Portada de la novela Luna Sangrienta

Luna Sangrienta

8.2 / 10.0
Adam es un alfa que vive camuflado entre los humanos hasta que el aroma de Megan altera su realidad. La llegada de una luna sangrienta despierta poderes ocultos en la joven y expone el secreto licántropo de él. Tras salvar a Elara de los despiadados Celadores de la Luz, descubren que sus marcas los condenan. Forzados a colaborar, este grupo deberá encabezar una valiente resistencia contra las sombras en un conflicto bélico que solo acaba de empezar.

Luna Sangrienta Capítulo 1

En las profundidades del Bosque Susurrante, donde los árboles centenarios formaban un dosel impenetrable y la luz de la luna apenas se filtraba, vivía Lycan, el imponente alfa de la manada de lobos. Su pelaje oscuro como la noche y sus ojos ámbar reflejaban la sabiduría de generaciones. Pero Lycan no era un lobo común; poseía la habilidad, rara entre su especie, de transformarse en hombre. Bajo la piel humana, conservaba la fuerza, la astucia y el instinto protector del lobo.

Una tarde, mientras Lycan exploraba los límites del bosque en su forma humana, con la intención de observar el mundo de los humanos que tanto le fascinaba y, a veces, le irritaba, sus ojos se posaron en una figura que parecía sacada de un sueño. Era una mujer, Megan, con una cabellera blanca que caía como cascada sobre sus hombros, contrastando maravillosamente con su piel morena y unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo la tenue luz del atardecer. Lycan sintió una punzada en el pecho, algo que nunca antes había experimentado. La belleza de Megan no era solo física; irradiaba una pasión, una intensidad que lo atrajo como la luna a las mareas.

Megan estaba sentada a la orilla de un pequeño arroyo, dibujando en un cuaderno con una concentración casi etérea. Lycan se acercó con cautela, su corazón latiendo con un ritmo desconocido.

"Disculpe", dijo Lycan, su voz un poco más ronca de lo habitual. "No quise molestarla. Es solo que... su arte es cautivador".

Megan levantó la vista, sus ojos verdes encontrándose con los de Lycan. Una sonrisa suave se formó en sus labios. "No molestas en absoluto. Gracias. Solo intento capturar la esencia de este lugar".

Se enfrascaron en una conversación. Lycan, bajo el nombre de 'Adam', un apodo que había adoptado para sus incursiones en el mundo humano, se encontró hablando con una facilidad asombrosa. Hablaron de la naturaleza, del arte, de los secretos que guardaba el bosque. Megan, sin saberlo, tejía una red a su alrededor con cada palabra, cada gesto. Su pasión por la vida, su curiosidad y la chispa en sus ojos verdes, eran un imán para el lobo disfrazado. Lycan se esforzó por mantener su verdadera identidad oculta, por parecer un simple viajero fascinado por su conversación. Temía que su naturaleza la asustara, la alejara. Pero al mismo tiempo, cada minuto que pasaba a su lado, la necesidad de estar cerca de ella crecía, profunda e incontrolable.

Los días se convirtieron en semanas, y sus encuentros se hicieron más frecuentes. Lycan, como Adam, la esperaba pacientemente, deseando la oportunidad de sumergirse en su mundo. Megan, por su parte, sentía una conexión inusual con este hombre misterioso de ojos intensos. Había algo en él que le recordaba la fuerza indómita del bosque.

Pero el mundo humano en el que Lycan se movía era frágil y ajeno a las antiguas fuerzas que se agitaban bajo su superficie.

Los humanos gobernaban, ignorantes de las criaturas que compartían su tierra, de las lunas que influían en destinos y transformaciones.

Una noche, el cielo se tiñó de un ominoso color carmesí. La luna de sangre, un fenómeno raro y poderoso, se alzaba sobre el Bosque Susurrante. Esa noche, mientras Lycan sentía el llamado salvaje de su lado lobuno intensificarse, algo más sucedió. En la cabaña de Megan, bajo la luz rojiza que se filtraba por su ventana, una sensación extraña comenzó a recorrerla. Un poder latente, dormido durante mucho tiempo, empezó a despertar. Era como una flor que brotaba de la tierra, rompiendo el suelo para alcanzar la luz.

Mientras tanto, Lycan, sintiendo la inminente transformación, se debatía entre la urgencia de su naturaleza y el deseo de proteger a Megan. ¿Qué significaría esta luna de sangre para ambos? ¿Y qué era esa nueva energía que sentía emanar del bosque, una energía que, de alguna manera, lo llevaba directamente hacia ella? La imagen de Megan, con su cabello blanco y sus ojos verdes, se grabó en su mente justo antes de que el aullido primal escapara de su garganta, anunciando que la luna de sangre había llegado.

La luna de sangre bañaba el bosque con una luz antinatural, tiñendo las hojas de los árboles de un rojo oscuro y proyectando sombras alargadas y danzarinas. En la cabaña, Megan sintió que la energía pulsante se intensificaba. Un calor recorrió sus venas, una sensación extraña pero extrañamente familiar. Cayó de rodillas, sus manos temblaban mientras sus ojos verdes se agrandaban. No era miedo lo que sentía, sino una especie de despertar. Como si un velo se descorriera, el mundo a su alrededor se volvió más nítido, los sonidos del bosque más claros, los olores más intensos. Sintió una conexión profunda con la tierra, una resonancia que nunca antes había experimentado.

Fuera de la cabaña, Lycan había completado su transformación. Su forma lupina era imponente, su pelaje oscuro brillaba con el reflejo carmesí de la luna. El instinto lo llamaba a aullar, a correr libre bajo el cielo sangriento, pero otro impulso, más reciente y poderoso, lo dirigía hacia la cabaña de Megan. Podía sentir la ola de energía que emanaba de ella, una energía que, sorprendentemente, se asemejaba a la suya, pero con una resonancia diferente, antigua y poderosa. No era la de una loba, sino algo distinto, algo que lo intrigaba y lo urgía a protegerla.

Con la agilidad de su forma de lobo, Lycan se acercó a la cabaña. El cristal de la ventana le permitió verla. Megan estaba de pie ahora, sus brazos extendidos, como si estuviera absorbiendo la energía de la luna de sangre. Su cabello blanco parecía flotar alrededor de su cabeza, y sus ojos verdes resplandecían con una luz sobrenatural. Un símbolo, parecido a una enredadera estilizada, comenzó a formarse lentamente en su antebrazo, brillando con un resplandor etéreo.

Lycan emitió un gruñido bajo, una mezcla de asombro y preocupación. Lo que le estaba sucediendo a Megan no era una simple reacción a la luna de sangre; era una manifestación de algo intrínseco a ella, algo que hasta ahora había permanecido latente.

En ese instante, Megan sintió la presencia. Sus ojos se dirigieron a la ventana, encontrándose con los ojos ámbar del gran lobo. No había miedo en su mirada, solo una curiosidad profunda y un reconocimiento tácito. La conexión que había sentido con Adam se materializó en ese momento, proyectada en la figura del lobo. Sabía, con una certeza inquebrantable, que eran la misma entidad.

"¿Adam?", susurró Megan, aunque su voz sonó más fuerte y clara de lo que esperaba, resonando en el silencio de la noche.

El lobo inclinó ligeramente la cabeza, como si entendiera. Lycan, en su forma animal, sintió la poderosa atracción de su voz, la calidez de su reconocimiento. Nunca nadie lo había mirado con tanta comprensión, con esa falta de temor, después de ver su verdadera forma.

La luna de sangre continuó su ascenso, y con cada momento que pasaba, la energía en Megan crecía. Las enredaderas etéreas de su tatuaje brillaron con mayor intensidad, y el aire a su alrededor comenzó a crepitar con una magia sutil.

De repente, los gritos de una mujer se escucharon a lo lejos, seguidos por el estrépito de una rama rompiéndose y el sonido de pasos corriendo. La paz del bosque se rompió. Lycan gruñó, su instinto protector activándose. El peligro, siempre al acecho, había llegado al Bosque Susurrante.

Megan también lo sintió. Su recién despertada percepción le permitió captar la angustia de la mujer, el miedo que la perseguía. Sin dudarlo, miró a Lycan, sus ojos verdes comunicando una determinación férrea. "Algo está mal", dijo, y la voz que salió de ella estaba imbuida de un poder que ni ella misma reconocía.

Lycan no necesitó más. Los humanos, siempre invadiendo los límites del bosque, ahora traían sus problemas directamente a su puerta, a la puerta de Megan. El lobo alfa, con un último vistazo a la mujer de cabello blanco y ojos verdes que le había robado el corazón, salió disparado hacia el origen de los gritos, con Megan pisándole los talones, guiada por su recién descubierto don. La noche de la luna de sangre apenas comenzaba, y el destino de ambos estaba a punto de entrelazarse de una manera que jamás habrían imaginado.

El Bosque Susurrante, ahora iluminado por la inquietante luz carmesí de la luna de sangre, se había transformado en un escenario de sombras danzantes y urgencia palpable. Lycan, con cada zancada de sus poderosas patas, se movía a una velocidad asombrosa, sus sentidos agudizados por la luna y la cercanía de Megan. Podía oler el miedo, la adrenalina y la presencia de intrusos.

Megan, sorprendentemente ágil y con una resistencia que antes no poseía, seguía de cerca al gran lobo. El símbolo en su antebrazo brillaba con más intensidad, y un aura sutil parecía rodearla. Cada fibra de su ser vibraba con la recién descubierta conexión con la naturaleza. Podía sentir el pulso del bosque bajo sus pies y la dirección exacta del peligro.

Llegaron a un pequeño claro. Allí, una joven, con ropas de viajera desgarradas y el rostro cubierto de lágrimas y suciedad, intentaba desesperadamente huir de dos hombres corpulentos y armados con garrotes. Eran cazadores furtivos, una plaga en los límites del bosque, conocidos por su crueldad. Habían intentado capturar a la joven, confundiéndola con una criatura mítica que, según rumores, habitaba la zona.

Lycan no dudó. Con un gruñido aterrador que resonó en el claro, se lanzó hacia los cazadores. Su velocidad y fuerza eran inmensas, y los hombres, aturdidos por la aparición de un lobo tan grande y feroz, apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Lycan atacó con una precisión letal, inmovilizando a uno de ellos con una mordida en el brazo que lo hizo soltar su garrote y aullar de dolor.

Megan, al ver la brutalidad de los hombres, sintió una oleada de ira. Cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, la luz de sus esmeraldas era más intensa. Las enredaderas de su tatuaje se extendieron invisiblemente por el aire, envolviendo al segundo cazador. El hombre se encontró de repente atrapado, como si lianas invisibles se hubieran enredado en sus piernas y brazos, inmovilizándolo por completo.

Su garrote cayó al suelo mientras forcejeaba inútilmente.

La joven viajera, que había caído al suelo por el impacto de la escena, observaba con ojos desorbitados. Un lobo gigantesco y una mujer de cabello blanco que parecía controlar el bosque. No sabía si había sido rescatada o si había tropezado con un peligro aún mayor.

Lycan miró a Megan, un brillo de asombro en sus ojos ámbar. Había sentido su poder, pero verlo manifestarse de esa manera era algo completamente nuevo. Su Megan no solo era bella, sino también una fuerza a tener en cuenta.

Los cazadores, magullados y aterrorizados, no tardaron en suplicar. Lycan se acercó a ellos, un gruñido bajo retumbando en su pecho. La luna de sangre los miraba, y el poder del bosque parecía haberse levantado en su contra.

"Váyanse", dijo Megan, su voz clara y autoritaria, resonando en el silencio del claro. "Y no vuelvan. El bosque no los quiere aquí."

El pánico se apoderó de los cazadores. Cuando las enredaderas invisibles se aflojaron, huyeron despavoridos, dejando atrás sus armas y su botín.

Megan se acercó a la joven viajera, que seguía sentada en el suelo, temblorosa. "Estás a salvo", dijo con suavidad, arrodillándose para ofrecerle una mano.

La joven miró a Megan, luego al lobo que se había postrado un poco más lejos, observándolas. "¿Quién... quién eres tú? ¿Y él?"

Megan sonrió, una sonrisa enigmática. "Soy Megan. Y él es mi... protector." No era una mentira, no del todo.

La luna de sangre comenzó a descender, y con ella, la intensidad de la magia disminuyó un poco, pero no desapareció por completo. Lycan volvió a su forma humana, aunque el proceso fue más lento de lo habitual, como si la luna se aferrara a su forma lobuna. Apareció ante ellas como Adam, sus ojos ámbar aún brillando con un dejo salvaje.

"Tendrás que contarnos qué te ha pasado", le dijo Adam a la joven, su voz ahora suave y tranquilizadora.

La joven, todavía en shock, asintió. "Mi nombre es Elara. Huía de... de un pueblo. Han empezado a cazar a los que llaman 'marcas', personas con símbolos extraños. Dicen que son una amenaza." Elara levantó un brazo tembloroso, revelando un pequeño y delicado símbolo de una flor en su muñeca. "Soy una de ellas."

Megan miró su propio antebrazo, donde el símbolo de la enredadera seguía brillando tenuemente. Miró a Lycan, sus ojos verdes llenos de una nueva comprensión. "No estás sola, Elara. Parece que ninguna de nosotras lo está."

La luna de sangre no solo había despertado el poder de Megan, sino que también había revelado un mundo oculto, un mundo donde las marcas eran perseguidas, y donde el destino de humanos y lobos se entrelazaba más allá de lo imaginable. Lycan y Megan se habían encontrado, habían salvado a una extraña, y ahora se enfrentaban a una verdad que cambiaría sus vidas para siempre. El bosque, bajo la mirada de la luna menguante, guardaba muchos más secretos de los que jamás habrían creído.

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Tabla de contenidos de Luna Sangrienta

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