
SINNERS
Capítulo 2
VOLUNTANRIADO.
El presente.
-No pude encontrar mi listón negro por ningún lugar, llegaría tarde.
Que gran mierda.
<-Segundo cajón a la derecha, en el tocador, linda.>
La voz de mi madre resonó en mis oídos, si ella estuviera aquí…
Revise bajo mi cama y si, ahí estaba, escondiéndose de mí el maldito
Mi cabello lacio bailaba en mis mejillas negándose a ser peinado.
-Jolie, date prisa o llegaremos tarde.- me hable a mi misma.
Mi día favorito de la semana había llegado, la misa dominical, pero no era porque yo sea una fiel creyente de hecho no era una persona especialmente religiosa, había leído la biblia y hecho todas las ceremonias religiosas que debía a mis 17 años, pero Dios me había fallado innumerables veces, no iba ahí por él, sino porque lo vería, el hombre con el que soñaba todas las noches de mil maneras.
Todas incorrectas.
Afortunadamente mi mente estaba a salvo de mujeres quisquillosas, entrometidas.
Termine de atar mi cabello en una trenza y revisé una última vez mi maquillaje para bajar las escaleras, la casa estaba vacía, como siempre, me asegure de cerrar las puertas cuando salí y comencé a caminar en dirección a la iglesia durante 20 minutos.
Siempre que llegaba las personas estaban abarrotadas en el interior, pero hoy era diferente, logre llegar temprano y el padre Maxime estaba saludando a las familias, tomándolos de la mano y sonriéndoles.
Este hombre era un desperdicio.
Él hombre que me había salvado.
Sabía que detrás de ese atuendo había músculos tonificados, sus manos eran una tentación y su sonrisa era una invitación al pecado, sus ojos grises me transportaban a mis sueños más profundos y sus movimientos me hacían pensar en cosas que no debería.
-Samuel, hijo, me alegra verlos aquí.- llamaba a todos sus hijos, irónico porque no parecía pasar de los 40’s quizá tenía la misma edad que el hombre al que estaba saludando.
Me quede quieta, escuchando mientras esperaba mi turno para entrar a la iglesia y sus ojos al fin me miraron, me sonrieron cálidamente, no hay rastro de nada más, simplemente amabilidad, pero algo extrañamente satisfactorio recorrió mi cuerpo.
-Jolie ¿cómo estás hoy pequeña?.- nunca me había llamado hija a mí y me sentía desplazada como si fuera una pecadora, como si supiera mis intenciones que tanto trabajo me habían costado esconder.
-Genial ¿usted?.- podía sentir el calor subir por mis mejillas, afortunadamente mi piel bronceada nunca mostraba enrojecimiento, de lo contrario me habría capturado hace mucho tiempo.
-Mejor ahora que estás aquí.- su voz raspaba mis entrañas.
Lo sé, lo sé, que nunca me miraría con otros ojos que no fueran los de un sacerdote bondadoso, pero quería guardar sus palabras en uno de los cajones de mi mente, lo recordaría más tarde.
Sus blancos dientes se mostraron y sus ojos compasivos se juntaron con un asentimiento para dejarme entrar.
Muy amable
Demasiado amable
***
Sus pasos de un lado al otro, su gran sotana moviéndose con él y mis pensamientos en algún lugar lejano, mentiría si dijera que no me imagino cometiendo todos los actos prohibidos con él, pero no es así como comenzó mi enamoramiento por el hombre prohibido.
A mis 13 años lo vi alimentando un cachorro hambriento y sonriéndole, cargándolo entre sus brazos consolándolo y me pareció tierno.
A los 14 estaba alimentando a los más necesitados del pueblo, regalándoles ropa y ofreciéndose a dejarlos descansar en la iglesia para que no pasaran frío y creí que era el mejor en su trabajo, si lo podía llamar así.
A los 15 apareció en mi fiesta de cumpleaños y creo que fue el momento de inflexión, no llevaba la sotana, solo unos pantalones de vestir Dior y una camisa negra a juego, aún llevaba el cuello blanco pero la camisa se arremangaba hasta sus antebrazos apretándose en ellos, sus zapatos Armani y el cabello prolijamente peinado, habían muchos chicos a mí al rededor en ese entonces, sé que soy una chica atractiva, me desarrollé temprano así que me enorgullecía de mi copa C y mi lindo trasero redondo, no era demasiado delgada y mi cabello extremadamente lacio, mis abuelos decían que parecía una muñeca moderna.
Aquel día todos cantaron y bailaron, mi padre y su amante se divirtieron y yo también porque vi a Maxime bebiendo una cerveza y algo dentro de mí se despertó, algo que nunca había sentido por nadie ni por nada, un fuego creciente que nunca pude apagar.
A mis 16 años lo vi trotando cerca de mi casa, con una playera sin mangas y shorts sueltos, despreocupado y saludando a todo el mundo, entonces comencé a hacerlo también, esa fue la primera vez que soñé con él.
A mis 17 años comencé a confesarme con él, fue algo simple pero íntimo, hablaba sobre cosas triviales, como cuando llamé zorra a la horrible de Rachel por insinuársele al profesor de Artes y molestar a una linda chica de la clase, pero ¿en qué me diferenciaba de ella? Anhelaba alguien aún peor que mi profesor, como penitencia me ordenó disculparme con ella (algo que no hice) y volver la siguiente semana para contarle cómo había ido todo.
Así que ahora estaba en camino a los 18 y continuaba confesándome y asistiendo a misa todos los domingos, conformándome con observarlo y nada más. Porque sabía que era un hombre imposible, tanto física como moralmente.
***
-¿Tienes hambre?.- me pregunto Caleb rodeándome los hombros con el brazo.
Caleb era mi único amigo en el mundo, alguien que no se fue de mi lado aun cuando los rumores decían que estaba maldita, lo amaba más que a nadie, era mi única familia, los domingos me esperaba fuera de la iglesia, no entraba conmigo porque no tenía la obligación de hacerlo, no como yo.
-Me gusta la idea, ¿Woffles y malteada de chocolate?
-¿Podría ser algo mejor?.- me sigue la corriente.
Caminamos al estacionamiento hasta que el padre Maxime me detiene llamando mi nombre.
-¡Jolie! Un segundo por favor.
Caleb y yo giramos nuestros cuerpos y el padre se acercó a nosotros con esa característica sonrisa.
-¿Que sucede?.- pregunte amablemente.
-Esta mañana olvide mencionarlo, pero la congregación está haciendo voluntariado con los jóvenes de nuestra comunidad e inmediatamente pensé en ti, eres perfecta para el trabajo, alguien comprometida con la iglesia y con la edad perfecta para ayudar.
Que ironía, estaba aquí por él y porque el asqueroso hombre que es mi padre me obligaba a venir aquí como una condición para que siguiera enviándome dinero.
-Por supuesto que yo iría, juntos con otro padre de comunidades de todo el mundo, no tienes que preocuparte por nada, te cuidare.
Mis piernas temblaron.
Juntos.
Lejos.
En un viaje.
-Este… voluntariado, ¿cuándo es?.- Caleb lo miraba quisquillosamente con una sonrisa ladina, no lo culpaba, este hombre era puras llamas, cualquiera que tuviera ojos lo notaria.
-Aún falta un poco más de tres meses, pero te lo digo ahora para que puedas hablarlo con tu padre.
Odiaba la idea de llamarlo y obtener su permiso, pero si quería salir de aquí, aunque sea por unos días, debía hacerlo.
-Suena divertido y sobre todo…- podré pasar tiempo contigo.- la idea de ayudar me gusta.
-Perfecto entonces, te anotare.
-Enviare el costo del viaje una vez que se lo diga a mi padre.- respondí.
-No tienes que hacer eso Jolie, tu padre ya dona demasiado a la iglesia, sino fuera por él nunca habríamos podido tener una remodelación.
Le muestro una sonrisa forzada y asiento, el dinero que había donado hace algunos años fue lo que mi madre dejo tras su muerte dinero que mi padre le había tirado a la cara cuando se fue, ella decía que estaba sucio y terminó por entregarlo a la iglesia, actos benéficos, casa de refugio, todo lo que pudiera verse menos “asqueroso” como lo decía ella.
Los grises ojos de Maxime estaban sobre los míos había algo que no podía entender ni descifrar porque santa mierda este hombre era un enigma, nadie sabía nada sobre su vida ni siquiera cuántos años tenía con exactitud.
-Hasta entonces pequeña.
-Hasta entonces, padre.- me despedí de mi salvador
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