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Portada de la novela Secretos en el Ático

Secretos en el Ático

El magnate tecnológico Adrian Thorne no puede olvidar a la misteriosa mujer de una mascarada, ignorando que se trata de Sofía Valenti, su jefa de seguridad. Ella oculta un embarazo fruto de ese encuentro y utiliza tecnología avanzada para trabajar a su lado sin ser descubierta. Mientras conviven en el exclusivo ático corporativo, la intensa atracción mutua pone en riesgo el secreto de Sofía: el heredero que Adrian nunca deseó ya está en camino.
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Capítulo 3

La Torre Thorne a plena luz del día era incluso más intimidante que durante la noche de la gala. Si en la oscuridad parecía un faro de poder, bajo el sol de la mañana era una cuchilla de cristal que cortaba el cielo de la ciudad. Sofía Valenti se detuvo un segundo ante las puertas giratorias de acero, ajustándose la chaqueta de su traje sastre gris marengo. El corte era impecable, ligeramente masculino y, lo más importante, lo suficientemente rígido para ocultar el panel de compresión que llevaba ajustado bajo la camisa de seda blanca.

Hizo una inspiración profunda. El aire del lobby olía a café caro, mármol limpio y ambición desmedida.

-Sofía Valenti para la entrevista con el señor Thorne -dijo con voz firme frente al mostrador de seguridad.

El guardia, un hombre que no pasaba de los treinta con una postura que gritaba "ex-militar", la escaneó de arriba abajo. Sofía mantuvo la mirada neutra, analizando a su vez la posición de las cámaras y los puntos ciegos del vestíbulo por puro instinto.

-Piso sesenta, señorita Valenti. La esperan.

El ascensor subió con una suavidad casi irreal. Sofía sentía el ligero zumbido de la presión en sus oídos y una presión mucho más incómoda en su vientre. El dispositivo de compresión funcionaba, pero a medida que el estrés aumentaba, sentía que su cuerpo libraba una batalla interna. "Solo una hora", se repitió. "Solo tienes que convencerlo de que eres una máquina de eficiencia y salir de aquí".

Cuando las puertas se abrieron, no la recibió una secretaria, sino el propio silencio del poder. La oficina de Adrian Thorne ocupaba la mitad de la planta superior. Era un espacio diáfano, con suelos de madera oscura y paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de 360 grados. En el centro, tras un escritorio que parecía un bloque sólido de obsidiana, estaba él.

Adrian no levantó la cabeza de inmediato. Estaba revisando unos documentos digitales en una tablet, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos potentes y venosos que Sofía recordaba con una nitidez dolorosa. El recuerdo de esas manos recorriendo su espalda en la oscuridad del ático la golpeó como una descarga eléctrica.

-Tome asiento, señorita Valenti -dijo él sin mirarla. Su voz era la misma: profunda, autoritaria, pero con un matiz de cansancio que no estaba presente hace un mes.

Sofía se sentó, manteniendo la espalda recta. No cruzó las piernas; permaneció en una postura de alerta profesional.

-He leído su expediente -continuó Adrian, dejando finalmente la tablet sobre la mesa y fijando sus ojos azules en ella. Eran ojos que buscaban mentiras, ojos que diseccionaban-. Es impresionante. Ex-operativa de fuerzas especiales, experta en ciberseguridad y con un historial de protección VIP que incluye a tres jefes de estado. Sin embargo, su propia empresa de seguridad ha cerrado de la noche a la mañana. ¿Por qué debería contratar a alguien cuyo último negocio fracasó?

Sofía no parpadeó. Estaba preparada para esa pregunta.

-Mi empresa no fracasó por falta de competencia, señor Thorne, sino por la insolvencia de mi cliente principal. Liquidé todos mis activos para pagar a mis empleados hasta el último centavo. Eso se llama integridad. En seguridad, la integridad es tan valiosa como la puntería.

Adrian entornó los ojos, evaluándola. Había algo en la voz de ella, una cadencia familiar que lo hizo fruncir el ceño casi imperceptiblemente. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio de obsidiana.

-Usted me resulta familiar -soltó él de repente, su mirada bajando por el rostro de Sofía, deteniéndose en sus labios y luego en sus ojos verdes.

El corazón de Sofía dio un vuelco contra sus costillas. "Mantente fría", se ordenó. "La máscara de la gala le impedía verte los ojos con claridad".

-Es posible que me haya visto en algún evento de la industria, o quizás en alguna de las ferias de seguridad de Tel Aviv -respondió ella con una calma gélida-. Suelo estar en las sombras, señor Thorne. Es mi lugar natural.

Adrian guardó silencio durante varios segundos, un silencio que pesaba como el plomo. Se levantó y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Sofía aprovechó ese segundo para exhalar discretamente. La náusea, esa compañera persistente de las últimas mañanas, empezaba a subirle por la garganta. Necesitaba que esto terminara pronto.

-Mi seguridad actual es deficiente -dijo Adrian, mirando hacia el horizonte-. La semana pasada hubo una brecha en la gala de caridad. Nada grave, pero alguien entró en mi sistema de vigilancia y borró diez minutos de metraje de las cámaras del ático. Alguien con talento.

Sofía sintió un escalofrío. Ella misma había borrado esos diez minutos desde su portátil antes de salir de la torre aquella noche. No podía dejar pruebas de que la Jefa de Seguridad contratada externamente se había acostado con el cliente.

-Si me contrata, esos diez minutos no volverán a perderse -aseguró ella-. Mi lealtad no es hacia una agencia, es hacia la persona que protejo. Y usted, señor Thorne, es un hombre con muchos enemigos.

Adrian se giró bruscamente. Su presencia física parecía llenar toda la habitación. Caminó hacia ella con esa elegancia felina que la hacía sentir acorralada. Se detuvo justo frente a su silla. Sofía tuvo que levantar la barbilla para mantener el contacto visual. Estaba tan cerca que podía oler su loción, el mismo aroma a sándalo que la perseguía en sus sueños.

-Tengo enemigos en las juntas directivas, en la competencia y en las calles -dijo él en voz baja-. No necesito una empleada, necesito un escudo. Necesito a alguien que no tenga una vida personal, que no tenga distracciones. Que no tenga... debilidades.

Él puso una mano sobre el brazo de la silla de ella, rodeándola sin tocarla. Sofía pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Por un instante, el instinto de ella no fue huir, sino inclinarse hacia él, recordar el contacto de su piel. El bebé en su interior pareció dar una vuelta, una sensación extraña y nueva que casi la hace flaquear.

-No tengo familia, ni ataduras -mintió ella, clavando sus ojos en los de él con una intensidad desafiante-. Mi único objetivo es su seguridad. Si eso es lo que busca, no encontrará a nadie mejor.

Adrian la observó intensamente. Había una tensión entre ellos que trascendía lo profesional, un hilo invisible que tiraba de ambos hacia un pasado que él no lograba identificar y que ella intentaba desesperadamente enterrar. Él buscaba en el rostro de Sofía algo que le diera una pista, una señal de por qué su pulso se aceleraba al estar cerca de esta mujer que, en teoría, acababa de conocer.

-Mañana a las seis de la mañana -dijo finalmente, rompiendo la tensión al alejarse-. Empezará con una auditoría completa de mis sistemas domésticos y de transporte. Reportará directamente a mí, a cualquier hora. Si suena mi teléfono, usted responde. Si me muevo, usted se mueve. ¿Está claro?

-Perfectamente claro, señor Thorne.

Sofía se levantó. Por un momento, al ponerse de pie demasiado rápido, el mundo giró ligeramente. Se apoyó un segundo en el escritorio para recuperar el equilibrio. Adrian la sostuvo por el codo con una rapidez asombrosa.

-¿Se encuentra bien, Valenti? Está pálida.

-Solo un poco de presión baja, señor -dijo ella, retirando su brazo con delicadeza pero con firmeza-. No he desayunado bien por los nervios de la entrevista. No volverá a ocurrir.

Adrian la observó salir de la oficina con una expresión indescifrable. Había algo en esa mujer, en su forma de moverse, en la manera en que protegía su espacio personal, que lo inquietaba profundamente. No era solo su belleza, que era evidente, sino una especie de secreto que parecía emanar de sus poros.

Mientras tanto, en el ascensor, Sofía se derrumbó contra la pared metálica. Se llevó una mano al vientre y cerró los ojos, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la frente.

-Lo hemos logrado -susurró para sí misma-. Estamos dentro.

Ahora empezaba la parte difícil: trabajar dieciocho horas al día al lado del padre de su hijo, ocultando un vientre que crecía día a día y un corazón que, a pesar de toda su formación táctica, no sabía cómo dejar de latir con fuerza cada vez que Adrian Thorne entraba en la habitación.

Había entrado en la boca del lobo, y ahora solo le quedaba esperar que el lobo no decidiera morder antes de que ella encontrara la salida.

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