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Portada de la novela Su Violín, Su Venganza

Su Violín, Su Venganza

La violinista Anabel Ortiz vivió un idilio con el magnate Jacobo Herrera hasta que su hermanastra, Evelyn, la destruyó con calumnias. Tras perder a su bebé por la violencia de Jacobo y ver su legado en ruinas, Anabel finge morir en un incendio. Bajo el amparo de su hermano, sana al héroe Julián Córdova y surge entre ellos un amor puro. Cuando Jacobo descubre el engaño y suplica perdón en plena boda, ella elige su nueva vida y su anhelada redención.
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, Anabel empacó una pequeña maleta. Se iba. No podía quedarse en esa casa ni un minuto más. Cuando llegó a la puerta, la voz de Jacobo la detuvo.

"¿A dónde vas?"

Estaba en lo alto de las escaleras, ya vestido con un traje impecable. A su lado, Evelyn se aferraba a su brazo, con los ojos enrojecidos.

"Me voy, Jacobo".

"No seas ridícula", dijo, bajando las escaleras. "Solo estás sensible". Se detuvo frente a ella. "Antes de que te vayas, Evelyn necesita algo".

Anabel lo miró fijamente. "¿Qué?"

"Tu violín", dijo Evelyn, su voz un susurro frágil. "El que Jacobo te regaló. Es tan hermoso. Solo quiero sostenerlo".

El Guarneri. Su posesión más preciada. El símbolo de su amor, ahora manchado.

"No", dijo Anabel, su voz plana.

El rostro de Evelyn se descompuso. Las lágrimas corrían por sus mejillas. "Lo siento", lloró, escondiendo el rostro en el pecho de Jacobo. "Es que... estoy tan triste, y la música ayuda".

Los brazos de Jacobo se apretaron alrededor de su hermana. Miró a Anabel por encima de la cabeza de Evelyn, su rostro una nube de tormenta furiosa.

"Mira lo que hiciste", siseó. "Es frágil".

Arrulló a Evelyn, acariciándole el pelo. "Está bien, cariño. Estoy aquí". La ternura en su voz fue un golpe físico para Anabel. Nunca le había hablado así, ni siquiera al principio.

"Pídele una disculpa", ordenó Jacobo, sus ojos como esquirlas de hielo.

Anabel se rio. Fue un sonido roto y sin humor. "¿Disculparme? ¿Por qué? ¿Por querer conservar lo que es mío?". Recordó que apenas la semana pasada, había encontrado a Evelyn en su sala de música, con las manos sobre las partituras de su próximo recital. Las páginas estaban manchadas con lo que parecía mermelada.

Cuando Anabel la confrontó, Evelyn rompió a llorar, afirmando que solo quería sentirse más cerca de la música. Jacobo le restó importancia. "Es solo papel, Anabel. Puedo comprarte cien copias nuevas".

"Me voy", repitió Anabel, girándose hacia la puerta.

"¡Si sales por esa puerta, la boda se cancela!", amenazó él.

"¿Crees que me importa?", le espetó ella. "¡Tú fuiste el que se negó a casarse conmigo durante años! ¡Yo era la que rogaba!"

Él la agarró del brazo, sus dedos clavándose en su piel. "No vas a ninguna parte".

Ella encontró su mirada, y por primera vez, no sintió nada. Ni amor, ni miedo, solo un vasto y frío vacío. El hombre que amaba se había ido, reemplazado por este monstruo.

Sus ojos se abrieron de par en par ante la fría expresión de ella, y su agarre se intensificó. La rabia desfiguró sus hermosos rasgos.

"Quítate ese vestido", gruñó.

"¿Qué?"

"El vestido. Yo te lo compré. Todo lo que tienes, te lo compré yo. Quítatelo. Puedes irte, pero te irás sin nada".

Estaba tratando de humillarla, de romperla. Hizo un gesto a las dos sirvientas que habían estado observando en silencio desde la puerta de la cocina. "Ayúdenla".

Las sirvientas, con los rostros pálidos, se acercaron a ella. No luchó. Se quedó quieta mientras le quitaban el vestido de diseñador, dejándola en su simple ropa interior. El aire frío del vestíbulo le mordía la piel.

Evelyn jadeó, llevándose una mano teatral a la boca. "¡Oh, Jacobo, mira! ¡Su cicatriz!"

Anabel instintivamente se cruzó de brazos sobre el pecho, tratando de ocultar la línea pálida e irregular que iba desde su clavícula hasta su hombro. Una vieja herida de un accidente de coche de hacía años. Casi había acabado con su carrera. El daño nervioso permanente significaba que nunca podría tocar más de una hora sin dolor. Era su vergüenza secreta, una vulnerabilidad que solo le había mostrado a Jacobo.

"Cúbrete eso", dijo Jacobo, su voz cargada de asco. No la miró a ella, sino a Evelyn. "La estás alterando".

La última esperanza de Anabel se hizo añicos. Él sabía lo que representaba esa cicatriz. Los meses de fisioterapia, el miedo de no volver a tocar nunca más. Él había estado allí, sosteniendo su mano, diciéndole que era hermosa, con cicatriz y todo.

Ahora, la miraba a ella, como si fuera algo grotesco.

"Sabes, Evelyn", dijo Anabel, su voz peligrosamente tranquila. "Esta cicatriz es de un accidente. Es parte de mi historia. A diferencia de las cicatrices de algunas personas, que son autoinfligidas para llamar la atención". Miró deliberadamente las líneas tenues y nítidas en las muñecas de Evelyn, líneas que siempre estaban a la vista.

Los ojos de Evelyn se abrieron de par en par. Dejó escapar un pequeño grito y sus ojos se pusieron en blanco mientras se desplomaba en el suelo.

"¡Evelyn!", rugió Jacobo. Corrió al lado de su hermana, tomándola en sus brazos. Miró a Anabel, sus ojos ardiendo con un odio tan puro que la quemó.

"Tú hiciste esto", escupió. "Me las vas a pagar".

Llevó a Evelyn por la gran escalera, dejando a Anabel sola y semidesnuda en el frío y cavernoso vestíbulo.

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