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Portada de la novela Un trato con el casanova

Un trato con el casanova

Dominic, un galán de Luisiana, necesita casarse antes de cumplir los treinta y cinco para recibir la herencia de su abuelo y concretar su venganza. En una noche de copas, le pide matrimonio a una camarera de armas tomar que lo ignora al principio. No obstante, ella regresa luego a su oficina con una propuesta sorprendente. Entre secretos y giros del destino, este pacto cambiará sus vidas y logrará que sus fríos corazones se enamoren sin remedio.
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Capítulo 1

Me tienen que estar jodiendo.

No podía creer lo que el abogado me acababa de comunicar, debía ser una broma de muy mal gusto, un artilugio tonto para tomarme el pelo de la forma más retorcida posible. Pero al ver la seriedad del hombre, el pesar de la asistente de mi abuelo, la sonrisa cínica de mi padre y el triunfo de mi madrastra, supe que esa basura era real, muy real.

¡Maldita sea!

—¿Por qué no se me informó sobre este asunto en la lectura del testamento? —pregunté a un paso de perder mi mierda.

—Fue por petición del mismísimo señor DeVille, dispuso que, si usted no estaba casado en el momento de su muerte, debía informarse de la cláusula hasta seis meses después de la misma —explicó y Agnes, la mujer operada hasta las pestañas que se le metió por los ojos a mi despreciable padre, se carcajeó.

Estaba gozando de mi desgracia.

—¡Esto se puso muy interesante! El viejo bastardo sabe jugar sus juegos, ¿eh? —expresó de forma jocosa.

En ese instante quise matarla, retorcerle el maldito cuello por atreverse a siquiera burlarse. Cuando mi madre se murió, mi abuelo blindó las acciones que habían pasado a mí, a tal punto que bloqueó los intentos de mi padre para hacerse con ellas. Fue una batalla campal, por eso la noticia me golpeó tan fuerte, él más que nadie entendía mi problema con el bastardo y su mujer. No podía creer que hubiese establecido algo así.

Era inconcebible.

El abogado buscó en el maletín, sacó un sobre sellado que tanto mi padre como mi madrastra vieron con sospecha. Si no cumplía con la cláusula antes de que terminase el año desde la lectura del testamento, las acciones que mi abuelo me había legado podían ser compradas por otros, menos por mí. Se sentía como una traición difícil de asimilar, así que cuando el abogado me tendió aquel sobre, estuve a nada de romperlo con rabia.

Tuve que hacer un esfuerzo monumental para tomarlo, sin embargo, no iba a ser tan tonto como para abrirlo delante de los buitres. Lo coloqué en la mesa de roble, y no hice ninguna otra expresión más que mi habitual semblante de seriedad, el que les regalaba a todos en la oficina.

—Aquí te explica todo con sus razones —dijo antes de levantarse y recoger todo—. Cualquier cosa, me puedes llamar o ir directamente a la oficina.

Se despidió y acto seguido, mi padre suspiró y su maldita mujer solo se rio como si no hubiese mañana. Él la miró en forma de reprimenda, lo que hizo que se callase. Nubia, la asistente del abuelo, una mujer que casi pisaba la tercera edad, regordeta y buena persona, me miró con algo que detestaba: compasión. Ante ello, no me quedó más remedio que levantarme para retirarme de una vez por todas.

Debía leer por qué mi abuelo había hecho aquello.

No le encontraba ninguna lógica que me obligase a casarme.

Sabía que no creía en ello, que la sola idea me repugnaba, que tenía un historial nefasto de ejemplos evidentes de que el matrimonio no significaba nada. Ver a mi madre perderse debido al hombre que amaba, era una de las cosas que jamás pensé jamás hacer, que no podía vivir. El mundo era cruel, la realidad me había enseñado que lo que primaba era el poder, la fuerza, la inteligencia. Dejarse llevar por el calor del momento, por ideas como el romance, era una completa pérdida de tiempo.

—Nos vemos, Nubia —le dije de forma educada.

—¿Quiere que haga algo por usted? —pidió antes de que llegase a la puerta.

—Dile a mi asistente que reprograme todo, hoy me tomaré el día —pedirle aquello se sentía extraño en mi lengua y ella, a pesar de tener una mirada sorprendida, asintió.

—Nunca creí ver el día en el que te tomases un descanso, ¿así es como caen los poderosos? —espetó la maldita de Agnes.

Cerré los ojos por un segundo y me contuve de apretar el puño para no darle la satisfacción. No debía darle ni importancia, ni mucho menos hacerle caso a la víbora que había entrado en mi familia con malicia. Salí dejándola con la palabra en la boca, preguntándome cuándo mi padre se había vuelto un pelele bajo su sombra.

*****

Llegué a mi apartamento y me aflojé la maldita corbata. Sentía que me asfixiaba, que me presionaba como a un desgraciado, en un vano intento de sacarme de mi maldita miseria. Coloqué el sobre sobre la impoluta mesa de madera que tenía como comedor, como si fuese un veneno a punto de intoxicarme. Era un completo desastre, y contuve mis respiraciones antes de que un maldito ataque de ansiedad me jodiera por completo.

Casarme.

Esa maldita palabra no estaba en mi diccionario, no formaba parte de mis planes de vida, de mi venganza, de mis ansias de acabar con un legado maldito de mentiras. Fui directo al bar, tomé un vaso de cristal que la diseñadora de interiores que había contratado se había dispuesto a exhibir junto con el juego completo y me serví un trago de bourbon como si fuese agua.

Jodidamente lo necesitaba.

Tras ella, decidí abrir el bendito sobre, lo hice sin tener cuidado, con prisa, solo para saber de una maldita vez qué quería conseguir el abuelo. Era un hombre que admiraba, respetaba por encima de todo y que creí, era una de las personas más inteligentes que conocía, sin embargo, que hubiese puesto una cláusula en la que se me exigía estar casado para recibir las acciones del conglomerado, era como un cuchillo clavándose por la espalda.

El viejo sabía muy bien lo que pensaba de ello, mi promesa, mi lucha contra un sistema. Obligarme a que lo hiciera, se sentía como si me hubiese escupido en la cara desde el más allá. De él había aprendido el lujo de no comprometerse, los beneficios que tenía vivir la vida solo, sin mayores responsabilidades que las de uno mismo. Mi madre había sido una sorpresa para él, un error del que se hizo cargo, pero él nunca jamás se casó, vivió muchas experiencias, estuvo con las mujeres más hermosas de diversas épocas, así que no entendía.

El mayor pecado fue que estipula notificarme delante de mis malvados enemigos.

Miré el papel que comenzaba a ponerse amarillento sin leerlo, con la rabia hirviendo en cada poro de mi piel como si estuviera a punto de perder la calma. Por ello saqué mi teléfono y llamé a Andrew, mi mejor amigo y abogado. Él podría ayudarme a buscar alguna forma de escaquearme de la disposición que mi abuelo había puesto. Tomé asiento y esperé pacientemente a que me contestase.

—¿Qué sucede, Dominic? —preguntó él con su característico tono de fastidio.

—El abuelo me la ha jugado… El abogado me ha dicho que para que pueda hacer uso y disposición de las acciones que me heredó al año de su muerte, tengo que cumplir con una cláusula o todo se irá a la mierda —expresé en tono sumamente serio.

—¿Qué se inventó el viejo? A ver, seguro es alguna tontería de que viajes a conocer un pueblo exótico o servicio comunitario. ¿Tal vez fue una construcción nueva para los desamparados? Ilústrame… El viejo era un hombre muy creativo —dijo con diversión.

Si hubiese sido alguna de ella, lo hubiese hecho divertido, con una sonrisa y toda la seguridad del mundo. Era lo que esperaba de mi abuelo, alguna especie de aventura, no el maldito desastre de un matrimonio.

Me había enloquecido.

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