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Portada de la novela Tu Amor me duele

Tu Amor me duele

Isa, una restauradora madrileña, cuidó de Javi sin saber que era el magnate Javier Mendoza. Al recuperar su memoria, él la despreció cruelmente. Tras sufrir una agresión que dañó su mano y ser humillada por su entorno, huyó a Londres. Cinco años después, convertida en la influyente Isabela Vargas, regresa decidida a confrontar su pasado. Su objetivo es cobrar venganza contra quienes la traicionaron y desafiar al hombre que una vez prometió amarla.
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Capítulo 2

Carmen Mendoza deslizó un cheque sobre la mesa de centro desgastada.

Cien mil euros.

"Toma el dinero y desaparece de la vida de mi hijo. No manches el nombre de la familia Mendoza."

Su voz era fría, sin emoción, como si estuviera hablando del clima.

Miré el cheque. Luego la miré a ella.

"De acuerdo."

La sorpresa cruzó su rostro perfectamente maquillado por una fracción de segundo. No esperaba que yo aceptara tan rápido, sin negociar, sin llorar.

Se recompuso al instante.

"Sabia decisión."

Se levantó, su traje de diseñador sin una sola arruga, y se fue de mi pequeño piso en Lavapiés sin mirar atrás.

Cerré la puerta y el silencio se sintió pesado.

Me senté en el sofá, el único mueble decente que teníamos, y miré el apartamento. Las paredes necesitaban una mano de pintura. La bombilla del techo parpadeaba.

Este lugar, que había sido mi refugio, ahora se sentía como una jaula vacía.

Mis ojos se posaron en una pequeña foto enmarcada en la estantería. Éramos Javi y yo, sonriendo, en la cima de una montaña.

La tomé en mis manos.

El recuerdo era tan claro como el día.

Fue hace un año, en los Picos de Europa. Yo estaba allí visitando a mi abuelo, tratando de escapar de mis problemas económicos en Madrid. Lo encontré al pie de un acantilado. Estaba inconsciente, con una herida en la cabeza y la ropa hecha jirones.

No tenía identificación. No recordaba quién era.

Lo llevé a mi piso en Madrid. Le dije a mi compañera de piso que era un primo lejano.

Lo cuidé. Le limpié las heridas. Le di de comer. Cuando se recuperó, lo ayudé a encontrar un trabajo como repartidor en bicicleta.

Se hacía llamar "Javi" .

Nos enamoramos.

Fue un amor nacido en la pobreza, en las dificultades. Compartíamos una lata de fabada para cenar. Contábamos monedas para pagar el alquiler. Pero éramos felices.

Una noche, llegó a casa con una pequeña rosa de los vientos tatuada en la muñeca.

"Tú eres mi norte, Isa."

Me enseñó el tatuaje, sus ojos brillaban.

Yo le mostré el pequeño pájaro de madera que mi abuelo, un viejo carpintero, me había tallado. Se convirtió en nuestro tesoro, un símbolo de nuestro amor simple y puro.

Pero todo cambió un día.

Un hombre trajeado lo reconoció en la calle.

"¡Señor Mendoza!"

Al día siguiente, Carmen Mendoza y un séquito de hombres de negro aparecieron en nuestra puerta. Se lo llevaron.

Días después, recuperó la memoria. Javi, el repartidor de buen corazón, desapareció. En su lugar estaba Javier Mendoza, el heredero frío y distante de un imperio inmobiliario.

Me llamó una vez. Su voz era diferente. Formal.

"Isa, necesito tiempo."

Intenté creerle. Me dije a mí misma que solo estaba abrumado, que volvería a ser mi Javi.

Entonces vi las noticias.

Una foto en la portada de una revista. Javier Mendoza y Sofía de la Torre, la heredera de un imperio bancario, anunciando su compromiso. Su mano estaba en la cintura de ella. Sonreían a las cámaras.

Ese día, entendí.

La brecha entre su mansión en el barrio de Salamanca y mi piso en Lavapiés era demasiado grande. El amor no podía cruzarla.

Decidí irme. Empecé a buscar información sobre visados para estudiar en Londres. Quería usar mi talento para la restauración de arte, construir una vida propia, lejos de él.

Una tarde, mientras caminaba por la calle Serrano, los vi. Salían de una joyería de lujo. Él le sostenía la puerta del coche. Ella le dio un beso en la mejilla.

Mi corazón se detuvo.

Javier me vio. Su rostro se endureció.

Se acercó a mí, dejando a Sofía junto al coche.

"¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo?"

Su voz era un látigo.

"La prensa ya está inventando historias. No quiero que armes un escándalo."

No me dio tiempo a responder.

Sofía se acercó, con una sonrisa perfecta y falsa.

"Javier, cariño, no seas tan duro. ¿Es una amiga tuya? ¿Por qué no se une a nosotros para tomar un café?"

Su invitación era una trampa.

Terminamos en una cafetería de lujo. El menú estaba en francés. Yo no entendía nada. Me sentí pequeña, ignorante, fuera de lugar.

Sofía pidió por mí, con un tono condescendiente.

"A ella le gustará un café con leche. Sencillo."

Luego, mientras hablaba de sus próximas vacaciones en St. Barts, su mano "resbaló" . Una taza de café hirviendo se derramó sobre mi mano.

Grité de dolor.

"¡Oh, Dios mío! ¡Qué torpe soy!"

Exclamó Sofía, cubriéndose la boca con una mano, pero sus ojos brillaban de malicia.

Javier ni siquiera me miró. Se levantó de un salto para atender a Sofía.

"¿Estás bien? ¿Te has manchado el vestido?"

La inspeccionó de arriba abajo, su preocupación era toda para ella.

Me miró a mí, que sostenía mi mano quemada y temblorosa, con fastidio.

"Isa, no seas dramática. Ha sido un accidente."

Se fue con Sofía, su brazo protector alrededor de los hombros de ella. Ella me lanzó una mirada de triunfo por encima de su hombro antes de desaparecer.

Me quedé sola, con la mano ardiendo y el corazón hecho pedazos.

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