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Portada de la novela Tuya para siempre

Tuya para siempre

Paúl Nicholson y Priscilla Davis prometieron amarse eternamente, pero una tragedia tras su enlace destrozó su futuro. Aun superando la muerte, su conexión busca desafiar al destino para unirlos de nuevo. No obstante, el arrogante magnate Anthony McGregor aparece para entorpecer el reencuentro. En una batalla implacable donde dos identidades masculinas parecen converger por el amor de la misma mujer, solo uno podrá triunfar y recobrar lo que la vida le arrebató.
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Capítulo 2

Nuestra vida era maravillosa. Habíamos luchado con mucho esfuerzo para convertir todos nuestros sueños e ilusiones en la más hermosa de las realidades.

Me había casado con el hombre más perfecto del planeta. Era hermoso, cariñoso, me amaba por sobre todas las cosas y lo mejor de todo, es que, estaba segura de que nuestro amor perduraría para el resto de nuestras vidas e, incluso, mucho más allá. Estábamos hechos el uno para el otro.

—El color es maravilloso —le digo a Paúl, mientras observo emocionada el rosa delicado que hay en las paredes de la que será la habitación de nuestra pequeña princesa, estoy impaciente por ver cómo quedará todo, una vez que la decoremos.

Me extiende una hermosa sonrisa que resplandece más que el sol durante un día de verano.

—No puede haber una princesa sin su castillo —me dice emocionado, mientras deja su rodillo en la bandeja de pintura y se acerca a mí para rodearme con sus brazos—, te prometo que algún día te daré tu propio palacio, porque estoy decidido a partirme el alma solo para darle a mi reina todo lo que ella se merece.

Lo abrazo fuertemente. Sus palabras una vez más me dejan sin aliento. Sé que no ha sido fácil para nosotros, ya que cada uno de nuestros logros nos ha costado mucho sudor y lágrimas. Sin embargo, hemos alcanzado a ser muy felices con lo poco que tenemos y con eso tengo más que suficiente.

—¿Te he dicho alguna vez que me siento muy afortunada de tenerte en mi vida?

Me cuelgo de su cuello y clavo la mirada en ese par de ojos pintados del mismo color de las aguas del mar. Unos que no me canso de mirar.

—Creo que lo he escuchado al menos… —arquea una de sus cejas y simula estar recordando las veces en que lo he hecho—, ¿un millón de veces?

Le doy un suave manotazo en el hombro por la pequeña broma.

—Eres un payaso —dejo un beso corto en sus labios— y esa es una de las razones por las que me enamoré perdidamente de ti.

Aumenta la presión de su abrazo hasta donde mi inmensa barriga se lo permite.

—Y la primera fue por ser tan irresistible ―sonríe con arrogancia―, reconócelo de una vez por todas.

No podemos evitar reírnos a carcajadas, porque todo lo toma con tranquilidad y calma, incluso, en las circunstancias más adversas. Admiro su fortaleza y lo decidido que es cuando hay que hacerle frente a una situación por más difícil que esta sea. Es un hombre empecinado y cuando va por algo, no se rinde hasta lograrlo.

—Voy a preparar algo para el almuerzo —le expreso mientras me suelto lentamente de su abrazo—, nuestra nena está a punto de exigir que le dé de comer y sabes lo malcriada que puede ponerse cuando llega su hora.

De repente me toma desde atrás y me detiene, evitando que salga de la habitación.

—Yo también estoy hambriento, cariño —susurra sugerentemente al pie de mi oreja—, voy a exigirte ahora mismo que me des de comer o me pondré más que malcriado. Perderé la razón, me transformaré en un caníbal y te devoraré por completo. No dejaré nada de ti.

Su voz grave retumba en lo más profundo de mi cuerpo y en la parte más sensible de mis entrañas. Dejo caer mi cabeza sobre su hombro izquierdo, cuando sus manos comienzan a deslizar los tirantes de mi vestido hasta situarlos a la mitad de mis brazos. Amo su forma de acariciarme y esa vehemencia tan pasional que se desata en él, cada vez que hacemos el amor.

Poco a poco me lleva hacia atrás hasta que se detiene y deja caer el vestido a mis pies, dejándome completamente desnuda. Se sienta en la silla mecedora y me coloca sobre su regazo. Mete su mano entre nuestros cuerpos ansiosos y abre la cremallera de su pantaloncillo para sacar su miembro y ubicarlo en la entrada de mi sexo ya humedecido.

Poco a poco se va hundiendo dentro de mí, llenándome por completo y haciéndome sentir extasiada al mover sus caderas rítmicamente. El compás es exquisito y abrumador. Me sujetó del reposabrazos de la silla en busca de apoyo y me sostengo sobre la punta de mis pies para coordinar los movimientos de mi cuerpo con los suyos. Dejo caer mi espalda sobre su pecho en el instante en el que sus dedos comienzan a presionar la punta de mis pechos delicadamente. Su boca se mueve deliciosamente por mi cuello mientras va pronunciando palabras de amor que me llevan al borde del precipicio.

—Eres una delicia, nena, y me vuelves loco cuando absorbes de esa manera, como si quisieras devorarlo.

Sus embestidas se hacen más violentas y exigentes. Una de sus manos se cuela entre mis piernas para acariciar aquella parte de mi cuerpo que me vuelve loca de deseo. Provoca que mi cuerpo reaccione con descaro en respuesta a sus caricias. Comienzo a moverme desesperadamente de arriba abajo, luego de un lado al otro y en forma circular; alternando entre uno y otro movimiento, convirtiéndome en un instante, en su esposa, su amante y en la puta que todo hombre necesita en su cama.

Mis gemidos son la respuesta a las exquisitas sensaciones que me hace sentir cada vez que me toma entre sus brazos. Los suyos son el resultado de lo que le hago sentir cuando me dejo llevar y me entrego en cuerpo y alma. Cada vez que le demuestro lo mucho que lo amo. El final es el previsto para una pareja que se ama con toda el alma y el corazón. Un orgasmo que toma todo de nosotros y mucho más; un amor inmenso que es capaz de superar cualquier barrera por imposible que esta sea. Una vez que regresamos a la realidad, me acurruca sobre su regazo como si fuera su pequeña nena.

»Amo esta vida que tengo contigo, cariño ―expresa entre los suaves besos que deja sobre mi rostro―, haría cualquier cosa por volver una y otra vez a ti. Y, si el destino se empeña en separarnos, no dudes ni por un solo segundo que hallaría la forma de regresar. Eres mi gran amor, la única mujer a la que amaré por el resto de mis días y a la que juré amar más allá de mi vida.

Sus palabras me causan mucha emoción, pero también me afectan terriblemente, porque no soy capaz de imaginar una vida sin él. Prefiero morir si llego a perderlo. Iré con mi esposo a dónde quiera que vaya.

―¿Qué te parece si nos dedicamos a disfrutar de nuestra vida tal como lo hemos hecho hasta ahora? ―lo beso en los labios antes de levantarme de sus piernas. La conversación me puso intranquila―. Nuestra princesa ha comenzado a dar pataditas y sé que, si me demoro por más tiempo, me arrancará las entrañas y terminará comiéndoselas por tu culpa.

Recojo el vestido del piso y me lo pongo. Cierro los ojos y respiro profundo sin que él se dé cuenta. No quiero conversar sobre ese tipo de temas, porque me ponen nerviosa. Se levanta de la silla y me gira con lentitud para colocarme de frente. Ahueca mi mentón con sus dedos y eleva mi cara para que lo mire directo a los ojos.

―Lo siento, nena… no quise perturbarte con el comentario ―se ve agobiado―, no era mi intención.

Salto sobre él y lo aprieto fuertemente entre mis brazos mientras hundo mi cara debajo de su cuello para respirar de su delicioso aroma y convencerme, en medio de este momento perturbador, que él está conmigo y que lo estará por mucho tiempo.

―No te preocupes, cielo… solo estoy sensible por el embarazo ―niego con la cabeza―, no tienes por qué disculparte.

Sonrío y ahueco su rostro entre mis manos. Lo miro a los ojos mientras me alzo en la punta de los pies y lo beso con suavidad para empaparme de la dulzura de sus labios y de todo el amor que nadie, más que él, es capaz de ofrecerme.

―¿Estás segura, preciosa?

Él me conoce lo suficiente para saber que eso me ha afectado más de la cuenta, pero no quiero que una tontería como esta amenace el hermoso día que hemos compartido hasta ahora.

―¿Por qué no habría de estarlo?

Le inquiero risueña. Parece no estar convencido de mi respuesta en forma de pregunta. Así que le muestro la sonrisa más radiante de todas para convencerlo de que todo está bien conmigo. Que es algo pasajero provocado por el embarazo.

―Mueve ese trasero delicioso, cariño ―suelta un cariñoso azote sobre mis nalgas―, que ahora tu marido tiene hambre de comida… y quizás más tarde le provoque una buena ración de postre.

Salgo de allí con una enorme sonrisa dibujada en mi rostro, esta vez una real, que me hace olvidar el nefasto pensamiento que me produjeron sus palabras. Hago borrón y cuenta nueva.

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