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Portada de la novela Una Fortuna, Un Futuro Nuevo

Una Fortuna, Un Futuro Nuevo

Tras despertar entre los reproches de su suegra, la protagonista comprende que ha regresado al pasado, justo el día en que su vida se desmoronó. En su vida anterior, terminó cinco años en prisión por un robo que cometió Doña Carmen, mientras Jorge, su marido, la traicionaba para proteger a su madre. Armada con sus recuerdos y el deseo de justicia, esta vez no aceptará culpas ajenas. Su plan es rotundo: no volverá a la cárcel por ellos.
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Capítulo 2

Ximena se despertó con el sonido de la televisión a todo volumen desde la sala, un murmullo constante de un programa matutino que siempre le había parecido insoportable, pero el ruido que realmente la sacó del sueño fue la voz aguda y quejumbrosa de su suegra, Doña Carmen.

"¡Ya te dije, Jorge, que esa leche no me gusta! Sabe a cartón, ¿qué no entiendes? Quiero de la otra, la de la caja roja."

Ximena se quedó quieta en la cama, con los ojos abiertos de par en par, mirando el techo agrietado de su habitación, el corazón le latía con una fuerza descontrolada, no por la discusión mañanera, que era tan común como el amanecer, sino por la abrumadora sensación de familiaridad.

Este día, esta discusión, esta luz que entraba por la ventana, ya lo había vivido.

No, no podía ser, se dijo, cerrando los ojos con fuerza, intentando alejar el pánico que le subía por la garganta, era solo un mal sueño, una pesadilla recurrente producto del infierno que había vivido, pero al abrirlos de nuevo, todo seguía igual, el calendario en la pared marcaba la misma fecha fatídica, el día en que su vida se había derrumbado.

"Estoy de vuelta", susurró para sí misma, y el terror inicial fue reemplazado por una calma fría y cortante, "estoy de vuelta".

Lentamente, se levantó de la cama, sus movimientos eran deliberados, calculados, ya no era la misma Ximena ingenua que se había levantado esa mañana en su vida anterior, la prisión y la traición la habían forjado en algo más duro, algo más afilado.

Bajó las escaleras y entró en la cocina, donde la escena era exactamente como la recordaba, Jorge, su esposo, intentaba calmar a su madre con una paciencia que a Ximena ahora le parecía patética.

"Mamá, por favor, es la misma leche de siempre", le decía Jorge, con el cartón en la mano.

"¡No me mientas! Quieres envenenarme, seguro fue idea de esta", dijo Doña Carmen, señalando a Ximena con un dedo acusador en cuanto la vio entrar.

En su vida pasada, Ximena se habría defendido, habría discutido, habría intentado razonar con una mujer que no conocía la razón, el resultado habría sido una pelea a gritos que la dejaría agotada y frustrada antes de las nueve de la mañana.

Pero esta vez, Ximena simplemente sonrió, una sonrisa pequeña y vacía.

"Tiene razón, suegra, a mí tampoco me gusta esa leche", dijo con una voz suave, "Jorge, ve a comprarle la que le gusta a tu mamá, no quiero que empiece el día de mal humor".

Jorge y Doña Carmen la miraron, completamente desconcertados, el cambio en su actitud los descolocó, esperaban una pelea, no una rendición tan rápida.

"¿Ves? Hasta ella me da la razón", dijo Doña Carmen, triunfante, aunque todavía con un dejo de sospecha en la mirada.

Jorge, aliviado por evitar la confrontación, tomó las llaves del coche sin decir una palabra más y salió de la casa, Ximena se sirvió un café, ignorando deliberadamente a su suegra, que ahora la observaba con curiosidad, como a un animal extraño.

Minutos después, mientras Ximena bebía su café en silencio, sonó el timbre, Doña Carmen se sobresaltó, como si la hubieran atrapado haciendo algo malo, una reacción que Ximena conocía muy bien.

"Yo abro", dijo Ximena, levantándose con calma.

En la puerta estaba la vecina de al lado, Doña Elvira, una mujer de unos sesenta años con cara de perpetua preocupación.

"Ximena, qué pena molestarte tan temprano", dijo la vecina, apenada, "pero, ¿de casualidad no has visto mi maceta de geranios? La que tenía junto a la puerta, era un regalo de mi hija".

Detrás de Ximena, Doña Carmen se asomó.

"¡Ay, Elvira! Con los vientos de anoche, seguro se voló", dijo con una naturalidad pasmosa, "estos chamacos de ahora no saben ni amarrar las cosas".

Ximena miró a su suegra, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió ira, sino una especie de lástima fría, la mujer era una autómata de la mentira, una esclava de su propia compulsión.

"No se preocupe, Doña Elvira", intervino Ximena, con la misma voz calmada, "si la vemos, se la devolvemos de inmediato".

La vecina se fue, no muy convencida, Ximena cerró la puerta y se giró para enfrentar a su suegra, la maceta de geranios, la reconoció al instante, estaba escondida detrás de un sillón en la sala, apenas visible.

"¿Por qué hace eso?", preguntó Ximena, no como una acusación, sino como una pregunta genuina, una curiosidad casi clínica.

"¿Hacer qué?", respondió Doña Carmen, haciéndose la ofendida, "¿ahora también me vas a acusar a mí? ¡Igual que tu familia de muertos de hambre, siempre viendo moros con tranchete!".

En ese momento regresó Jorge, con el cartón de leche de la caja roja en la mano.

"¿Qué pasa ahora?", preguntó, cansado.

"¡Tu mujer, que me está acusando de ratera!", chilló Doña Carmen, corriendo a refugiarse en el papel de víctima, "¡solo porque le hablé con amabilidad a la vecina!".

Jorge miró a Ximena con reproche.

"Ximena, por favor, ya empezamos, mi mamá no haría algo así".

Ximena lo miró fijamente, al hombre por el que había ido a la cárcel, al hombre que la había abandonado sin mirar atrás, vio su debilidad, su cobardía, la facilidad con la que su madre lo manipulaba como a un títere.

En su vida anterior, habría llorado de impotencia, esta vez, Ximena solo asintió lentamente.

"Tienes razón, Jorge", dijo, y su voz sonó hueca, "tu mamá no haría algo así, fue un malentendido".

Se dio la vuelta y subió a su habitación, dejando a madre e hijo en la cocina, Doña Carmen con una sonrisa de victoria y Jorge con la expresión de alguien que cree haber restaurado la paz, sin saber que la guerra apenas comenzaba.

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