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Portada de la novela Una Fortuna, Un Futuro Nuevo

Una Fortuna, Un Futuro Nuevo

Tras despertar entre los reproches de su suegra, la protagonista comprende que ha regresado al pasado, justo el día en que su vida se desmoronó. En su vida anterior, terminó cinco años en prisión por un robo que cometió Doña Carmen, mientras Jorge, su marido, la traicionaba para proteger a su madre. Armada con sus recuerdos y el deseo de justicia, esta vez no aceptará culpas ajenas. Su plan es rotundo: no volverá a la cárcel por ellos.
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Capítulo 3

Encerrada en su habitación, Ximena se sentó en el borde de la cama, los recuerdos de su vida anterior la golpearon con la fuerza de un tren, no eran imágenes borrosas, sino sensaciones vívidas, el olor a desinfectante de la celda, la textura áspera de la manta de la prisión, el sabor amargo de la soledad.

Recordó los años de matrimonio, una sucesión interminable de pequeños incidentes, de "malentendidos" que siempre terminaban con ella pidiendo disculpas por cosas que no había hecho, Doña Carmen tenía una compulsión, una enfermedad que la familia se negaba a ver, para ellos, eran solo "cositas", manías de una señora mayor.

Una vez, desapareció un salero de plata de un restaurante caro donde celebraban su aniversario, Jorge pagó la cuenta a toda prisa, arrastrándola fuera mientras le siseaba que no hiciera un escándalo, días después, Ximena encontró el salero en el fondo del costurero de su suegra.

Cuando la confrontó, Doña Carmen lloró y dijo que seguro se le había caído en el bolso por accidente, Jorge le creyó, siempre le creía.

"Es que tú no la entiendes, Ximena, tuvo una vida muy dura", le decía.

La humillación más grande, antes de la catástrofe final, ocurrió en una cena de Navidad en casa de su jefe, Ximena se había esforzado por causar una buena impresión, era una oportunidad importante para la carrera de Jorge, todo iba bien hasta que, al despedirse, la esposa del jefe notó que faltaba un juego de cubiertos de plata antiguos.

La vergüenza fue total, las miradas de sospecha, el silencio incómodo, Ximena sabía, con una certeza que le helaba la sangre, quién era la culpable, al llegar a casa, revisó el bolso de su suegra, y allí estaban, envueltos en una servilleta de tela.

"¡Mamá, por Dios!", gritó Jorge, viéndolos, por primera vez, pareció entender la gravedad del asunto.

Pero la reacción de Doña Carmen fue una obra maestra de la manipulación, se tiró al suelo, fingiendo un ataque de pánico, jurando que alguien se los había metido en el bolso para perjudicarla, para perjudicarlos a todos.

"¡Esa gente rica nos odia, Jorge! ¡Nos ven como bichos raros!", sollozaba.

Don Ricardo, su suegro, un hombre silencioso y cómplice, la levantó del suelo y la abrazó.

"Ya, ya, Carmen, tranquila, fue un error".

Al día siguiente, Jorge fue a devolver los cubiertos, inventando una historia ridícula sobre cómo se habían mezclado con sus cosas, su jefe nunca lo volvió a mirar de la misma manera, la oportunidad de ascenso se esfumó.

Ximena intentó hablar con ellos, con Jorge, con Don Ricardo.

"Esto no es normal", les dijo, sentados en la sala, "necesita ayuda, ayuda profesional".

"¡No voy a permitir que llames loca a mi madre!", explotó Jorge.

"Tú siempre exageras todo, Ximena", añadió Don Ricardo, con su habitual pasividad, "son solo cosas, no le hace daño a nadie".

"¿Que no le hace daño a nadie?", replicó ella, incrédula, "¿Y la reputación de Jorge? ¿Nuestra vida?".

"La única que está haciendo un problema de esto eres tú", sentenció Doña Carmen, que había estado escuchando desde el pasillo.

Fue entonces cuando Ximena comprendió que estaba sola, atrapada en una red de negación y complicidad.

Y luego vino el día que ahora estaba reviviendo, el día del mercado de antigüedades de La Lagunilla, Doña Carmen insistió en ir, decía que quería "ver cosas bonitas", a Ximena le dio un mal presentimiento, pero Jorge, como siempre, cedió.

Paseaban entre los puestos llenos de reliquias y polvo, Doña Carmen se detenía en cada baratija, sus ojos brillando con una codicia infantil, Ximena la vigilaba de cerca, intentando mantenerla alejada de los objetos pequeños y brillantes.

Pero en un momento de distracción, mientras Jorge regateaba el precio de un viejo libro, sucedió.

Doña Carmen se acercó a un puesto que exhibía artefactos prehispánicos, el anticuario, un hombre serio y de pocas palabras, la observaba con atención, en el centro de la mesa, sobre un terciopelo rojo, descansaba un pequeño amuleto de jade, una pieza exquisita y, evidentemente, muy valiosa.

Ximena vio cómo su suegra, con una rapidez increíble, tomó el amuleto y, en un movimiento fluido, lo deslizó dentro del bolso de Ximena, que colgaba de su hombro.

"¡Oiga, señora!", gritó el anticuario, "¡Usted, deténgase!".

Todo pasó muy rápido, el hombre las alcanzó, la gente se arremolinó a su alrededor, las acusaciones, los gritos.

"¡Revise el bolso de ella!", gritó Doña Carmen, señalando a Ximena con un pánico fingido, "¡Yo la vi, yo la vi metiéndose algo!".

Jorge, blanco como el papel, no supo qué hacer, la policía llegó, y ante la mirada de docenas de extraños, un oficial sacó el amuleto de jade del bolso de Ximena.

La negación de Ximena fue inútil, las lágrimas de su suegra, conmovedoras, "¡Mi nuera, no puedo creerlo, siempre fue tan buena muchacha, debe tener un problema!", decía a los policías, llorando desconsoladamente.

La llevaron a la delegación, el amuleto era una pieza de museo, robada años atrás, el valor era incalculable, el delito, federal.

Jorge contrató a un abogado, pero las pruebas eran contundentes, Doña Carmen, la única testigo, mantuvo su historia, llorando, dijo que Ximena la había obligado a ir al mercado, que la había usado como distracción.

La sentencia fue de cinco años de prisión, cinco años que destruyeron su vida, Jorge dejó de visitarla al segundo año, un día, a través de una carta de su abogado, se enteró de que había solicitado el divorcio, poco después, supo que se había vuelto a casar y que esperaba un hijo.

Cuando salió, era una extraña en un mundo que había seguido sin ella, sin dinero, sin familia, sin futuro, la desesperación fue un pozo negro que casi la consume.

Pero ahora, sentada en esa misma cama, en esa misma habitación, el pozo negro se había transformado en un volcán de furia helada, no iba a permitir que la historia se repitiera.

Se levantó y se miró en el espejo, la mujer que le devolvía la mirada ya no era una víctima, sus ojos, que antes eran cálidos y confiados, ahora tenían un brillo duro, calculador.

"Esta vez", se dijo a sí misma, tocando el frío cristal del espejo, "la que irá a la cárcel serás tú, Carmen, te lo juro".

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