Portada de la novela Mi seductor Desconocido

Mi seductor Desconocido

8.2 / 10.0
En Mi seductor Desconocido, Valeria lucha por salvar su empresa tras una traición. Tras una noche con un extraño, descubre que es Damián Black, un CEO implacable que ahora controla su destino. Disfruta esta novela de romance y billionaire romance novels en este sitio de web novels free.
Resumen de Mi seductor Desconocido
Valeria Torres se enfrenta al colapso de su legado familiar tras ser víctima de engaños devastadores. Buscando consuelo, vive un encuentro fugaz con un desconocido que desaparece al amanecer. El destino la golpea de nuevo al descubrir que aquel hombre es Damián Black, un magnate implacable que ahora controla su empresa y su vida mediante un contrato imprudente. Atrapada en una atracción peligrosa, ella luchará por su libertad frente al poder de Damián.
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Mi seductor Desconocido Capítulo 1

No sé en qué momento de la tarde decidí que hoy necesitaba beber. Tal vez fue cuando revisé por décima vez el balance de cuentas y confirmé que el agujero financiero era más grande que el mes pasado. O quizá cuando mi socio, el mismo hombre que juró que "éramos familia", desapareció con una parte de los fondos de la empresa y no contestó mis llamadas.

Lo cierto es que no soy de bares. No me gusta la música alta ni los desconocidos que creen que una mujer sola es una invitación abierta. Pero esa noche, la soledad pesaba tanto que el ruido me pareció más acogedor que el silencio de mi apartamento.

Empujé la puerta del bar más cercano a la oficina y el olor a madera, licor y cigarrillos viejos me recibió como un golpe. Era un sitio pequeño, con luces bajas, de esos en los que puedes pasar inadvertida... o crees que puedes.

Me senté en la barra. El taburete estaba frío y algo inestable, como si llevara años ahí. El barman, un tipo calvo con barba canosa y tatuajes en los antebrazos, me lanzó una mirada rápida.

-¿Qué va a tomar?

-Whisky doble. Sin hielo. -Lo dije sin pensarlo, como si mi boca hubiera tomado la decisión por mí.

Él arqueó una ceja.

-Día difícil.

-Difícil es poco. -Suspiré y me dejé caer un poco hacia adelante-. Hoy descubrí que los traidores no siempre llevan máscara... a veces usan tu mismo apellido.

El hombre soltó una risa seca mientras servía.

-Eso suena a historia para otra ronda.

No respondí. Tomé el vaso y bebí un sorbo que quemó mi garganta pero me calentó el pecho.

Pasaron unos minutos en los que intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuera mi empresa al borde de la quiebra. Observé las botellas alineadas detrás de la barra, las mesas dispersas, un par de parejas hablando en voz baja. Entonces lo vi.

Estaba sentado a dos taburetes de distancia, traje negro perfectamente entallado, corbata floja, copa de vino tinto en la mano. No era el típico cliente de un bar así; más bien parecía alguien que debería estar en un restaurante caro o en una reunión de alto nivel. Tenía el cabello oscuro, perfectamente peinado, y unos ojos... Dios, esos ojos. Oscuros, intensos, como si vieran más de lo que deberían.

Me miraba. No disimulaba.

-¿Puedo ayudarle? -le solté, con más filo del necesario.

Sonrió apenas, ladeando la cabeza.

-Parece que alguien está perdiendo la guerra.

Fruncí el ceño.

-¿Y usted parece de esos que se creen generales sin haber pisado un campo de batalla?

Su sonrisa se ensanchó un poco, como si le divirtiera mi respuesta.

-Tal vez. O tal vez soy el enemigo que viene a ofrecerte un trato.

-No estoy comprando nada esta noche -repliqué, girándome hacia mi vaso.

-No siempre se trata de comprar -dijo, acercándose un poco-. A veces se trata de ganar.

-¿Y usted siempre habla en acertijos o solo cuando intenta impresionar a una mujer? -pregunté sin mirarlo.

-Solo cuando la mujer en cuestión parece necesitar que alguien le recuerde que no ha perdido todavía.

Solté una carcajada breve.

-Usted no sabe nada de mí.

-Sé que está bebiendo whisky sin hielo, que su vestido está arrugado como si hubiera pasado el día entero sentada en una oficina, y que tiene esa mirada de quien carga un problema más grande que su orgullo.

Me giré lentamente hacia él.

-¿Y qué? ¿Va a ofrecerme una solución milagrosa?

-No. -Su voz bajó, grave-. Voy a ofrecerle otra copa.

Lo estudié por un momento. No parecía borracho ni idiota. Tenía esa confianza peligrosa que solo tienen los hombres que saben lo que quieren. Y esa noche... tal vez yo necesitaba un poco de eso.

-Está bien. Una más.

El barman trajo otra ronda, y en cuestión de minutos estábamos hablando como si el resto del bar hubiera desaparecido. No le di mi nombre, y él no ofreció el suyo. Entre sorbos y frases cortas, nos lanzábamos dardos disfrazados de humor.

-Dígame, ¿siempre analiza a desconocidas en bares? -pregunté después de que señalara, con una precisión escalofriante, que yo evitaba mirar mi teléfono porque temía malas noticias.

-Solo a las que intentan esconderse detrás de un vaso -respondió-. Y usted... se esconde mal.

-Tal vez no me estoy escondiendo. Tal vez estoy cazando.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa.

-Entonces... ¿me está cazando a mí?

-No. -Bebí un trago largo-. A usted lo descarto. Demasiado seguro de sí mismo, demasiado traje caro para este lugar.

-O tal vez demasiado traje caro para usted.

Eso me hizo sonreír.

-No me intimida su cuenta bancaria.

-No es mi cuenta bancaria lo que debería intimidarla.

No sé en qué momento pasamos de las miradas largas a las manos rozándose en la barra. Tal vez fue cuando se inclinó para decirme algo y su voz me rozó la piel del cuello. O cuando su rodilla rozó la mía y no aparté la pierna.

-Debería irme -dije, aunque mi cuerpo no estaba de acuerdo.

-Debería -asintió él, pero no se movió-. O podría quedarse.

-No sé su nombre.

-No lo necesita.

No sé qué demonio se apoderó de mí, pero esa noche no fui la mujer que siempre medía cada paso. Seguí su mirada hasta la puerta, y un minuto después estábamos afuera, bajo el frío de la madrugada. Él levantó la mano, detuvo un taxi, me abrió la puerta y yo entré sin protestar.

El resto... fue una neblina de calor, piel y susurros rotos. Recuerdo su boca contra mi cuello, sus manos firmes, la forma en que parecía saber exactamente cómo tocarme para que olvidara todo lo demás. Recuerdo pensar que esa era la primera vez en meses que no sentía miedo, sino algo mucho peor: la certeza de que estaba cruzando una línea de la que no habría regreso.

Desperté sola, con la sábana enredada alrededor de mi cuerpo y un silencio incómodo llenando la habitación. Sobre la mesa de noche, una servilleta con una frase escrita a mano: "Fue un placer."

La leí dos veces antes de arrugarla. No había un número, ni un nombre, nada. Perfecto. Así era más fácil enterrarlo en mi memoria y fingir que nunca pasó.

O al menos... eso pensé en ese momento.

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Tabla de contenidos de Mi seductor Desconocido

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