Portada de la novela Fuera de juego

Fuera de juego

9.1 / 10.0
En Fuera de juego, Seren Vael protege su secreto tras una máscara perfecta hasta que Matteo Vrel, el capitán rival, amenaza con exponerlo. Este lgbt book explora la colisión entre el deber y el deseo. Lee este romance novel donde cada elección pone en riesgo una década de engaños.
Resumen de Fuera de juego
Seren Vael ha pasado diez años construyendo una imagen pública perfecta para proteger un secreto devastador. No obstante, su estabilidad se ve amenazada tras conocer a Matteo Vrel. El cauteloso capitán del equipo contrario posee una perspicacia única, logrando descifrar lo que Seren oculta tras su fachada. Una tensión magnética e indefinible surge entre ambos, arrastrándolos a un duelo de voluntades donde admitir la atracción implica arriesgarlo todo.
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Fuera de juego Capítulo 1

Matteo

Hay exactamente una cosa en la que pienso antes de un partido.

Ganar.

No cómo ganar. No los esquemas tácticos ni las debilidades del rival ni los porcentajes de posesión que el cuerpo técnico lleva tres días analizando. Eso ya está. Eso entró hace días y vive en algún lugar del cuerpo donde no necesita ser pensado - solo ejecutado.

Lo que ocupa el espacio justo antes del pitido inicial es algo más simple y más absoluto.

Ganar.

El túnel del Estadio Arvane huele a césped mojado y a pintura vieja y a la electricidad específica de sesenta mil personas que todavía no saben que van a ver algo bueno. Lo sé antes de salir. Lo sé siempre. Ocho años jugando aquí y ese olor todavía hace algo en el pecho que no tiene nombre pero que reconozco como mío.

Salimos.

El ruido fue lo primero - el tipo de ruido que no se escucha, sino que se siente, que convierte el aire en algo sólido. Lo atravesé sin mirarlo. Conozco ese ruido desde los dieciséis años. Ya no necesito mirarlo para saber que está ahí.

Lo que sí miré fue al once del Stael formando en el otro extremo del campo.

El Stael FC llevaba tres semanas en la liga. Recién ascendidos, con un presupuesto que no competía con el nuestro y un fichaje estrella que había generado más portadas que cualquier otro movimiento del mercado de verano.

Los recorrí uno por uno con la eficiencia de quien ha estudiado el vídeo. Guardameta con salida segura pero lenta. Lateral derecho que anticipa bien, pero tarda en recuperar. Central izquierdo que se adelanta demasiado en los saques de esquina.

Y luego estaba él.

En el centro del círculo. Manos en las caderas. Mirando las gradas con una expresión que desde esta distancia no supe leer - no la sonrisa de la rueda de prensa que había visto en los titulares de la semana anterior, no la cara de partido. Algo intermedio que no encajaba en ninguna categoría que tuviera disponible.

Aparté la vista.

Ese, dijo algo en mi interior.

Lo ignoré también.

Los primeros veinte minutos fluyeron con la lógica limpia de un equipo que sabe lo que hace. Darius ganó el primer balón dividido, lo puso en mis pies, y el Arvane encontró su ritmo con la naturalidad de quien lleva años jugando junto. El Stael era ordenado - más de lo esperado para un equipo recién ascendido. Presionaban alto, recuperaban rápido, y concedían pocos espacios.

Y su delantero se movía de una forma que reconocí sin querer.

Inteligente. Impredecible dentro de una estructura clara. El tipo de jugador que no necesita la pelota para ser peligroso porque ya está pensando dos jugadas antes de tenerla. Lo había visto en los vídeos del análisis táctico. De cerca era diferente - más rápido en la lectura, más preciso en los tiempos.

Lo vi de reojo más veces de las que el análisis táctico requería.

Táctica. Era táctica.

Me lo dije dos veces.

En el minuto veintitrés el Arvane abrió por la izquierda y yo arranqué en diagonal hacia el área - el movimiento de siempre, el que Darius conoce de memoria y para el que no necesita señal. El balón llegó a mis pies con el espacio suficiente para girar y encarar.

Arranqué.

Velocidad. Dirección. El área a quince metros y el portero mal colocado y la jugada completamente clara en mi cabeza antes de que terminara de ejecutarse.

Y él apareció por mi derecha.

No venía a disputar el balón.

Venía a mí.

Llegó tarde - lo sabía, tenía que saberlo, los jugadores de su nivel siempre saben cuándo llegan tarde - y lo hizo igual. El hombro primero, el cuerpo después, el peso de alguien que ha calculado exactamente cuánta fuerza necesita para parar un contragolpe sin que el árbitro pueda ignorarlo.

Caí.

El árbitro pitó.

Me levanté.

Él ya estaba de pie con las manos levantadas - el gesto universal de quien reconoce la falta antes de que se la señalen - y con esa sonrisa en la cara.

De cerca tenía un filo que las pantallas no transmitían del todo. No era agresiva. Era peor que agresiva. Era la sonrisa de alguien que sabe exactamente lo que acaba de hacer y que encuentra la situación ligeramente divertida.

-Necesitaba parar el contragolpe -dijo.

Como si me estuviera explicando algo obvio.

Como si yo necesitara que me lo explicara.

Lo miré.

Dos segundos de silencio. Dos segundos es mucho tiempo cuando alguien te está mirando esperando una reacción.

-Ya lo sé -dije.

Sin inflexión. Sin calor. Sin el reconocimiento mínimo que la mayoría de los jugadores pondrían, aunque no lo sintieran.

Solo eso.

La sonrisa no desapareció. Pero algo en ella cambió - un ajuste microscópico, casi imperceptible. El tipo de cambio que solo nota alguien que estaba mirando con más atención de la necesaria.

Se alejó trotando hacia su posición sin decir nada más.

Yo me quedé un segundo donde estaba.

El juego continuó.

Pero algo se instaló en algún lugar que no había pedido estar ahí.

No fue el contacto, eso pasa cien veces por partido y no deja nada. Fue lo que llegó en ese segundo que pasamos en el mismo metro cuadrado de césped. Algo que no supe nombrar.

Neutro casi, el tipo de aroma que en medio de un partido con veintidós jugadores y el césped mojado y el sudor colectivo de sesenta mil personas no debería registrarse para nada.

Y sin embargo no terminaba donde debería terminar.

Como si debajo de lo neutro hubiera algo más que lo neutro estaba cubriendo con eficiencia, pero no con perfección.

Lo procesé en menos de un segundo.

Lo desestimé en otro.

Seguí jugando.

________________________________________

El primer gol fue mío en el treinta y cuatro - un córner al segundo palo, el portero mal colocado, y yo en el lugar exacto donde había que estar. El segundo fue de Darius en el setenta y uno, que tiene esa costumbre irritante de aparecer en el área en momentos que ningún esquema táctico contemplaba.

El del Stael llegó en el setenta y ocho.

Un giro en el área. Una precisión que no necesita suerte porque no es suerte. El sector visitante explotando como si hubieran ganado ellos.

Lo vi celebrar desde el otro extremo del campo.

Levantó los brazos. Miró las gradas - no las cámaras, a las gradas, a los suyos. Y por un momento la sonrisa que apareció no era la de los titulares. Era algo más pequeño. Más real.

Me detuve medio segundo más de lo necesario para verla.

Luego reanudamos.

El dos a uno aguantó.

________________________________________

El pitido final.

La fila de saludos. Mano extendida, contacto breve, dos segundos por jugador. Lo hago desde los dieciséis años. Lo hago bien.

Él.

Extendí la mano.

La tomó.

Y me miró directamente con algo pequeño y quieto en la expresión, no la sonrisa de prensa, no la cara de partido. Como si estuviera viendo algo que no esperaba y que todavía no había decidido qué hacer con ello.

El apretón duró más de lo estándar.

Darius, que venía detrás, me puso una mano breve en el hombro al pasar. No dijo nada. Esa mano tenía el peso de algo que guardaba para después.

Seguí saludando al resto del once.

No miré hacia atrás.

No miré hacia atrás.

Pero lo sabía. Lo sabía con la precisión de algo que ya no admite ser ignorado.

Seren Vael iba a ser un problema.

Lo que todavía no sabía era cuánto.

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Tabla de contenidos de Fuera de juego

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