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Portada de la novela Un trato con el casanova

Un trato con el casanova

Dominic, un galán de Luisiana, necesita casarse antes de cumplir los treinta y cinco para recibir la herencia de su abuelo y concretar su venganza. En una noche de copas, le pide matrimonio a una camarera de armas tomar que lo ignora al principio. No obstante, ella regresa luego a su oficina con una propuesta sorprendente. Entre secretos y giros del destino, este pacto cambiará sus vidas y logrará que sus fríos corazones se enamoren sin remedio.
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Capítulo 2

—No —dije tragando saliva con fuerza—, el viejo exigió que para que la titularidad se hiciera efectiva, tengo que estar casado.

—¡¿Estar qué?! —exclamó en un grito que me hizo alejar el teléfono de mi oído—. No, no era contigo, tranquila, si tengo algo para ti, te lo pediré… —le dijo a la pobre asistente de turno en tono duro—. Tienes que estar jodiendo.

—No miento, el abogado nos llamó a los accionistas mayoritarios para que escucharan porque así lo dispuso —escupí molesto—. Dejó claro en su testamento que, a los seis meses, luego de una revisión de las condiciones legales, daría una estipulación de ser requerida. Dejó todo dispuesto para que juntos supiéramos que tengo que estar casado antes de los treinta y cinco años o no hay trato. No podré acceder a las acciones y estas podrán ser vendidas al público.

Era una pesadilla.

—No puede ser…

—¿Hay algo que podamos hacer? —pregunté con desespero.

—Tengo que revisar todos los documentos, por lo que lo ideal es que le pidas todo al abogado que está gestionando todo, así como al albacea —explicó—. No pierdas la mierda todavía, revisemos a ver qué vacío podemos hallar. Seguro es una burla del viejo, algo para timarte un poco, hacer que los Adams comentan un paso en falso.

Ojalá tuviese razón.

—Bien, te espero en mi departamento mientras gestiono todo.

—Iré al salir.

Por un breve momento creí en las palabras de mi mejor amigo. Era un tipo sabio, algo tosco, pero sincero que veía cosas que yo no podría ver en esas circunstancias. Esperé que, tras evaluar, pudiese hacer lo necesario.

No me quería casar, preferiría vivir una reacción alérgica de las avispas que el maldito sacrificio.

Pasaba de ello.

*****

Una semana después de aquella llamada, tanto Andrew como yo estábamos de manos atadas. El viejo había blindado todo, tenía los informes médicos, el aval de salud mental, los testigos fiables, las firmas y el sello notariado que hacía que todo cobrara el debido peso. Según los estatutos y leyes de Luisiana, al crear un testamento con todas las bases, el estado debe hacerlo cumplir a cabalidad, siempre y cuando lo estipulado esté dentro del marco de la ley, sean condiciones razonables y preserven las sucesiones, de no ser así, pude haberme hecho con lo que correspondía sin problemas al ser un «beneficiario desnudo».

Lo que era una total mierda.

El viejo me había jodido y no me daba la gana de leer la maldita carta, una que tenía doblada en mi bolsillo como si fuese una especie de amuleto, como un recordatorio de lo rápido que podía cambiar todo. Lo más patético de todo, era que después de agotar todos los recursos, me había topado con la arpía de la esposa de mi padre en el mismo plan que yo. Ella no me vio, pero no me costó deducir lo que hacía.

Debido a eso, Andrew me arrastró con él.

—Tienes que casarte en menos de tres meses, Dominic —dijo mi mejor amigo mientras estábamos en la barra de Bourbon 'O' Bar, un bar que le gustaba, y al que nunca asistía porque no eran los sitios que solía visitar.

—¿Crees que no lo sé? —pregunté con ironía—. En ochenta y dos días tengo que casarme o el legado del viejo pasará a formar parte de cualquiera. Lo único que se me ocurre es que cuando comience la puja, compre todo a través de un intermediario…

No dejó siquiera que terminase la línea de pensamiento.

—Esa mierda es un testaferro e incurre en cientos de problemas legales que ni siquiera pienso mencionar —espetó con molestia y supe que lo había sacado de sus casillas—. Otra ronda por aquí, por favor.

El barténder asintió y en esas, una pequeña morena se coló en la barra, lo distrajo y este le explicó algo. Me inquieté por la lentitud, pero me mordí la lengua. La chica fue a la parte trasera, al regresar tenía una especie de uniforme que no dejaba nada a la imaginación. Debía medir menos del metro setenta centímetros, pero tenía unas poderosas curvas que me calentaron la sangre. Se recogió una coleta, y giró hacia nuestro frente mientras acomodaba las botellas.

Enseguida supe que era la otra barténder que nos atendería, por lo que asumí que nos atendería el resto de la noche. Para mi sorpresa, al ver a Andrew, se acercó con una genuina sonrisa y los pedidos que había hecho. Había un cierto aire de familiaridad que me sorprendió un poco, no obstante, decidí observar la interacción. Probablemente él había probado tamaño caramelo, y si era así, no sería capaz de intentar algún movimiento. Nos dio el bourbon y se inclinó sobre la barra.

Pude detallarla, me dio mucha curiosidad. Tenía unas tetas de infarto que enseñaba con orgullo, una sonrisa bonita que dejaba vislumbrar un pequeño diente torcido, unos labios que fácilmente podía ver dándome una mamada, lo que hizo que mi pene se levantase en una clara erección. Mierda. Era preciosa de una manera a la que no estaba acostumbrado, tenía un diminuto piercing en la nariz que la ponía en una categoría de rebelde. Sin embargo, fueron sus ojos cálidos los que cerraron el trato.

La quiero gimiendo debajo de mí.

—¡Qué sorpresa verlo por aquí, doctor Sers! Tenía mucho tiempo sin venir y trajo compañía —dijo ella en una voz que me hizo acomodarme en la silla porque fue directo a mi polla.

—Yo también te extrañé, Tams —respondió Andrew con una sonrisa verdadera, algo que no le regalaba a todo el mundo—. Hoy es una noche en la que beberemos mucho, mucho, bourbon… Así que estás advertida.

Ella asintió con una ceja arqueada y lo señaló luego colocándose la mano en la cadera.

—Espero que no sean unos malos bebedores o les patearé el trasero —espetó y mi amigo solo se echó a reír.

Yo los miré con incredulidad.

Andrew Sers jamás se reía tan libremente.

—Bien, trataré de no caer bajo tus pies —respondió él con una jocosidad que me hizo encararlo enseguida y carraspear—. Este es mi buen amigo Dominic.

Me presentó y ella asintió de forma educada, menos entusiasta que como había saludado a Andrew, lo que me irritó, lo suficiente como para incomodarme. Supuse que como era un desconocido, le bajaba a su efusividad.

—Tamsin, para servirte, estamos aquí de martes a domingo hasta las tres de la mañana —dijo y se marchó.

El detalle de que no me dejara continuar la interacción no me pasó desapercibido, la seguí hasta que se perdió hacia el fondo del local.

—Ni se te ocurra, Casanova, Tams es una buena chica y un hueso muy duro de roer —expresó mi amigo haciéndome verlo con una sonrisa retadora—. No es de las que va con un hombre porque sí, tengo dos años viniendo aquí y se ha vuelto alguien especial para los clientes asiduos, así que mejor olvídalo… Es una chica.

—Es una mujer y bien mayor de edad —dije por joderlo.

—Mejor deberías pensar cómo carajos casarte —espetó con una sonrisa arrogante y se me borró mi buena expresión—. Tendrás mujeres más dispuestas a hacer el trato, tienes que buscar a una que te ayude, ofrécele algo que quiera, que sea discreta y que no represente ninguna maldita molestia.

—Todas las mujeres representan una molestia —respondí cansado— Hallar a una adecuada que se calle, será una maldita misión imposible.

—Bueno, si no hubieses follado con media Luisiana, tal vez las mujeres no fueran tan difíciles contigo —murmuró antes de tomar un trago.

Tenía un punto, que no me gustasen las relaciones no quería decir que no adoraba el sexo, lo amaba, follar era parte de mi esencia, era placer, necesidad. No se relacionaba con el amor, por eso que luego de dos o tres encuentros, me alejaba porque las mujeres tenían una idea muy errada de lo que podía significar ello. Le dejaba claro a lo que iban y aun así esperaban más.

Jamás iba a dárselo.

Sin embargo, Andrew tenía un punto, debía encontrar a una mujer supiera su lugar.

—Tengo que buscar a alguien —cedí finalmente—. Una mujer que cumpla con los requisitos…

Así conversamos Andrew y yo, mientras bebimos más de lo que podíamos admitir, sin tener la puta idea de que la barténder no había estado escuchando desde el principio.

Un pequeño detalle me cambió por completo.

Claro, luego de beber mi peso en bourbon y hacer el ofrecimiento del siglo guiado por mi polla.

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