Portada de la novela Cautivado, no quiero nada más que a ti

Cautivado, no quiero nada más que a ti

9.0 / 10.0
Traicionada por su prometido y su mejor amiga, ella muere en la miseria absoluta, pero el destino le otorga una segunda oportunidad. Despierta en el pasado justo cuando su esposo intenta asesinarla. Tras conseguir el divorcio y enfrentar la incertidumbre, descubre una herencia materna que la convierte en millonaria. Decidida a vengarse, asciende hacia el éxito profesional mientras su antiguo marido regresa para perseguirla en esta nueva y peligrosa realidad.

Cautivado, no quiero nada más que a ti Capítulo 1

"Raquel, maldita zorra. ¡Vete al diablo!".

En la cama king size, el rostro del hombre estaba contraído por la furia, y sus ojos negros ardían de odio. Las venas se le saltaban en la frente y los brazos mientras estrangulaba a la joven.

Ella estaba medio dormida, pero sentía que algo andaba mal. ¡No podía respirar!

Raquel Bennet abrió los ojos de par en par, aún aturdida por el sueño. Sintió un par de manos en su cuello, asfixiándola. Estaba confundida y consumida por el pánico.

Cuando sus pulmones empezaron a gritar por aire, su instinto de supervivencia se despertó. Levantó las manos hacia su garganta, tratando de defenderse de su agresor.

Pero el hombre no se movió. En cambio, apretó más su agarre en su cuello, haciendo que su rostro se pusiera rojo oscuro y su vista se nublara.

¡Pum!

La puerta se abrió de golpe y el mayordomo entró corriendo. Su rostro palideció al ver la escena, pero no perdió ni un segundo. Corrió hacia la cama y agarró al hombre por el brazo, gritando: "¡Señor Sullivan! ¡Señor Sullivan, por favor, suéltela! ¡La está matando!".

"¡Se lo merece!". El hombre tenía una mirada desquiciada y escupía al hablar.

El mayordomo sabía que no podía detenerlo físicamente, así que se arrodilló junto a la cama y comenzó a suplicar por la vida de la joven. "¡Señor Sullivan, por favor! Si la mata, su abuela se revolcaría en su tumba. ¡No podrá descansar en paz!".

¿Abuela?

Al oír las palabras del mayordomo, Victor Sullivan aflojó un poco su agarre.

Raquel aprovechó la oportunidad para escapar de sus manos y arrastrarse lejos. Su espalda chocó contra la cabecera y se quedó allí hecha un ovillo, mirando a su marido con los ojos muy abiertos y llenos de miedo.

El mayordomo vio el cambio en la actitud de su jefe como una señal para seguir insistiendo. "¡Señor Sullivan, tenga paciencia! Hoy su divorcio se hará oficial. ¡No volverá a verla nunca más! Perdónele la vida por el bien de su madre. Ella salvó a su abuela una vez, ¿lo recuerda? ¡Por favor, cálmese!".

Victor pareció entender la razón detrás de las palabras de su empleado. Se levantó de la cama y se puso la pijama en silencio. Cuando terminó, se dio la vuelta y dijo con voz fría como el hielo:

"Le diré a Iván que envíe los papeles del divorcio. Fírmalos y luego lárgate de aquí. No quiero volver a ver tu rostro nunca más".

Con una última mirada llena de odio, salió de la habitación, seguido por el mayordomo.

La puerta se cerró de golpe detrás de ellos, y el sonido lastimó los oídos de Raquel. Se cubrió con las cobijas, aún en shock. Su rostro estaba pálido como un muerto y su corazón latía con fuerza en el pecho.

Bajó la cabeza y miró su cuerpo. Estaba completamente desnuda y tenía moretones oscuros que desfiguraban su piel, por lo demás impecable.

La adrenalina que corría por sus venas había adormecido el dolor hasta ese momento, pero cuando lo peor hubo pasado, sintió que le dolía todo el cuerpo. Le dolía todo.

No encontró ropa de mujer en el armario, solo camisas de hombre y trajes negros.

Agarró una camisa y un pantalón de traje y se los puso. Los pantalones le quedaban ridículamente grandes y arrastraban por el suelo.

Además del dolor físico, sintió una terrible jaqueca. Gimiendo, caminó hasta el sofá y se sentó. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Recuerdos que no le pertenecían comenzaron a inundar su mente.

Momentos después, volvió a abrir los ojos. Esos recuerdos pertenecían a la anterior dueña de este cuerpo, la mujer llamada Raquel. Tras ordenar en silencio sus pensamientos, llegó a dos conclusiones:

Había renacido. De ser Shelia Davis, ahora era Raquel Bennet.

La que habitaba este cuerpo antes que ella era una chica inútil, perdidamente enamorada de Victor. Su madre se había enfermado y muerto hacía un tiempo y su padre era un patético sinvergüenza.

Llamaron a la puerta.

El sonido sacó a Raquel de su ensoñación. Una voz fría llegó desde el otro lado: "¿Puedo pasar?".

Se apresuró a enrollar la parte inferior del pantalón y a abrir la puerta. Un hombre alto y de aspecto serio estaba allí, sosteniendo un montón de papeles en la mano.

Iván. Raquel buscó rápidamente en sus recuerdos y reconoció el nombre del hombre.

Con el rostro inexpresivo, Iván Chavez le entregó los documentos y una pluma. "El señor Sullivan me pidió que la acompañara a la salida en cuanto firmara los papeles del divorcio".

Raquel echó un vistazo a los documentos, recordando lo que el mayordomo había dicho antes. Hoy era el segundo aniversario de boda de Victor y Raquel, pero a partir de ahora también sería el fin de su matrimonio.

¿El acuerdo de divorcio se había preparado en menos de una hora? Victor debía odiar mucho a la chica.

Tomó el acuerdo y comenzó a pasar las páginas, firmando "Raquel Bennet" con pulcritud donde fuera necesario. Terminó en menos de treinta segundos.

"Aquí tienes", dijo Raquel, mientras devolvía los papeles a Iván y hacía clic con la pluma.

Iván la miró asombrado, con las cejas levantadas. No esperaba que fuera tan fácil. Cuando su jefe le pidió que trajera el acuerdo, le advirtió que Raquel no querría firmarlo, así que podría tener que usar la fuerza.

"¿No quiere leerlo primero?", dijo él, sin extender la mano para tomar los papeles.

Raquel alzó las cejas y respondió con firmeza: "No".

"¿No tiene curiosidad por saber qué obtendrá de este divorcio?", Iván frunció el ceño, cada vez más confundido.

Ella volvió a levantar las cejas mientras se subía el pantalón, y le dedicó una sonrisa: "No hace falta leerlo. Sé que hay dos posibles resultados. Uno es que me quede con un montón de deudas y pronto me declare en bancarrota, y el otro es que tenga que abandonar este matrimonio sin un centavo. Estoy segura de que Victor reunió a un equipo de abogados excepcionales para trabajar en la mejor opción para él".

Los ojos de Iván se ensombrecieron. Tomó los papeles del divorcio y dijo: "El señor Sullivan solo quiere que se vaya sin llevarse ninguno de sus bienes".

"Bueno, asegúrate de darle las gracias de mi parte". A Raquel le importaba un carajo todo eso. Era la anterior ocupante de este cuerpo la que amaba a Victor, no ella. Ni siquiera le importaba si ese hombre vivía o moría.

No quería a un hombre violento como él de esposo. Un hombre capaz de estrangular a su propia mujer hasta la muerte. Ahora tenía otra oportunidad de vivir y pensaba aprovecharla al máximo.

Los ojos de Iván se posaron en el cuello de Raquel.

"¿Quiere que llame a un médico?", preguntó.

Raquel se quedó perpleja un momento. Luego recordó los moretones alrededor de su cuello y levantó la mano para tocarlos. La sensación de asfixia volvió a ella y tuvo que sacudir la cabeza para deshacerse de la imagen.

"No, gracias. Estoy bien. No es tan grave", respondió, encogiéndose de hombros.

"Entonces, por favor, haga sus maletas". El tono de Iván volvió a la normalidad: frío y profesional.

Ella asintió y salió descalza del dormitorio de Victor, aún ajustándose el pantalón. Tenía un largo camino por recorrer hasta llegar a su propio dormitorio. Victor odiaba tanto a la chica que ni siquiera quería cruzarse con ella en el pasillo, así que su habitación estaba al otro lado de la enorme casa.

Tardó casi dos minutos en llegar.

Su dormitorio había sido originalmente un trastero, pero poco después de la boda, Rachel se había mudado aquí. Empujó la puerta y atravesó con agilidad el estrecho umbral.

La habitación era muy pequeña; solo contenía una cama y un tocador, y los muebles estaban tan juntos que no había espacio para caminar con comodidad.

Raquel no tenía mucho que empacar. Excepto por sus cosméticos esparcidos por el tocador y algunas prendas de vestir, no poseía mucho más. Se cambió a su propia ropa y metió el resto de sus cosas en una maleta.

"Bueno, ya tengo todo empacado. Me voy ahora. ¡Espero no volver a verte nunca más, Iván! ¡Adiós!", dijo con voz despreocupada y fría, mientras arrastraba su maleta por el pasillo.

"Raquel, ¿a dónde crees que vas?". De repente, las puertas del ascensor se abrieron, revelando a una mujer en traje de negocios. Sus tacones altos resonaron en el suelo de mármol, el sonido nítido y cortante, a juego con su voz aguda.

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