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Portada de la novela Su amor envenenado y mi escape

Su amor envenenado y mi escape

Austen es un marido cruel que me ha atormentado noventa y seis veces bajo el engaño de mi hermanastra Joyce. Él cree que ella fue su salvadora en un incendio ocurrido hace quince años, pero una grabación revela la impactante verdad: fui yo quien lo rescató. Tras descubrir que mi sufrimiento se basa en una mentira orquestada para saldar una falsa deuda de gratitud, mi único objetivo es huir de su amor tóxico y recuperar mi libertad.
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Capítulo 3

Oscuridad.

Ese fue el primer registro de Alana al regresar poco a poco a la conciencia Una negrura densa y opresiva la rodeaba, sofocándola por completo.

Intentó mover sus manos, pero estaban amarradas con fuerza detrás de su espalda. Sus tobillos también estaban inmovilizados.

Entonces una voz familiar quebró el silencio, cargada de una decepción fatigada que le erizó la piel.

"Alana, Alana. ¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil? Te advertí que no debías lastimar a Joyce".

Era Austen.

"Te dije que confiaba en ti", continuó él, con un eco que resonaba en ese espacio reducido. "Pero los actos tienen consecuencias, y debes aprenderlo".

Ella forcejeó contra las ataduras, con un grito silencioso atrapándose en su garganta. La soga áspera desgarraba su piel, mordiendo sus muñecas.

"Ahora", ordenó la voz distante de Austen, "vamos a proceder con el castigo habitual".

Ni siquiera estaba dentro. Solo la vigilaba desde algún lugar, escuchando y controlando sin mostrarse.

De pronto, una luz cegadora inundó la estancia, y una máquina rugió al ponerse en marcha. Dos frías pinzas metálicas sujetaron con fuerza su maltrecha mano izquierda, inmovilizándola contra una mesa de acero.

"Esto es por el sufrimiento de Joyce", anunció la voz de Austen, totalmente carente de emoción.

Un taladro descendió del techo lentamente, con la punta brillando bajo el resplandor intenso. Comenzó a girar cada vez con mayor velocidad, emitiendo un zumbido agudo que desgarraba los nervios.

Se dirigía directo a su dedo índice.

Alana mordió su labio con fuerza, sintiendo el sabor metálico de la sangre llenando su boca. Haría cualquier cosa con tal de no gritar. El dolor fue indescriptible, un tormento abrasador que la consumía. Sintió el taladro raspar contra el hueso.

Lo siguiente que supo fue que despertaba en lo que parecía una habitación hospitalaria. No en un hospital público, sino en el ala médica privada de la mansión Ballard.

El aire mezclaba olor a antiséptico con un perfume de jazmines.

A través de la neblina de los sedantes escuchó voces tras la puerta. Eran Austen y un médico.

"El suero de regeneración nerviosa está listo", dijo el especialista. "Pero solo disponemos de una dosis este mes. La señora Cummings también lo requiere para la herida de su brazo".

El corazón de Alana se contrajo.

"Dáselo a Joyce", respondió Austen sin vacilar. "Aunque sea una herida menor, surgió de la agresión de Alana. Que esto le sirva de advertencia y su dolor sea su lección".

Una lección. Él había destrozado su mano, y lo justificaba como un aprendizaje. Todavía creía en Joyce. Sus promesas de confianza en el dormitorio no habían sido más que una antesala de esta tortura.

Un sollozo involuntario escapó de sus labios.

La puerta se abrió de golpe.

Austen entró apresurado; su rostro reflejaba una expresión de amor y preocupación sincera.

"Mi vida, despertaste", exhaló aliviado mientras extendía la mano hacia ella. "Me asustaste".

Pero ella se apartó de su toque.

"¿Qué ocurre?", preguntó él, frunciendo el ceño. "¿Todavía estás molesta conmigo?".

Se arrodilló a su lado, mirándola con ojos suplicantes. "Sé que estás herida, pero no puedes seguir lastimando a Joyce. Ella es inocente, vulnerable. Casi le provocas un infarto".

Alana lo observó incrédula; la absurda incoherencia de sus palabras le robaba el aire.

"Mi mano, Austen", murmuró con la voz quebrada. "Te preocupas por Joyce, ¿pero qué hay de mi mano?".

Una sombra de vergüenza cruzó su rostro. Bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella.

"Era necesario", respondió en voz baja. "Tenías que aprender".

Entonces hizo algo que heló su sangre. Sacó un pequeño cuchillo, de esos usados para abrir cartas.

Se deslizó la hoja por la palma, provocándose un corte profundo y limpio. La sangre brotó de inmediato, goteando sobre el suelo blanco impecable.

"¿Ves?", dijo con ojos desquiciados, llenos de un dolor trastornado. "Yo también sufro, Alana. Tu dolor es el mío; perdóname, te lo suplico".

Ella recordó cuántas veces lo había hecho antes. Esa era su táctica más retorcida: autolesionarse cuando cruzaba el límite, cuando veía que la luz en los ojos de su esposa se extinguía. Era su forma de manipular, de mostrar un amor falso a través de un martirio inventado, un acto calculado para arrastrarla de nuevo hacia él.

Antes había funcionado. Ella había llorado, vendado sus heridas y aceptado su aparente arrepentimiento.

Ya no más. Ahora lo veía como lo que realmente era: una actuación. Un mecanismo de control diseñado para que cargara con la culpa de su propia violencia.

"Estoy agotada", dijo finalmente, con voz apagada y sin emociones. "Quiero dormir".

Él se mostró herido por su frialdad, aunque asintió con resignación. "Está bien, amor. Descansa, yo permaneceré aquí".

Arrastró una silla hasta la cabecera y se negó a retirarse, sin importar las súplicas de las enfermeras. Permaneció dos días vigilándola, a veces hablándole con ternura, evocando recuerdos que parecían felices.

La alimentó, la bañó, curó sus heridas con una delicadeza tan contradictoria que resultaba aterradora.

Una enfermera suspiró con nostalgia, mientras cambiaba la bolsa de suero. "El señor Ballard la adora tanto. Es el esposo perfecto".

Alana tuvo deseos de reír. Si ellas supieran la verdad.

Al tercer día, un sonido tenue de llanto llegó desde el pasillo.

Era Joyce. Estaba justo afuera, hablando con Austen.

"Austen, te amo", confesó entre lágrimas falsas. "Sé que ella es tu esposa, pero sabes bien lo que siento".

El corazón de Alana se detuvo. Se incorporó con dificultad, con el pulso disparado.

Lo vio a través de la rendija de la puerta.

Austen, ese esposo entregado que parecía adorarla, abrazaba a Joyce.

Se aseguró de que Alana siguiera "dormida", y entonces inclinó la cabeza para besarla.

No fue un gesto fraternal. Fue un beso profundo y apasionado, cargado de complicidad prohibida.

Alana sintió que el último pedazo de su corazón se convertía en polvo.

Su anillo de bodas se sentía como una marca en su dedo. Con su única mano útil, lentamente y con esfuerzo, comenzó a retirarlo. Sus dedos estaban hinchados por el suero, pero lo logró.

Sostuvo ese diamante, símbolo de un amor eterno que nunca existió, y lo dejó caer en el cubo de basura de metal que estaba a su lado.

El anillo emitió un tintineo breve y definitivo.

En ese preciso instante, Austen entró. Su mirada se posó en la ausencia del anillo en su mano, luego descendió hacia el cubo.

Y lo vio.

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