad no paró de hacer fotografías de todo.

Después nos fuimos a comer a un restaurante muy acogedor.

La tarde la dedicamos a visitar algún museo y a ver escaparates por la ciudad.

Por la noche, después de cenar, salimos a tomar unas copas por la zona de ambiente y llegamos a casa sobre las dos de la madrugada.

No podía evitar mirar a Marcos cada vez que me era posible, acariciando con los ojos todo lo que tenía frente a mí, me encantaba todo de él, sus movimientos, su forma de hablar, su espontaneidad y desde luego su impresionante físico.

Esa noche Quique y yo volvimos a hacer el amor como si no hubiera un mañana, cogimos como pocas veces, pues Marcos me encantaba y había conseguido que me pusiera algo mojadita en más de una ocasión con sus miradas o sus gestos hacia mí.

A la mañana siguiente yo me estaba bañando, cuando noté que alguien me espiaba

detrás de la mampara de la ducha, cuando salí toda confiada creyendo que se trataba de Quique, me quedé de piedra al ver a Marcos.

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Tabla de contenidos de Confidencias de una... prostituta

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