Portada de la novela Átame a ti

Átame a ti

9.1 / 10.0
Lu y So son hermanas con caracteres opuestos: una vive entregada al deporte mientras la otra elige el anonimato. Sin embargo, su determinación las arrastra a redefinir su conexión, rompiendo una frontera definitiva que cambiará sus vidas para siempre. Al adentrarse en este nuevo vínculo, ambas se sumergen en una dualidad extrema. La plenitud más absoluta se mezcla con la tormenta emocional de habitar un paraíso que se siente como un infierno.

Átame a ti Capítulo 1

Capítulo 1

Malditos pensamientos

― ¿Estás demente?

― ¿Te da vergüenza que diga que tú hermana está buena?

Ana Lucía Menotti se encontraba en el patio trasero de la casa de Carlos Pérez, su mejor amigo. Ambos formaban parte del equipo de baloncesto de su universidad, cada uno en su respectivo género. Ella pasaba mucho tiempo en casa de él ya que contaba con una media cancha que sus padres le habían construido como apoyo total a su deporte y, por desgracia, ella no tenía ninguna cerca del bloque de apartamentos en el que vivía con, precisamente, la protagonista de la conversación.

El sonido del balón botando sobre el asfalto los había acompañado toda la tarde. Habían decidido perfeccionar su lanzamiento; mil tiros cada uno. Al finalizar su entrenamiento, músculos de brazos y abdomen estaban entumecidos, el sudor perlaba sus cuerpos y lo único que tenían en la cabeza era la necesidad de saciar su sed. Decidieron recuperar las energías drenadas sentándose a la sombra que ofrecía la pared adornada con lajas de diferentes matices de grises que dividía el patio con el salón principal, sobre el húmedo césped de la pequeña y única sección con vegetación de la parte trasera de la casa. Cada uno tomó una botella de agua helada de la hielera ubicada entre ambos y de un trago vaciaron su contenido. Estuvieron un par de minutos sin hacer o decir nada, solo sintiendo como la temperatura corporal descendía gracias al líquido vital y la cálida brisa de verano que les acariciaba suavemente.

Cómo casi todas las tardes, comenzaron una conversación superflua. El tema bailaba entre el chisme del momento de la universidad, las jugadas que había hecho algún jugador famoso la noche anterior o alguna discusión tonta por su discrepancia en gustos musicales. Sin embargo, cuando se trataba de un intento casi fallido de seductor como lo era Carlos, la plática rápidamente derivaba a las chicas y cuáles les gustaban más de las que estudiaban en su universidad.

Para Lu, ese tipo de conversaciones eran cotidianas después de que su mejor amigo se enterara de sus preferencias sexuales. Salir del clóset con él, y con su familia, había significado soltar una carga extremadamente pesada que había llevado en los hombros desde que había entrado a la universidad. Su pasado en secundaria había sido un martirio que había quedado en el pasado, pero que no podía olvidar, especialmente porque era la razón de que sus padres la hubiesen mandado a estudiar a otra ciudad, lo más alejada posible de su círculo familiar. Sin los señores Pérez y el idiota que se había colado en sus huesos hasta hacer metástasis y del que ahora no podía separarse – ni quería hacerlo –, todo hubiese sido más complicado. Se habían convertido en un pilar importante, tanto para ella, como para su hermana.

Su hermana…

La estúpida conversación se había resumido en decir algún nombre conocido y describir sus atributos físicos y, entre chica y chica, el nombre de su hermana salió a la luz. No entendía como la plática había comenzado a girar alrededor de ella, de cómo era una de las mujeres más hermosas y de las que más buena estaba de toda la universidad. Aquello no era ningún secreto para Lu, no era ciega y sabía de antemano que So era muy bella. No tenía que verla con otros ojos para darse cuenta, sin embargo, cierta incomodidad hacía que se removiera sobre el césped y mientras Carlos más la nombraba, más crecía esa sensación extraña que se transformaba en una enorme bola en su estómago que le dificultaba tragar.

El inconveniente provino cuando su mente comenzó a divagar, llevándole flashes de los comentarios más explícitos que su mejor amigo agregaba. La incomodidad dio paso al pánico; estaban hablando de su propia hermana ¿Por qué iba a pensar en forma lasciva de ella?

Era culpa del estúpido de Pérez.

― No es vergüenza, pero es mi hermana, zopenco ― dijo dándole un golpe en el brazo. Carlos se quejó con fingido dolor.

― No te pongas celosa, Analú, tú también eres bonita, pero no te puedo ver de otra forma. Eres como mi hermanita ― otro golpe. ― Bueno, ya. Me vas a dejar morados.

― Entonces deja de decir estupideces.

― ¡No estoy diciendo estupideces! ― Exclamó con un exagerado dramatismo. ― Estoy hablando de algo muy importante. Tú vives con ella, te gustan las chicas, por ende, tuviste que darte cuenta que tú hermana tiene el mejor culo de la universidad, de tetas tampoco está nada mal y tiene una cintura que parece una abeja. Además, tiene una carita qué…

― Ok, es momento de que me marche antes de que te hagas una paja ― dijo poniéndose de pie. ― Y me da más asco que sea por mi hermana.

Carlos soltó una sonora carcajada antes de ponerse de pie y acompañarla. Se adentraron al interior de la casa para que la chica pudiera despedirse de los señores Pérez y, con un saludo de manos, se despidieron los amigos. Ana cruzó el jardín hasta una motocicleta K-Light doscientos dos, de la marca Keeway. Adoraba ese tipo de motos «antiguas», la línea motera ochentera y su color negro mate eran una delicia a la vista y lo mejor, tenía un precio que se ajustaba a su corto presupuesto de estudiante. Acomodó el bolso en la pequeña maleta del vehículo, se acomodó sobre los pedales e hizo rugir el motor antes de ponerse en marcha.

La serpenteante carretera se presentaba tranquila bajo el grueso cristal del casco modular gris oscuro con pequeños detalles de carbono negro que le brindaban la mayor protección. Bajo ese implemento de seguridad nadie podía reconocerla, pero ella podía apreciarlo todo. El viento, aunque cálido, golpeaba gélido la húmeda ropa y piel de la deportista, pero su mente no procesaba esa sensación. Su cerebro solo calibraba que se dirigía al departamento que compartía con su hermana desde un par de meses atrás.

Ana Sofía Menotti – sí, sus padres habían sido sumamente creativos al poner sus nombres –, era dos años menor y había comenzado a estudiar periodismo en la misma universidad que Ana Lucía, aun en contra de la voluntad de sus padres.

No había fuerza en este mundo que las obligara a estar separadas más tiempo del necesario y si podían evitar que ese lapso se cumpliera, si existía cualquier posibilidad, aunque fuese mínima, de estar un minuto del día más juntas, la tomarían y se aferrarían a ella. Su vínculo llegaba a tal punto, que entre sus familiares se comentaba que cuando So nació, solo dejó de llorar cuando miró a su hermana. Desde que se conocieron, se volvieron inseparables. Juntas pasaban horas jugando en su habitación y juntas se acostaban a dormir. Las personas solían recalcarle que compartían algunos rasgos físicos que las hacían, en ocasiones, lucir casi como mellizas. Siendo niñas, intercambiaban sus ropas y ni sus padres solían reconocerlas por lo parecidas que eran. No fue hasta que Lu se desarrolló y la caprichosa naturaleza quiso que creciera mucho más que su hermana, que sus ojos se oscurecieran un poco y su cabello cambiara de matiz. Aun así, continuaban siendo tan unidas que cuando su madre decidió separar sus habitaciones, cada noche una se colaba en la habitación de la otra para continuar con la tradición de dormir abrazadas, como siempre lo habían hecho.

Cuando Ana Lucía decidió revelar su verdad, el corazón de ambas se rompió el mil pedazos; el de Lu por recibir el rechazo de dos de las personas más importantes de su vida y el de So por ver como se rompía el de su hermana. La relación familiar se quebrantó a tal punto que decidieron no volver a escabullirse por las noches, no porque su orientación sexual hubiese afectado en algo su relación, sino porque So quería evitarle cualquier tipo de problemas a su querida hermana mayor. Pero la actitud de sus padres había hecho mella en ella. Lu no era la misma y, más temprano que tarde, su actitud rebelde apareció, alejándose hasta de todos, hasta de su hermana.

Cuando Lu fue enviada a estudiar a otra ciudad, la menor vio la oportunidad perfecta para volver recuperar aquellos años perdidos. Para volver a recuperar a su hermana. Y lo haría a como diera lugar.

A pesar de que el tiempo había pasado y sus rasgos personales y físicos estaban definidos, algunos seguían manteniendo que se parecían mucho; tenían la cabellera castaña rojiza, aunque Ana Lucía tenía el pelo más voluminoso por los rulos que se formaban de manera natural y su color era mucho más «zanahoria» que el de su hermana menor. Las dos habían heredado la nariz respingona de su madre y los ojos rasgados de su padre, pero los diferenciaba el color: Lu los tenía color ámbar y So de color verde aceituna con ciertos filamentos dorados que le daban un aspecto preciosísimo. Ambas tenían pecas esparcidas en el rostro, espalda y pecho y su piel era muy blanca, casi pálida, pero el bronceado de la mayor era perceptible a simple vista. Tantas horas al sol jugando baloncesto habían tenido evidentes consecuencias.

Pero la diferencia más notoria entre ambas era sin duda alguna, sus opuestas anatomías. Ana Lucía medía un metro ochenta y un centímetros de altura y su complexión física era la de una atleta; en reposo, su cuerpo ya acusaba muchísimas horas de entrenamiento exigente y bastante profesional, con músculos visibles y una espalda más ancha que el promedio del género. Aun así, no dejaba de ser femenina y una clara evidencia de ello eran unos glúteos que parecían haber sido esculpidos con la robustez del mármol pero con la suavidad y sensualidad de la mismísima Afrodita.

Ana Sofía, en cambio, apenas alcanzaba el metro sesenta y cinco de estatura, con un cuerpo delgado y esbelto. Su fina cintura y sus anchas caderas le daban un aspecto de guitarra clásica que calzaba perfectamente con los cánones de belleza establecidos por la sociedad. Con unos atributos femeninos firmes y que concordaban de una manera idílica con su tamaño y complexión. Curiosamente, So también había heredado un trasero voluptuoso y que no pasaba desapercibido por nadie. Lu, en ocasiones, la comparaba con los típicos personajes femeninos de los anime que veían frecuentemente.

A esto se le sumaba la diferencia de estilos que las distinguían; mientras la mayor solía vestir más desenfadada, predominando el estilo deportivo de leggins, licras, shorts, jeans, sudaderas o franelas, la menor solía tomarse mucho más en serio su atuendo, siendo más minuciosa a la hora de combinar prendas con maquillaje y accesorios.

Las Menotti eran muchachas atractivas, con estilos diferentes, pero todos convendrían en lo mismo: Estaban buenas.

La carretera se desvió hacia la izquierda, dándole la bienvenida un inmenso portón de color amarillo que se abría gracias al trabajo del vigilante dentro de la caseta de seguridad. El hombre alzó su mano en un gesto amigable y Lu hizo sonar la bocina como respuesta, agradecida de que el casco ocultara su enrojecido rostro. El camino se había vuelto un fogoso bailoteo de pensamientos varios, pero que todos tenían a la misma protagonista: su hermana.

La fila de edificios de color ladrillo se presentó ante ella. El rugir de la motocicleta captó la atención de algunos vecinos que yacían en las jardineras, paseando a sus mascotas o jugando con sus hijos. La urbanización a la que se habían mudado no era exactamente un piso de estudiantes per se, algunos solteros y familias recientes habitaban ciertos de los departamentos, dándole un ambiente pintoresco y familiar agradable. Eran muy económicos por lo alejados que estaban del centro de la ciudad, pero para los estudiantes eran una maravilla, pues estaban más cercanos al campus de la universidad.

Una sensación de terror había anidado en su pecho cuando las imágenes empezaron a mostrarse como un álbum de fotos de Ana Sofía. No podía quitarse de la cabeza lo estúpidamente atractiva que era, no solo físicamente, sino como persona, como hermana y, sobretodo, como mujer. Era un sentimiento que ya había acusado en el pasado, aunque había conseguido controlarlo evitando, específicamente, el tipo de charla que había tenido minutos antes. El tiempo que había permanecido distante le había ayudado a sobrellevarlo mucho mejor durante los últimos años, pero ahora su cerebro la estaba saturando.

Maldijo por lo bajo a Carlos cuando alcanzó su plaza de aparcamiento por provocarles esos estúpidos pensamientos. Se sentía tan culpable como el mismo Jaime Lannister después de descubrir lo cabrona que era Cercei, su melliza… pero So no era ninguna cabrona, era un ángel.

Un ángel malditamente sexy y hermoso que provocaba empotrarla contra…

Se regañó mentalmente y negó con la cabeza, sonriendo irónicamente. Estoy jodida de la cabeza, pensó.

La fuerte pierna derecha se alzó sobre la moto cuando se bajó, dejando a la vista unos muslos desnudos por el cortísimo short que usaba para entrenar. La tela se tensó y apretó la piel cuando se subió unos centímetros de más por la posición que la motocicleta le obligaba adquirir, exhibiendo – sin intención –, el nacimiento de las nalgas a un par de adolescentes que habían dejado de jugar al fútbol apenas la vieron cruzar el estacionamiento. Lu reacomodó la prenda, se retiró el casco, tomó su mochila y comenzó a caminar, pasando en medio de los hormonados mocosos sin prestarle ni un ápice de atención, pero ellos no perdieron de vista el vaivén de ese par de músculos que desfilaban frente ellos hasta perderse en el interior del edificio.

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