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Portada de la novela Tuya para siempre

Tuya para siempre

Paúl Nicholson y Priscilla Davis prometieron amarse eternamente, pero una tragedia tras su enlace destrozó su futuro. Aun superando la muerte, su conexión busca desafiar al destino para unirlos de nuevo. No obstante, el arrogante magnate Anthony McGregor aparece para entorpecer el reencuentro. En una batalla implacable donde dos identidades masculinas parecen converger por el amor de la misma mujer, solo uno podrá triunfar y recobrar lo que la vida le arrebató.
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Capítulo 3

Dos semanas después

He notado a Priscilla muy intranquila durante estos últimos días. He estado muy preocupado por ella, porque después de lo que sucedió entre nosotros hace dos semanas, la he visto más pensativa y nerviosa de lo acostumbrado. Soy un completo idiota por haber mencionado algo como eso. Sé que fue parte de la promesa que le hice el día de nuestra boda, no obstante, nunca pensé que ella se lo tomaría tan a pecho. Si pudiera retroceder el tiempo, juro que lo haría tan solo para cerrar mi puta boca y evitar que mi hermosa esposa se preocupe por ello.

Cierro la puerta de la habitación de nuestra pequeña princesa una vez que coloco en su cunita los ositos de peluche que he comprado para ella. Priscilla aún no los ha visto, quiero que sea una sorpresa para ella, un intento por remediar de alguna forma la metida de pata que cometí en aquel momento.

Camino con sigilo en medio de la noche hasta mi recámara para evitar despertarla. Me siento a su lado y la observo dormir durante largo tiempo, grabando en mi memoria cada detalle de su delicado rostro y de la hermosura de mi tierna y dulce esposa. Me convertí en un maldito afortunado desde el mismo momento en que ella se atrevió a posar sus ojos sobre mí. Ella, es mi mayor tesoro y ahora lleva en su vientre el fruto de nuestro amor. Una pequeña princesita que me ha hecho el hombre más feliz del universo. No puedo desear más, porque con ellas lo tengo todo, incluso, más de lo que nunca soñé tener.

Me acuesto a su lado. La atraigo hacia mí para sentirla muy cerca de mi cuerpo. Amo su olor, su suave y rítmica respiración al dormir, la manera de acurrucarse entre mis brazos una vez los siente alrededor de su cuerpo. Le doy un beso en la sien y luego cierro los ojos para soñar al igual que lo he hecho durante esta última semana con mi hija. Desde que supe que mi mujer estaba embarazada no he dejado de sentirme nervioso. Quiero ser un buen esposo para ella, pero también, un buen padre para mi pequeña.

―Despierta, Paúl ―la voz de mi esposa se escucha a lo lejos, apenas como un ligero susurro―. Cariño, creo que es la hora… nuestra princesa está ansiosa por salir.

¡Mierda! Me levanto súbitamente y comienzo a corretear desesperado por toda la habitación.

―¿Estás segura, nena? ―le pregunto con el corazón en la boca― ¿Esta noche es la noche? ―ya ni sé lo que estoy diciendo―. Es decir… ¿Vamos a ser padres esta misma noche?

Trago grueso y me quedo mirándola con expectación. Mi bella esposa sonríe con dulzura y emoción. No puedo creer lo tranquila y serena que se ve, en cambio, yo, estoy a punto de perder el control y volverme loco. Se levanta de la cama y se pone de pie. Quedo impactado cuando veo salir de entre sus piernas una cascada de agua que empapa toda la alfombra.

―Acabo de romper fuente… así que allí tienes tu respuesta.

Con eso es suficiente para que mis nervios se disparen y esté a poco de sufrir un infarto fulminante. Comprendo bien que mi mujer lo tome de manera relajada debido a que siendo doctora comprende que es un proceso que se da de forma natural antes de traer un hijo al mundo, pero maldición, todos los días no se es padre y estoy a punto de pagar el noviciado.

―Está bien, cariño, lo tengo todo controlado ―expreso con una calma que de ninguna manera refleja el verdadero estado en el que me encuentro, aun así, debo dar el ejemplo; demostrarle que soy el hombre y cabeza de esta familia―. Respira con pausa ―le indico nervioso y más cagado que nunca―, buscaré ropa limpia para ti, te limpiaré y luego prepararé todo para que vayamos a la clínica.

Entro al baño y me acerco al gabinete del lavabo para sacar una toalla. Abro la llave y la meto debajo del chorro para humedecerla. Respiro profundo para calmar mis nervios antes de regresar con mi mujer. Al entrar a la habitación la consigo desnuda.

»Deja que me encargue de ti, cariño ―me acuclillo frente a ella y limpio entre sus piernas―. Siéntate en la cama ―me levanto y la tomo de las manos para ayudarla―, necesito limpiarte los pies ―al terminar de asearla, arrojo la toalla al cesto de la ropa sucia y me dirijo al vestier para coger un camisón cómodo y holgado. Vuelvo con ella y la ayudo a vestirse―. Espérame aquí, cielo ―le indico un poco más calmado―. Iré por las maletas. Vuelvo por ti en un par de segundos.

Voy a la habitación de mi princesa y tomo la pequeña maleta que hemos preparado con sus cosas. Regreso a nuestra habitación y busco la que Priscilla dejó lista para ella.

―Ahora sí, mi reina ―me acerco a ella y la ayudo a ponerse de pie―, ya podemos marcharnos ―bajamos las escaleras poco a poco mientras seguimos realizando los ejercicios de respiración. Ya en la planta baja cojo las llaves de la mesita que está en la entrada y abro la puerta―. Espérame aquí, enciendo el auto y vuelvo por ti.

Antes de que me aleje me detiene.

―Cielo, ¿No crees que estás olvidando algo?

Me doy la vuelta y la observo con confusión. Estoy seguro de no haber olvidado nada, estuve practicando durante mucho tiempo para que, llegado el momento, todo saliera a la perfección.

―Creo que no, cariño ―respondo seguro―, he hecho todo según lo acordado.

Chequeo las maletas, las llaves del auto en mis manos y por último miro a mi esposa. Tengo todo lo que vamos a necesitar.

―¿Puedes por favor mirar hacia la parte baja de tu cuerpo?

Lo hago e inmediatamente me doy cuenta de que no llevo puestos los pantalones. ¡Mierda! Esto está saliendo peor de lo que pensaba.

―Lo siento, nena ―me excuso avergonzado―. Subo a la habitación y termino de vestirme. No tardaré ni un par de segundo ―grito al tiempo que subo las escaleras―, así que dile a nuestra princesa que espere por papi, que no desespere.

Tardo menos de lo calculado. Bajo los escalones de dos en dos y me acerco a mi mujer para plantarle un enorme beso en los labios.

―Te amo, cariño, no sabes lo feliz que me hace saber que pronto tendremos a nuestra hija en casa.

Un par de lágrimas de felicidad resbalan por sus mejillas. Levanto las manos y las limpio con mis pulgares.

―Yo también te amo, Paúl, y estoy feliz por esta preciosa familia que me has dado.

Corresponde al beso con la misma intensidad. Unos minutos después abandonamos nuestro hogar para marcharnos al hospital y ver nacer a nuestra adorada princesa.

Sin embargo, jamás nos imaginamos que esta sería la última vez que estaríamos juntos.

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