Portada de la novela Secretos en el Ático

Secretos en el Ático

7.9 / 10.0
El magnate tecnológico Adrian Thorne no puede olvidar a la misteriosa mujer de una mascarada, ignorando que se trata de Sofía Valenti, su jefa de seguridad. Ella oculta un embarazo fruto de ese encuentro y utiliza tecnología avanzada para trabajar a su lado sin ser descubierta. Mientras conviven en el exclusivo ático corporativo, la intensa atracción mutua pone en riesgo el secreto de Sofía: el heredero que Adrian nunca deseó ya está en camino.

Secretos en el Ático Capítulo 1

La Torre Thorne no era simplemente un edificio; era una declaración de guerra contra la gravedad y la mediocridad. Situada en el corazón financiero de la ciudad, su estructura de cristal y titanio se alzaba como un dedo acusador hacia el cielo. En el piso sesenta, el aire siempre se sentía más delgado, más frío y mucho más caro.

Sofía Valenti se ajustó el auricular oculto, sintiendo el roce del plástico contra su piel. El vestido de seda color borgoña que llevaba era una obra de ingeniería: lo suficientemente elegante para camuflarse entre las mujeres más ricas del país, pero con las costuras reforzadas y una abertura lateral que permitía una patada de trescientos sesenta grados si la situación lo requería. Su máscara, una delicada pieza de filigrana negra, le pesaba sobre los pómulos. Para los demás, ella era una invitada misteriosa; para su equipo, era la "Sombra", la encargada de que la fiesta de caridad más importante del año no terminara en un desastre de relaciones públicas.

-Punto alfa, aquí Sombra. El perímetro del balcón sur está despejado. Demasiado champán y poco juicio, pero sin amenazas detectadas -informó Sofía en un susurro apenas audible, mientras fingía beber de una copa de cristal de Baccarat.

-Copiado, Sombra. Mantén la posición. El jefe está por entrar al ruedo -respondió la voz metálica de su segundo al mando a través del auricular.

Sofía exhaló un suspiro contenido. El "jefe". Adrian Thorne.

Había pasado los últimos tres meses estudiando a ese hombre. Había leído sus informes financieros, sus rutinas de ejercicio, sus fobias alimentarias y, sobre todo, su historial público de absoluta frialdad. Adrian era un hombre que operaba bajo una premisa única: el control absoluto. Había blindado su imperio contra adquisiciones hostiles y había blindado su vida privada contra cualquier tipo de lazo emocional. Su declaración en la revista Forbes aún resonaba en los círculos sociales: "Los herederos son la muerte de los imperios; dividen la fortuna y multiplican las traiciones. Mi linaje termina conmigo".

De repente, el murmullo de la orquesta y las risas vacuas se atenuaron. No fue un silencio brusco, sino una onda de choque que recorrió el salón. Adrian Thorne acababa de entrar.

Vestía un esmoquin negro que parecía haber sido esculpido sobre su cuerpo. No llevaba una máscara completa, sino una antifaz de plata pulida que resaltaba el azul gélido de sus ojos. Se movía con la confianza depredadora de quien sabe que es el dueño no solo del edificio, sino de las vidas de quienes están dentro. Sofía lo observó desde la periferia. Notó la forma en que su mandíbula se tensaba cuando un senador intentó abordarlo, y cómo sus ojos escaneaban la sala, no buscando amigos, sino debilidades.

-Es un animal magnífico, ¿verdad? -susurró una voz a su lado. Era una de las herederas de una petrolera, ya ebria de lujo-. Lástima que tenga un bloque de hielo por corazón. Dicen que nunca ha pasado más de una noche con la misma mujer.

Sofía no respondió. Sus ojos se cruzaron con los de Adrian en ese preciso instante. Fue como un choque eléctrico. Ella no apartó la mirada; su entrenamiento le dictaba que la sumisión era la primera señal de sospecha. Él, por su parte, pareció ver algo en ella que no encajaba con el resto del decorado humano del salón.

Adrian comenzó a caminar. No hacia el buffet, ni hacia el escenario de los discursos, sino directamente hacia el rincón sombreado donde Sofía se encontraba.

-Usted no está disfrutando de la fiesta -dijo él cuando estuvo a menos de un metro. Su voz era un barítono profundo, con una vibración que Sofía sintió en la boca del estómago.

-Estoy disfrutando de la vista, señor Thorne -respondió ella, manteniendo su tono profesional pero con un matiz de desafío-. Es fascinante ver cómo la gente se esfuerza tanto por parecer lo que no es detrás de estas máscaras.

Adrian arqueó una ceja, intrigado. Dio un paso más, invadiendo ese espacio que Sofía consideraba su zona de seguridad. El aroma de su perfume, una mezcla de cuero noble y notas cítricas oscuras, la envolvió.

-¿Y qué es lo que usted oculta detrás de la suya? -preguntó él, inclinándose ligeramente.

-Seguridad -respondió ella, y por un momento, el doble sentido de la palabra quedó suspendido en el aire.

-¿Seguridad contra qué? ¿Contra los intrusos o contra usted misma?

Sofía sintió que el auricular en su oído vibraba con un aviso de rutina, pero lo ignoró por primera vez en su carrera. Había algo en la cercanía de Adrian que estaba cortocircuitando su lógica. La forma en que él la miraba, como si pudiera ver a través del encaje y la seda hasta los secretos que ella guardaba en su mente, era embriagadora.

-La mayoría de la gente tiene miedo de perderse en el caos -dijo Sofía, bajando la voz hasta convertirla en una caricia aterciopelada-. Yo creo que usted tiene miedo de perderse en el orden.

Adrian se quedó inmóvil. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a diseccionarlo en su propia casa. Por un segundo, la máscara de CEO implacable cayó, dejando ver a un hombre devorado por una curiosidad voraz.

-Venga conmigo -ordenó, aunque sus ojos pedían, no mandaban.

-Tengo un trabajo que hacer, señor -insistió ella, aunque sus pies ya se movían siguiendo los de él.

-Su trabajo esta noche es evitar que me aburra mortalmente en mi propia gala. Considérelo una orden directa del dueño del edificio.

La guió hacia el ascensor privado, aquel que requería una huella biométrica para activarse. Mientras las puertas se cerraban, el silencio se volvió denso, casi sólido. El indicador de pisos subió rápidamente hacia el ático, el santuario personal de Adrian donde nadie, absolutamente nadie, tenía permitido entrar.

En el cubículo metálico, la tensión estalló. Adrian la acorraló contra la pared de acero, sus manos apoyándose a ambos lados de la cabeza de Sofía. Sus ojos ardían con una intensidad que nada tenía que ver con los negocios.

-No sé quién eres -susurró él contra sus labios-, pero eres la primera persona en este lugar que no parece estar esperando que le caiga una migaja de mi mesa.

-No quiero sus migajas, Adrian -respondió ella, usando su nombre de pila por primera vez, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas-. De hecho, no creo que pueda manejar lo que yo quiero.

Él soltó una risa seca, oscura.

-Ponme a prueba.

Las puertas del ascensor se abrieron al ático. La luz de la luna bañaba los muebles de diseño y el piano de cola. Pero no llegaron más allá del vestíbulo. Adrian la besó con una urgencia que rayaba en la desesperación, y Sofía, la mujer que siempre tenía un plan de contingencia, la jefa de seguridad que nunca dejaba nada al azar, se abandonó al fuego.

Esa noche, bajo las sábanas de seda de un hombre que juró no dejar descendencia, Sofía Valenti cometió el único error de su carrera profesional. Un error que, en pocas semanas, comenzaría a crecer en su interior, transformándose en el secreto más peligroso de la Torre Thorne.

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