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Portada de la novela Renacida, adiós a la esposa del Don

Renacida, adiós a la esposa del Don

Tras ser forzada a casarse con Gideon, el implacable Don de la mafia que la despreciaba por creerla una usurpadora, la protagonista vive un infierno de desprecio que culmina en su trágica muerte y la de su hijo en una montaña nevada, abandonada por su esposo y sus propios padres. Al reencarnar justo el día del regreso de su hermana, decide romper el ciclo. En esta nueva vida, rechazará mendigar el afecto de su familia y del frío mafioso, decidida a reclamar su propio destino y libertad.
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Capítulo 5

La última chispa de esperanza que me quedaba se terminó de apagar.

Gideon me miró desde lo alto, con esa mirada fría y distante .

—Evelyn, de verdad perdiste la cabeza —sentenció.

Dio un paso hacia mí y, con una saña calculada, me aplastó el brazo con su bota.

—¿Qué mano usaste para apuñalarla?

No respondí. No me quedaba ni el aliento para abrir la boca. Tenía el cuerpo pesadísimo, como un cadáver que ya no siente nada.

—¿No vas a hablar? Está bien.

Sacó una pistola plateada y, sin pensarlo dos veces, jaló el gatillo.

Dos disparos ensordecedores retumbaron en la celda. Una bala en cada mano.

El dolor me atravesó, blanco y abrasador, insoportable.

Las lágrimas empezaron a brotarme sin control, pero Gideon ni siquiera parpadeó. Guardó el arma con total calma y me miró como si yo no fuera nada.

—Evelyn, que esta sea tu última advertencia. Si vuelves a tocar a Bella, se acabó para ti.

Mis padres dudaron un segundo al escuchar la sentencia, pero enseguida se apresuraron a intervenir:

—¡Esta mujer solo traerá más problemas, Don Wade! ¡Debería deshacerse de ella ya! ¿Cómo podemos estar tranquilos mientras ella esté aquí?

Mis padres no paraban de lanzarme insultos. Para ellos, yo no era más que basura, un estorbo, una vergüenza que no merecía ni seguir respirando.

Se les olvidaba que yo también era su hija.

Cuando Bella se largó de la casa, fui yo quien se quedó para cuidar de ellos. Yo era la que los llevaba de viaje, la que pasaba noches en vela junto a sus camas cuando caían enfermos, la que rezaba por verlos recuperados.

Pero después de todo lo que hice, lo único que me daban a cambio eran desprecios.

—¡Don Wade, ya llegó el médico de la familia! —gritó alguien.

Enseguida subieron a Bella a una camilla.

El doctor se detuvo en seco. Sus pantalones blancos se estaban manchando de sangre, pero la herida del cuchillo estaba claramente en el abdomen, mucho más arriba.

Gideon se dio cuenta al instante. Le apretó la muñeca al doctor con fuerza.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué está sangrando ahí? ¿Acaso... se hirió en otra parte?

El médico examinó la zona rápidamente y palideció.

—Por favor, cálmese, Don Wade. Por lo que puedo ver... parece que la señorita Bella acaba de sufrir un aborto espontáneo.

—¿Qué?

La cabeza de Gideon se levantó de golpe. Sus manos temblaban incontrolablemente.

Mi madre se desplomó al suelo, gritando.

—¡El bebé! ¡Mi nieto se fue!

Gideon frunció el ceño, completamente confundido.

—¿De qué bebé hablas? ¿Cuándo quedó embarazada?

Mi madre, hipando entre lágrimas, intentó recuperar el aliento:

—Fue justo después de la fiesta. Ella quería darte la sorpresa en unos días...

Con cada palabra que decía, el dolor en los ojos de Gideon se volvía más intenso.

Al ver la sangre que manchaba el muslo de Bella, aquel hombre implacable y de hierro se quebró.Por primera vez, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No... mi hijo... —susurró.

Toda la familia sabía que años atrás, a Gideon le habían dado un balazo en el abdomen durante un enfrentamiento. Los médicos habían sido claros: aquello lo había dejado prácticamente estéril.

Ahora todo encajaba.

La desesperación de mis padres por hacer de Bella su esposa tenía sentido: ella estaba embarazada. Pero entonces, una duda me golpeó: ¿por qué arriesgaría ella a su propio hijo solo para tenderme una trampa...?

Antes de que pudiera entenderlo del todo, Gideon clavó sus ojos en mí. Estaban inyectados en sangre y cargados de decepción.

Qué irónico.

—Ella mató a mi hijo —soltó con una voz ronca y gélida—. Y lo va a pagar. Que nadie se atreva a curarle las heridas.

La habitación quedó en silencio.

Randel lo miró, incrédulo, pero la mirada gélida de Gideon lo hizo callar al instante.

—Si alguien intenta abogar por ella otra vez, se muere con ella.

Luego se dio la vuelta y se alejó. Su silueta se iba haciendo más pequeña, hasta que el mundo que me rodeaba se desvaneció en negro.

Cuando volví en mí, la celda estaba vacía. La sangre en mi cuerpo ya se había secado, pegándoseme a la piel.

Las lágrimas me rodaban por la cara, pero no era por el dolor, sino por el vacío que sentía en el pecho.

Entonces me di cuenta: aquel latido que sentía dentro de mí se había apagado. Mi bebé estaba muerto... asesinado por su propio padre.

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