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Portada de la novela Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Julian Mcgee, el poderoso heredero de Manhattan, juró protegerme, pero su amor se tornó en una obsesión letal por Katia French. Ignorando mi embarazo, me sometió a la humillación pública junto a su amante. Tras enfrentarlos, mi esposo me traicionó enviándome a prisión mientras espero a nuestro hijo. En la soledad de mi celda, sus amenazas contra mi bebé confirmaron que ha destruido nuestro hogar. Mi vida soñada es hoy una pesadilla de abandono y crueldad.
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Capítulo 1

Mi esposo, Julian Mcgee, una estrella en ascenso de Manhattan y heredero de una familia muy influyente, una vez estuvo totalmente consagrado a mí. De hecho, desafió a sus padres elitistas por nuestro amor y me prometió que estaríamos juntos para siempre.

Sin embargo, después de un tiempo, apareció Katia French. Un día, encontré una carpeta secreta en el portátil de mi esposo, con un montón de fotos de ella y análisis detallados de su vida. Parecía obsesionado.

Cuando le pregunté al respecto, él me prometió que no era nada, solo "curiosidad", y yo, aferrándome al recuerdo del hombre que me adoraba, elegí creerle. A pesar de eso, su manera de "manejar" el asunto fue comenzar un romance con ella, llevándola a eventos públicos, lo cual fue supremamente humillante para mí.

Cuando descubrí que estaba embarazada, esperé que nuestro bebé salvara nuestra relación. De hecho, durante unas semanas, él parecía feliz.

Sin embargo, una vez, Katia llamó, diciendo que Julian también quería un bebé con ella y que estaba perdiendo mi "puntuación" en su corazón. Entonces, un día, en un momento de pura frustración, le di un bofetada a esa mujer. El castigo de mi esposo fue terrible: hizo que me arrestaran, aun sabiendo que yo tenía tres meses de embarazo, y me dejó en una celda fría.

Incluso se inclinó hacia mi vientre y susurró: "Tu madre se portó mal, y este es su castigo".

El hombre que una vez movió cielo y tierra por mí ahora me abandonaba en una celda, dándole prioridad a su amante. Mi cuento de hadas se había convertido en una pesadilla, y yo no podía entender cómo habíamos llegado a todo esto.

Capítulo 1

El metal frío de las esposas se clavaba en las muñecas de Esther. La mujer miró a su esposo, Julian Mcgee, quien tenía una expresión llena de indiferencia. Al lado de él, Katia French lo agarraba del brazo con una leve sonrisa de triunfo.

"Julian, por favor", suplicó Esther con voz entrecortada. "No la toqué. Ella se cayó sola".

Julian la miró con frialdad. Él era un prodigio del derecho, heredero de una dinastía neoyorquina, el hombre que se suponía que la amaría para siempre, pero ahora la miraba como si fuera una extraña, algo que no valía nada.

"Llévensela", les ordenó él a los oficiales que había llamado personalmente. "Necesita aprender una lección".

Tomó esa decisión para calmar a Katia, su nueva obsesión, y lo hizo mientras Esther tenía tres meses de embarazo.

Inseguros, los oficiales miraron el vientre de la mujer. "Señor, está embarazada".

"Solo va a ser una noche en una celda", respondió el hombre con frialdad. "Le dará un poco de tiempo para reflexionar sobre sus acciones".

Luego se inclinó, acercó su rostro al vientre de Esther y habló en un tono tan suave que resultaba escalofriante. "¿Escuchas eso, pequeño? Tu madre se portó mal, y este es su castigo. Sé un buen chico y no le des problemas".

Una ola de puro terror invadió a Esther. Ese no era el hombre con el que se había casado: era un monstruo.

"Julian, es tu bebé", susurró ella mientras las lágrimas le corrían por el rostro. "Nuestro bebé".

El hombre se burló con crueldad. "¿Entonces por qué intentaste lastimar a Katia? ¿Acaso pensaste en nuestro bebé en ese momento?".

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta, guiando a Katia, quien todavía "temblaba", mientras dejaba que llevaran a su esposa hacia un auto de policía. En ese momento, Esther sintió que el mundo se le venía encima y que su cuento de hadas se había convertido en una pesadilla.

No podía entender cómo había llegado a ese punto. Julian Mcgee era la estrella en ascenso de la élite de Manhattan, el brillante heredero del imperio corporativo Mcgee. Y la había elegido a ella, Esther Briggs, una simple artista textil de una familia de clase media.

Llevaban cinco años casados y ocho juntos. Para estar con ella, él había desafiado a sus poderosos padres, Bert y Caryl Mcgee, quienes la veían como una mujer ordinaria, alguien indigno de formar parte de su dinastía.

Sin embargo, Julian siempre la defendía y estaba completamente consagrado a ella. Regresaba de sus viajes internacionales solo para cenar con ella, compraba galerías enteras solo por una obra y hasta había amenazado con romper la relación con su familia si le imponían un matrimonio, diciendo: "Esther es la única mujer con la que voy a casarme. Sin ella, el imperio Mcgee puede venirse abajo".

La quería con tanta devoción que le construyó un estudio de arte privado en su penthouse con vista al Central Park y le consiguió los mejores materiales del mundo. Pasaba horas sentado solo observándola trabajar, con la mirada llena de un amor tan profundo que se podía sentir.

Cuando le propuso matrimonio, una noche alquiló todo el Museo Metropolitano de Arte. Se arrodilló en el Templo de Dendur, y su voz temblaba mientras le pedía que fuera su esposa.

Todos decían que era la mujer más afortunada del mundo, y ella también lo había creído.

Pero, hacía seis meses, apareció Katia French. Esther escuchó ese nombre por primera vez porque una amiga lo mencionó, una columnista de chismes que cubría los chismes de la alta sociedad de la ciudad.

"Hay una nueva 'artista de performance' en la ciudad, Katia French", le dijo la chica durante un almuerzo. "Es la nueva sensación. Se presentó en una recaudación de fondos y declaró públicamente que iba a conquistar al hombre más inalcanzable de Nueva York: tu Julian".

De inmediato, la historia se convirtió en el tema de conversación de su círculo. Katia era una influencer de redes sociales, una artista autoproclamada cuyo medio era la manipulación mental. Era astuta y apuntaba a hombres poderosos y ricos.

Sus amigas le advirtieron. "Ten cuidado. Esa mujer es una depredadora".

Esther se rio al oír esos comentarios.

"Julian me ama", dijo, completamente segura.

Y su confianza no era infundada. Estaba construida sobre ocho años de devoción inquebrantable, el recuerdo de él protegiéndola del desprecio de su familia, las noches tranquilas que habían tenido juntos y las declaraciones de amor apasionadas. Ella era su mundo, así que ninguna tonta podría cambiar eso.

Pero luego encontró la carpeta secreta en su portátil. Era tarde, en la noche. Julian estaba dormido, y ella estaba usando el computador de él para buscar una receta. La carpeta estaba etiquetada como "Proyecto K.F". Adentro había cientos de fotos de Katia French. Algunas eran profesionales, otras eran fotografías espontáneas tomadas desde lejos. Había notas, análisis detallados de las publicaciones de la mujer en redes sociales, sus gustos, las cosas que odiaba. Parecía una obsesión.

Al ver eso, Esther sintió un fuerte dolor en el estómago y se sintió enferma.

Entonces lo despertó. Sus manos temblaban mientras agarraba el portátil. "¿Qué es esto, Julian?".

Él miró la pantalla, y, por un momento, un destello de algo ilegible cruzó su rostro antes de que se recompusiera. Enseguida, la atrajo hacia sí y le dijo con voz suave y tranquilizadora: "Mi amor, no es nada. Ella es... interesante. Me da... curiosidad, eso es todo".

"¿Curiosidad?", preguntó ella con voz tensa.

"Desde una perspectiva de marketing, su 'marca' entera es fascinante", explicó el hombre, quien tampoco se creía esa excusa tan débil. "Es una nueva forma de ejercer influencia sobre el público. Solo estoy... estudiando sus métodos. Ya sabes cómo me pongo".

Le prometió que nunca la traicionaría y que sabría cómo manejarlo. Y ella, aferrándose al recuerdo del hombre que la había adorado, eligió creerle.

Sin embargo, su manera de "manejarlo" fue comenzar un romance con Katia. Empezó a llevarla a eventos públicos, presentándola como una "socia de negocios". La primera vez, en una subasta benéfica, la sentó en su mesa, y la humillación fue terrible. Esther sintió los ojos de todo el mundo sobre ella.

Lo enfrentó al llegar a casa. Subía cada vez más la voz con cada acusación de traición que le dirigía.

"Quiero el divorcio, Julian".

Al escuchar eso, el comportamiento de él cambió instantáneamente y la fachada encantadora se desvaneció, reemplazada por una frialdad escalofriante. "No".

"¡No puedes hacerme esto!".

"No seas dramática, Esther", respondió en voz baja y peligrosa. "Eres mi esposa, y seguirás siéndolo, así que no vuelvas a decirme esa palabra".

Al escuchar eso, ella se quedó atónita, como si le hubieran dado una bofetada.

Al día siguiente, Katia la llamó. "Hola, Esther. Solo quería saber cómo estabas", le dijo esta con voz empalagosa. "Julian se siente fatal de que te hayas molestado anoche".

"¿Qué quieres?", soltó Esther con indiferencia.

"Solo llamo para que sepas en qué posición estás. Tengo un pequeño sistema que uso para rastrear el afecto de las personas. Una puntuación de qué tanto le gustas a una persona, se podría decir. En este momento, mi puntuación con él es del setenta y cinco por ciento. La tuya, bueno... ha estado cayendo".

Esther colgó. Unos días después, descubrió que estaba embarazada, y pensó que eso podía salvarlos: un bebé, de ambos. Eso era lo único que podría traer de vuelta al viejo Julian.

Cuando se lo contó, él parecía feliz. Durante unas semanas, las cosas fueron casi normales. Estaba atento, cariñoso, hablaba de nombres para el bebé y guarderías, así que la esperanza, frágil y desesperada, comenzó a florecer en el corazón de Esther.

Entonces Katia llamó de nuevo.

"¡Felicidades!", le dijo esta con hipocresía. "Pero un bebé no cambiará nada. De hecho, Julian acaba de decirme que quiere que yo también tenga un bebé con él. Cree que nuestro hijo sería una verdadera obra de arte. Mi puntuación con él ahora es del ochenta y cinco por ciento, así que pronto será completamente mío. Tú, tu casa, tu bebé... todo será mío".

Algo dentro de Esther se rompió al escuchar esas palabras. Los meses de manipulación emocional, humillación y dolor estallaron. Esa tarde, cuando Katia apareció en su penthouse sin invitación, Esther la abofeteó; no fue una bofetada fuerte, más bien una liberación de frustración, pero la otra vio su oportunidad en ese momento.

El castigo de Julian fue terrible: hizo que la arrestaran.

Ahora, sentada en la fría celda de retención, con un único bombillo zumbando sobre su cabeza, la joven sintió cómo morían los últimos vestigios de su amor por él. La humillación, las amenazas, la aventura pública... lo había soportado todo. Pero hacerla arrestar mientras llevaba a su hijo... eso era un nuevo nivel de crueldad.

Pensando en eso, tocó su vientre. La pequeña vida que llevaba dentro de sí era lo único que la conectaba con el hombre que una vez amó. En ese momento se dio cuenta, con una claridad que era aterradora y liberadora al mismo tiempo, que también tenía que cortar esa conexión.

Miró las paredes sucias de la celda y observó los rostro de las otras mujeres, cuyas expresiones oscilaban entre la desesperación y la resignación.

Después de unas horas, la dejaron salir. El aire de la ciudad se sentía pesado y contaminado. Al llegar a su edificio, el portero la miró con lástima.

Cuando entró al apartamento, Julian no estaba ahí. Por supuesto que no estaba. Probablemente estaba con Katia.

Luego le llegó un mensaje a su celular. Era una foto de un número desconocido. Su esposo y esa mujer, abrazados en un jet privado, riendo. El pie de foto decía: "Me está llevando a París por el fin de semana. Una verdadera artista necesita inspiración".

Otro mensaje siguió. "Solo ríndete, Esther, ya perdiste. Firma los papeles del divorcio que te él te dejó y aléjate con una pizca de dignidad".

Miró el rostro de su esposo en la foto. Los ojos que una vez la miraron con tanto amor ahora tenían un brillo frío y posesivo por otra mujer.

El amor se había ido, todo, y había sido reemplazado por una determinación fría y dura.

No solo se iba a alejar, sino que dejaría su marca.

Entonces le envió un correo electrónico a su abogado, adjuntando una copia escaneada de una solicitud de divorcio. "Archiva esto de inmediato".

Luego le envió otro mensaje, esta vez a Katia. "¿Quieres la fortuna de los Mcgee? Ayúdame a finalizar este divorcio, y estarás un paso más cerca de quedarte con todo".

Luego, compró un tiquete de ida a Londres, un lugar donde tenía una historia, una amiga, el sitio perfecto para desaparecer.

Su última parada fue una clínica privada en una parte discreta de la ciudad. Ahí se sentó frente a la doctora con las manos entrelazadas en el regazo.

"Quiero un aborto", declaró con firmeza. "Y quiero que se preserve el feto".

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