Portada de la novela Guerra de mafiosas

Guerra de mafiosas

8.8 / 10.0
En Guerra de mafiosas, Kate Garret y Karina Belmond luchan por el control criminal y el amor de un policía. Esta novela de mafia y romance moderno une acción y peligro en una de las mejores fiction books sobre traición y poder entre líderes dispuestas a todo por ganar.
Resumen de Guerra de mafiosas
Kate Garret y Karina Belmond, dos influyentes líderes del crimen, se disputan el dominio del mercado ilegal en una lucha sin tregua. Esta rivalidad se intensifica al cruzarse Hugh Bryan, el capitán policial que busca arrestarlas pero termina seducido por ambas. Entre el glamour y la crueldad, las mafiosas enfrentan a peligrosos enemigos que intentan eliminarlas, mientras navegan una guerra abierta marcada por traiciones, acción y una pasión prohibida.
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Guerra de mafiosas Capítulo 1

-Hummmm-, Nelson me besaba muy delicioso, vehemente y febril, tanto que yo me sentía en las nubes, extraviada en el espacio, flotando en una nube, obnubilada y eclipsada, ardiendo en mis fuegos, incendiando mis entrañas y dejando que él me acaricie las piernas con embeleso, deleitándose con su lozanía y tibieza. Eso me estremecía y me eclipsaba, hasta el delirio. Yo no dejaba de suspirar ni sollozar entusiasmada y afiebrada, mientras Nelson continuaba disfrutando de mis carreteras sinuosas, incluso explorando mis caderas, queriendo avanzar hasta más abajo de la espalda porque estaba demasiado impetuoso y ansioso de conquistarme y hacerme suya, de tatuar todos mis rincones con sus besos, hacerme suya y tener enteramente para él mis redondeces y apetitosas curvas que tanto lo enardecían y lo volvían eufórico y frenético a la vez.

Me encantaba que Nelson estuviera así, hecho una fiera enjaulada, mordiendo mis labios, saboreando mi boca, incluso su lengua no dejaba de jugar con la mía con tanto afán que me provocaba más y renovados fuegos en mis intimidades al extremo que yo chisporroteaba la candela por todos mis poros, echaba humo hasta de las orejas y me sentía un lanzallamas incendiándolo todo al mi rededor.

Encandilada le pedía, a gritos, que siguiera seduciéndome sin detenerse, que continuara acariciándome y besándome, porque me encantaba arder en mis fuegos, me sentía rendida a su virilidad y que me prendaba ser suya hasta el último trozo de mi adorable anatomía. Aullé excitada cuando Nelson metió sus narices en el canalillo de mis pechos y eso me volvió a un gran petardo de dinamita a punto de hacer explosión.

Yo gemía sin detenerme y eso era una música dulce, erótica, sexy y sensual a la vez, que nos hacía, a los dos, sendos tornados impetuosos y afanosos, gozando de esa pasión que se desbordaba como cascadas sobre nosotros, rendidos en ese idílico momento, tan romántico y poético a la vez, de dos cuerpos entregados a la emoción de los besos y las caricias.

Me sentía muy suya a Nelson y eso me excitaba sobremanera, me hacía más afanosa y me provocaba miles de descargas eléctricas remeciéndome hasta el último átomo de mi anatomía.

Nelson no pudo resistirse más a mis maravillas tan afrodisíacas y me tumbó en la alfombra en de mi oficina. Yo me desparramé en el piso igual a una piltrafa, seducida, encantada y obnubilada al ímpetu de mi amante, sollozando sin cesar, suspirando, con mis pechos inflados igual a grandes globos, ardiendo en fuego, desarmada e inerme a plena merced de mi guardaespaldas que tanto alborotaba mis sentidos hasta la locura.

Las manos de Nelson avanzaron raudamente por debajo de mi falda, queriendo alcanzar los límites más distantes de mis intimidades mientras continuaba besándome con desesperación y encono, convertido en una fiera hambrienta, queriendo devorar su presa con ira y deleite a la vez.

Mientras Nelson me hacía suya, abajo, en el primer piso, mi casinos estaba repleto como siempre. Yo escuchaba la fiesta cotidiana de todas las noches. Tintineaban los vasos de licor, retumbaba la música del DJ, la atención de los mozos y las azafatas era febril, los parroquianos no dejan de brindar, cantar, bailar, iban y venían las apuestas, chocaban los dados, se entusiasmaban los pagadores y talladores retumbaban las máquinas tragamonedas y habían muchas parejas besándose con la misma pasión que Nelson y yo, haciendo de la velada muy festiva, eufórica, desenfrenada y ciertamente desbocada por las ansias de amarse.

Y fue entonces en ese preciso instante que ¡bum! estalló una bomba en la puerta de mi casino, haciendo estallar las mamparas en un millón de esquirlas, trajo abajo los candelabros, saltaron hecho añicos los ventanales y se cayeron las mesas y las sillas. El caos estalló dentro de mi local y los gritos y el pánico se hizo incontrolable. Los parroquianos se pisoteaban unos a otros, se multiplicaron los chillidos y aullidos de dolor y de desesperación colmaron los ambientes. Hombres y mujeres se pisoteaban unos a otros y ya corrían hilachas de sangre por el piso, porque habían muchísimos heridos no solo por la explosión o los pisotones sino también porque los vidrios los alcanzaron igual si fueran filosas cuchillas.

-¿Qué fue eso?-, le pregunté a Nelson alarmada alzándome de la alfombra con los ojos desorbitados, lívida y empalidecida, completamente desconcertada. -¡¡¡Señorita Garret, nos atacaron!!!-, gritó uno de los agentes del personal de seguridad del casino.

Arreglé mi falda como mejor pude, calcé mis zapatos y bajé de prisa al primer nivel, dando tumbos, tropezando, aplastada por la duda y la aflicción, angustiada pensando en un cataclismo o el fin del mundo. Me estrellé entonces con el caos, la desesperación, el miedo y el pánico. Habían muchos tipos y mujeres regados en el suelo, heridos, las mesas estaban tiradas, habían estallado los vidrios y, como les dije, corrían largos riachuelos de sangre.

-¿Qué ocurrió?-, balbuceé hecha una tonta.

-Tiraron una bomba a la puerta, señorita Garret, dos tipos en motocicleta-, me detalló el agente de seguridad del casino con su cara duchada en sudor, los ojos también a punto de reventar, empalidecido, nervioso y descontrolado por la repentina y violenta explosión.

Rayos, apreté los puños y chirrié los dientes. -Karina Belmond-, refunfuñé malhumorada, echando candela de mis narices.

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Tabla de contenidos de Guerra de mafiosas

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