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Portada de la novela Te Odio a Primera Vista

Te Odio a Primera Vista

La estabilidad de Savannah Grey desaparece cuando su editorial se une a la de Maximus Bennett, su rival más detestado. Maximus, un escritor audaz apodado Cupido, choca frontalmente con los ideales románticos de Savannah mediante su actitud provocadora. Obligados a colaborar en una campaña para atraer lectores, ambos se sumergen en una tensa dinámica profesional. Entre conflictos, él se propone demostrarle que su concepto del hombre perfecto es solo una fantasía.
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Capítulo 3

POV : MAXIMUS.

―Está muerto… yo mismo le arranqué la última gota de vida con mis manos y enterré su corazón en lo profundo del mar…

Mary, con la mirada brillosa por la insinuación de esas lágrimas que no podía contener, levantó el rostro y me miró con una emoción que le cerraba la garganta y no le dejaba hablar.

―¡Eres un cabrón Max! ―espetó secando la lágrima de su rostro― Aún no entiendo cómo es posible que seas capaz de hacer algo así.

Su voz se escucha quebrada y melancólica. Una sensación de devastación emocional se comunica en sus palabras.

Río y disfruto, sus palabras de confusión y desconcierto son combustible para mi ego. Esa era justamente la reacción que estaba esperando de ella.

Lo he logrado. Sigo teniendo el don; sigo siendo Dios, el dios de mi propio mundo de amor y deseo.

Acabo de escribir una nueva historia que se convertirá en oro literario, estoy seguro. Un nuevo Best Seller viene en camino.

―Es sencillo, hermanita ―le dije, al tiempo que llené mi vaso de ese buen whisky escocés que mi garganta me pedía a gritos― solo canalizo todo lo que aprendimos del amor gracias al matrimonio perfecto de papá y mamá y le doy a ellas justo lo que quieren leer.

Mary asiente con una mirada burlona y una mueca de negación en su boca.

―Lo cuentas como si fuese sencillo.

―Para nada, no es nada sencillo ser el dios del amor para tantas personas en el mundo ―el gesto de abrir las manos de manera humilde solo sirve para restarle humildad a mi afirmación.

―¡Cabrón! ―sentenció Mary, quién me conoce a la perfección desde toda la vida y sabe que es lo que en verdad quiero decir― recuerda que conmigo no es necesario el personaje.

Ella es mi hermana menor, pero también es quien me cuida como a un niño desde que dejamos el campo para enfrentarnos a la vida de la ciudad: Yo como un exitoso escritor, ella como mi conciencia ambulante.

El sol se está poniendo en el horizonte, dejando que sus últimos rayos dorados se desvanezcan lentamente atravesando los cristales de mi estudio en la mansión de turno en las afueras de la ciudad. Me recliné contra el espaldar de mi silla de terciopelo haciendo un nuevo esfuerzo por disfrutar de esa vida de playboy supermillonario que me había ganado con tanto esfuerzo.

No tengo otra manera de ocultar mi verdadero dolor.

Mis lectoras obsesionadas me conocen como Cupido, para mi hermana soy simplemente Max. Para la opinión pública soy Maximus Bennett, un escritor exitoso y admirado; para mi hermana solo soy el engreído que ha triunfado con mucha suerte.

Que tierna Mary, mi agente y mi principal hater al mismo tiempo.

Esa tarde estar sentado frente a mi escritorio era lo mejor que me podía pasar. Mi estudio era mi mundo donde podía ser quien en verdad era. Aquel era un espacio lleno de estanterías repletas de libros que eran un refugio donde podía sumergirme en mis historias y desconectarme del mundo exterior.

Sin embargo, aquel día, Mary no había irrumpido mi pacífico retiro solo para llorar al escuchar el final de mi próximo éxito de ventas que recién estaba terminando de pulir, sino que se presentó con una propuesta que me sacudió de inmediato por lo descabellado que era el asunto.

—Max, tengo una idea fabulosa―, dijo Mary con entusiasmo mientras saca su teléfono para mostrarme una publicidad―. He pujado a tu nombre en una subasta benéfica y ¿Qué crees? ¡Ganaste!

Le miré confundido y sin un ápice de ánimo. Esas ideas suyas a menudo eran así de espontáneas y alocadas. Mary tenía la suerte de ser mi hermana, por lo que me veía en la obligación de tolerarla, aunque no soportara en lo absoluto esas ideas impulsivas que se le ocurrían cada cierto tiempo.

―Si no gano otra botella como esta maravilla ―le digo señalando la botella cuyo contenido esta pronto a terminarse― el premio entonces no me interesa.

―Claro que te interesa estúpido, es algo que mantendrá tu nombre en boca de todos.

Guardé silencio con detenimiento mientras hacia el esfuerzo de recordarme que gran parte de mi imagen pública se la debía a ella; Mary había tenido mucho que ver en la construcción de “Cupido”.

―Habla.

Mary se acomoda el flequillo detrás de la oreja y sonríe fingiendo timidez ―El premio es una cita a ciegas para ti.

Conteniendo la decepción levanté la vista de mi escritorio, frunciendo el ceño.

Las citas a ciegas no eran mi estilo. Prefería la tranquilidad de una conquista segura, de preferencia de una sola noche y con alguna chica linda o una celebridad; siempre iba a preferir eso en lugar de sumergirme en el juego de las relaciones verdaderas, pero Mary, con su chispa característica, continuó animada, contándome su plan.

―No puedes seguir ocultándote detrás de la fama y el éxito Max ―replicó Mary―. La gente necesita verte, verte de verdad; La gente necesita verte interesado en el amor y en la vida, no solo en tus libros… las encuestas están hablando: La gente quiere a un Cupido menos “dios” y más “humano”.

Suspiro, dándole a mi hermana una mirada resignada. Muy en el fondo yo sabía que en parte ella si tenía razón. La imagen que proyectaba al público era importante para mi carrera y una cita a ciegas podría ser una forma de mostrar que “Max” no solo era un escritor exitoso, sino también un hombre con una vida emocional plena: Un hombre que vive lo que escribía.

—Está bien, Mary, si la gente quiere ver algo diferente al Cupido conquistador y libre, entonces le daremos a un “Max enamorado”―sentencié con desgano, al final de cuentas todo sería una mentira.

Mi vida era eso, una gran mentira, yo no creía en lo que escribía y en el amor, para mí el resultado era siempre el mismo: Derrota.

Me levanté despidiéndome de Mary para regresar a mi habitación. Pasé directo al baño tratando de borrar la sonrisa de mí hermana de mí memoria, pues en la tina me espera una rubia a la que le haría el amor un par de veces antes de despedirla, luego de romperle el corazón sin piedad con una sola frase: No eres tú, soy yo.

Sacudí la cabeza para no pensarlo tanto mientras me quitaba la ropa para hacerle compañía a la rubia.

Tal vez Mary tenía razón.

(…..)

Al día siguiente me encuentro vestido con mi mejor traje de diseñador italiano, repasando mentalmente porque aquello era una buena idea, listo para bajar de mi coche y entrar al restaurante.

A pesar de mi renuencia inicial, estaba decidido a hacer de aquella noche algo memorable. Llegué al imponente restaurante que Mary me había indicado y tal como ella lo había dicho, un par de reporteros esperaban junto a la puerta. (seguramente ella misma había filtrado la información)

La seguridad del lugar intervino y solo permitió que me hicieran un par de preguntas y les conceda una foto. El plan funciona, tal como Mary lo dijo.

Entonces soy conducido hasta una mesa reservada en la esquina del comedor, con vista a la ciudad iluminada. El Salón es amplio y elegante. Hay varias mesas en el espacio, pero lo suficientemente alejadas para que cada una tenga un aura de privacidad.

―Perfecto… ella es una impuntual ―susurré con sorna mientras le marcaba a Mary.

―¿Qué tal la chica? ― de inmediato me acribilla la pregunta, apenas se establece la comunicación.

―Ni siquiera ha llegado… esto tiene mala pinta.

―No comas ansias, Max… tal vez sea una mujer guapísima, inteligente y bondadosa.

―La mujer perfecta para ti ―le digo sin pena.

―Sabes que si ―me responde Mary, para quien se ha vuelto costumbre el tono melancólico―, lamentablemente no todos tenemos “tu suerte” en el amor.

Una risita se dibuja en mi rostro, más por vergüenza que por cualquier otra cosa.

Me da un poco de tristeza que mi hermana no tenga suerte en el amor, pero es su culpa por idealizar a la mujer perfecta y no darle la oportunidad al ejército de chicas que le coquetean a diario.

―Tal vez esta cita a ciegas debió ser para ti.

―¡Cabrón! ―Me lanza su característica despedida, antes de dejarme remarcado un regaño soberano―… no lo arruines, ya en las redes sociales están las primeras reacciones de tu arribo al restaurante… las cosas están saliendo bien.

―Perfecto… Crucemos los dedos por una pelirroja ―le digo riendo y termino la llamada.

Dejé salir el aire de mis pulmones mientras mi espalda se acomodaba en la silla y estaba a punto de llamar al mesero para pedir un vaso con whisky cuando escuché pasos acercándose desde mi espalda.

De manera extraña sentí cómo la expectativa comenzaba a tomar forma. Giré la vista y a medida que las luces tenues del restaurante iluminaban la figura que se acercaba, sentí cómo mi corazón latía con fuerza en mi pecho antes de abrir la boca para expresar mi jodida sorpresa.

―¡Pero miren quién está aquí!

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