Portada de la novela Matrimonio por error, amor inesperado

Matrimonio por error, amor inesperado

8.2 / 10.0
Tras ser humillada y abandonada en el altar frente a todos sus invitados, Camila busca consuelo en los brazos de un enigmático desconocido. Lo que comenzó como una noche de despecho se convierte en un vínculo peligroso cuando él, consumido por una obsesión implacable, decide perseguirla sin descanso. Atrapada entre el miedo a una nueva traición y la intensa atracción por este hombre poderoso, ella deberá decidir si huir o arriesgar su corazón de nuevo.

Matrimonio por error, amor inesperado Capítulo 1

En la sala de guardia del hospital, Camila Haynes se ponía su uniforme de médico.

Esta noche era la primera de su matrimonio.

Sin embargo, en cuanto una colega le pidió que cubriera su turno, no dudó en ir directo al hospital.

Al mirarse en el espejo, se acomodó la bata y sonrió con amargura, pues sabía que a nadie le importaba a dónde iba.

De repente, alguien pateó la puerta con violencia desde afuera, haciéndola estrellarse contra la pared.

Antes de que ella pudiera levantar la vista para ver qué pasaba, oyó el clic del interruptor y toda la habitación quedó en penumbras.

Muerta de miedo, tembló y, con los pelos de punta, preguntó:

"¿Quién es...?".

Antes de que pudiera decir otra palabra, la empujaron bruscamente sobre la mesa. Las cosas que había sobre el mueble cayeron al suelo con un fuerte estrépito. Camila sintió el frío de una hoja afilada presionada contra su cuello, y una extraña voz ladró: "¡Silencio!".

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, apenas pudo distinguir el rostro del hombre, aunque sus ojos, afilados y fríos, destacaban.

El olor metálico de la sangre llegó a su nariz, y al instante supo que estaba herido.

Quizá por su formación como doctora, estaba acostumbrada a mantener la calma y la serenidad incluso en situaciones tan aterradoras y estresantes como esa.

Sutilmente, levantó la pierna para intentar patearlo, pero en cuanto se movió, él se dio cuenta y le presionó con fuerza la pierna.

"¡Lo vi dirigirse hacia aquí!", se escuchó una voz a lo lejos.

Acto seguido, Camila oyó pasos que se acercaban.

Parecía que entrarían en cualquier momento.

Presa de la desesperación, el hombre bajó de repente la cabeza y presionó sus labios contra los de Camila.

Con los ojos como platos, ella luchó por liberarse de su beso violento y lo apartó. Por suerte, no la hirió con el cuchillo que blandía.

Aturdida, Camila se tocó los labios, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.

Justo en ese momento, escuchó el pomo de la puerta girar.

Decidida, apretó los dientes y rodeó el cuello del hombre con los brazos. Sin dudarlo, levantó la cabeza y lo besó.

Susurró con voz temblorosa: "Puedo ayudarte...".

El hombre tragó saliva audiblemente. Al segundo siguiente, actuó. Su aliento caliente le rozó la oreja, y su voz sonó baja y sexual. "Me haré responsable de esto".

Pero parecía haberla malinterpretado, pues Camila solo pretendía fingir.

Cuando abrieron la puerta, ella gimió lo más fuerte que pudo, imitando los sonidos que había escuchado en los videos porno.

Por un segundo, el hombre se quedó atónito ante lo fascinante y seductora que era.

Las personas en la puerta también se quedaron aturdidas al oírla gemir.

"¿Qué carajos? ¡Solo es una pareja teniendo sexo aquí! No puedo creer que hagan esto en un hospital".

La puerta se abrió un poco más, y la luz del pasillo iluminó el cuerpo de Camila. El hombre se movió para bloquear la vista de los curiosos. En la penumbra, los de afuera solo podían ver que los dos se abrazaban y besaban.

"Él definitivamente no es Isaac. Está muy herido. No tendría fuerzas para hacer esto por muy sexy que sea esa chica".

"Hay que admitir que esa chica es muy buena para gemir así".

"¡Cállate y muévete! ¡Si no encontramos a Isaac, estamos perdidos!".

En poco tiempo, el sonido de los pasos se desvaneció.

El hombre sabía que sus asaltantes se habían marchado, pero descubrió que no podía alejarse de la mujer. Se lamió los labios, con la lujuria cegándole la razón.

La crisis ya estaba resuelta, así que Camila intentó apartarlo. Pero justo cuando sus palmas presionaron contra el pecho del hombre, de pronto pensó en su matrimonio.

Toda su vida había sido controlada por otros, y su matrimonio no era la excepción.

Su padre, un hombre dominado por la codicia, la había obligado a casarse con un miembro de la familia Johston.

Su abuelo solía ser el chofer de Robin Johnston, el patriarca de la familia Johnston, y el destino quiso que muriera salvando la vida de su jefe en un accidente.

La pequeña empresa familiar había acumulado una enorme deuda y estaba al borde de la quiebra. Su astuto padre sabía que si pedía dinero a familia Johnston, ellos finalmente lo rechazarían. Por eso, ideó un plan despiadado: hacer que su hija se casara con Isaac, el nieto de Robin.

De este modo, su familia establecería por fin una conexión más sólida con familia Johnston, una que estuviera unida por el matrimonio.

Además, dada la riqueza de familia Johnston, estaban seguros de que obtendrían muchos beneficios en el futuro.

Los de esa familia influyente no podrían darse el lujo de rechazar la propuesta, o se arriesgarían a quedar mal de una forma u otra.

Isaac estaba muy insatisfecho con este matrimonio concertado, así que pidió que su nueva esposa nunca revelara su identidad y que mantuviera su apellido de soltera.

Pero nadie le preguntó a Camila qué quería.

Y para colmo, el novio nunca apareció en el banquete, a pesar de que no había invitados fuera de las dos familias.

Camila se quedó sola durante la celebración, pálida como una hoja de papel.

Se sentía tan humillada... ¡y se negaba a aceptarlo!

Quizá fue por la tensión en el ambiente, pero los sentimientos reprimidos de rebeldía de Camila estallaron de repente.

Su vida apenas valía la pena porque estaba controlada por otros, así que decidió resistirse a su destino a su manera.

Sin mucha resistencia, Camila se entregó por primera vez a ese desconocido.

Cuando todo terminó, el hombre le besó la mejilla con ternura y le dijo con voz baja y ronca: "Volveré por ti". Luego se marchó rápidamente.

Camila tardó mucho en poder levantarse. El hombre la había cogido con fuerza, así que tenía la entrepierna en carne viva y le ardía de dolor.

De repente, el sonido de su celular rompió el silencio.

Extendió la mano para agarrarlo y contestó a la llamada. Una voz ansiosa sonó desde el otro extremo de la línea: "¡Doctora Griffith, emergencia! ¡Por favor, venga rápido!".

Camila aclaró la garganta y respondió con calma: "De acuerdo, llegaré pronto".

Tras colgar, miró su celular aturdida.

Su ropa desaliñada y la sensación pegajosa entre sus piernas le confirmaron que no era un sueño. Realmente había sucedido. Tuvo sexo con un desconocido la primera noche de su matrimonio.

¡Era lo más rebelde que había hecho en su vida!

Pero no tenía tiempo para pensar en eso. Un paciente la necesitaba. Apretando los dientes, se vistió rápidamente y corrió al centro de urgencias.

Camila estuvo ocupada el resto de la noche.

Cuando por fin volvió a la sala de guardia, la encontró hecha un completo desastre.

Al recordar lo que había ocurrido allí unas horas antes, no pudo evitar pasarse los dedos por el pelo enredado con angustia.

"Gracias por cubrir mi turno, doctora Haynes". La colega de Camila, Debora Griffith, entró de repente con una sonrisa agradecida.

La joven forzó una sonrisa y respondió: "De nada".

"Yo me encargo. Deberías ir a casa y descansar un poco". Solo entonces Debora se dio cuenta del desorden de la habitación. Alzando las cejas, preguntó con incredulidad: "¿Qué pasó aquí?".

Camila giró la cabeza para ocultar el pánico en sus ojos y dijo: "Tiré por accidente las cosas de la mesa hace un rato. En fin, ya que estás aquí, me voy a casa".

Debora sintió que Camila actuaba de forma extraña, pero no le importó. Se encogió de hombros y se agachó para empezar a recoger las cosas que había en el suelo.

Justo cuando Camila se marchaba, el director del hospital y el asistente de Isaac, Willie Calderon, aparecieron en la puerta.

"Ella era la doctora de guardia anoche, Debora Griffith", dijo el director.

Willie entró en la habitación y observó la placa con el nombre de Debora en su bata. "Señorita, por favor, venga conmigo".

Debora levantó la vista confundida.

"¿A dónde vamos?".

"Ya lo verá. Solo venga con nosotros", respondió Willie sin expresión. El director del hospital, por su parte, no estaba muy contento con su vacilación. Tiró de ella con bastante fuerza y siseó: "No haga esperar al señor Johnston".

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