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Portada de la novela Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Traicionada por el amor, salvada por el sacrificio

Julian Mcgee, el poderoso heredero de Manhattan, juró protegerme, pero su amor se tornó en una obsesión letal por Katia French. Ignorando mi embarazo, me sometió a la humillación pública junto a su amante. Tras enfrentarlos, mi esposo me traicionó enviándome a prisión mientras espero a nuestro hijo. En la soledad de mi celda, sus amenazas contra mi bebé confirmaron que ha destruido nuestro hogar. Mi vida soñada es hoy una pesadilla de abandono y crueldad.
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Capítulo 2

La doctora, una mujer de unos cincuenta años y de rostro amable, miró a Esther con una mezcla de sorpresa y preocupación. "Señora Briggs... Esther. ¿Estás segura? Esta es una decisión extrema".

Pero la aludida no se inmutó. El hombre que prometió tratarla como a una reina cuando estuviera embarazada, el que sostuvo su mano durante las ecografías y el que le dio masajes en su espalda adolorida, ahora era la razón por la que estaba ahí. El contraste era como un dolor punzante en el estómago.

Ahora toda esa ternura se dirigía a otra mujer. Esa devoción se había convertido en un arma en su contra.

Su rostro era una máscara de dolor, pero su corazón se endurecía como una piedra.

"Estoy segura", le respondió a la doctora con firmeza. "No quiero al bebé".

El procedimiento fue frío, una invasión clínica. Sintió el raspado y el tirón; la vaciaron. Aquello era una manifestación física de lo que Julian le había hecho a su alma.

Sintió que algo dentro de ella se desgarraba, una parte que había estado llena de esperanza y amor. Pero ahora solo era un vacío doloroso y hueco.

Cuando terminó, una enfermera preguntó suavemente: "¿Le gustaría...verlo?".

Al escuchar esa pregunta, Esther finalmente se rompió y un sollozo crudo y gutural escapó de sus labios. "¡No! ¡Quítenmelo de aquí!".

Se acurrucó en la cama mientras las lágrimas y la sangre se mezclaba en las sábanas blancas. Susurró su nombre, una y otra vez, como una maldición.

"Julian, Julian. se acabó".

Después de eso, cayó en un sueño inquieto y agotador. Cuando despertó, estaba oscuro afuera y la habitación estaba en silencio. Revisó su celular, pero no había llamadas perdidas. Ningún mensaje de él. Por supuesto que no. Estaba en París con Katia.

Entonces abrió Instagram y vio que esa mujer había publicado una nueva foto. Una fotografía de ellos en primer plano, besándose frente a la Torre Eiffel mientras las luces de la ciudad brillaban en la parte de atrás. El pie de foto decía: "La ciudad del amor, con mi amorcito. Él me hace sentir como la única mujer en el mundo. ❤️".

Esther miraba la foto sin ninguna expresión en el rostro. No sentía nada. El dolor era tan inmenso que se había convertido en entumecimiento.

En ese momento, llamó a la enfermera. Su voz carecía de emoción. "El... feto. Lo necesito preservado, como lo pedí antes".

La mujer regresó con un pequeño contenedor sellado. Esther lo tomó con mano firme, pensando que haría pagar a ese hombre. Le haría ver el monstruo en que él se había convertido.

Tenía una semana antes de su vuelo a Londres, el tiempo suficiente para dejar atrás su antigua vida y garantizar la seguridad de sus padres.

De vuelta en el penthouse, el silencio pesaba. Caminó hacia el gran refrigerador de acero inoxidable, el que su esposo había mandado a pedir especialmente desde Alemania.

Abrió la puerta y puso el pequeño contenedor adentro, escondido detrás de una caja de leche orgánica. Un pequeño recipiente en un lugar frío y oscuro.

Sin embargo, justo cuando cerraba la puerta, escuchó una llave en la cerradura. Julian había vuelto.

El hombre entró a la cocina; se veía cansado pero satisfecho consigo mismo. Aún llevaba puesto el traje elegante de la foto, pero estaba un poco arrugado. El tenue aroma del perfume de Katia, un olor empalagoso y dulce, se aferraba a él.

"Esther", dijo con tono casual.

La chica no lo miró. Él vio el contenedor en el refrigerador mientras alcanzaba una botella de agua y preguntó: "¿Qué es eso?".

"Sobras", respondió ella rápidamente, cerrando la puerta. Su voz era plana, vacía.

Al percibir el cambio en ella, Julian frunció el ceño. Estaba acostumbrado a sus lágrimas, su ira, sus súplicas, pero esta frialdad era nueva, lo cual lo inquietó.

Al instante, sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo en la que había un collar de diamantes; un soborno, una falsa disculpa.

"Te traje algo", dijo él con tono conciliador. "Olvidemos lo que pasó. Me llevaste al límite, Esther, pero podemos superarlo".

¿En serio? ¿Quería que olvidara que la habían arrestado, que la había humillado públicamente?

No dijo nada, solo miró la pared detrás de Julian, quien suspiró, con un destello de irritación en sus ojos. "¿Por qué te estás comportando así? ¿Todavía estás molesta? Piensa en el bebé".

Dicho eso, el hombre extendió la mano con la intención de tocar su vientre, que aún estaba plano.

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