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Portada de la novela POLVO DE EL DORADO

POLVO DE EL DORADO

Durante la Revolución Mexicana, Amanecer Villarreal vive oculta bajo identidades falsas hasta que conoce a un bandido noble marcado por el dolor. Aunque surge entre ellos una pasión intensa, la protagonista pronto se enfrenta a la amargura de la traición y el engaño. Para sobrevivir, Amanecer deberá arriesgar su integridad confiando en este hombre, descubriendo que la lucha por el amor puede terminar destruyendo el sentimiento mismo.
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Capítulo 2

Capítulo 2

Justo al mediodía, el fuereño a solas sintiéndose un poco mejor, intentó ponerse en pie y recorrer el lugar. En eso estaba cuando fue sorprendido por el pequeño Manuel, que jugando había ido a esconderse de sus siete compañeritos.

— Dijo la hermana Agustina que no debe caminar — dijo el niño entrando solo.

— Si pero ya me encuentro bien chamaco...

— Me llamo Manuel.

— Mira Manuelito, no le digas a la hermana que ya puedo caminar. Ya ves como son las mujeres mano. No se vaya a preocupar. Que sea nuestro secreto ¿qué dices?

El forastero que tenía planeado buscar el oro del que tanto había escuchado, sabía que con fingirse delicado la mujer no le echaría.

— ¿Y yo que saco de todo eso? — dijo Manuel mirando desconfiando al hombre.

— Mira tú pequeña granuj... — dijo el fuereño desesperado al sentirse chantajeado. Aunque luego trató de tranquilizarse —. Está bien. ¿Quieres algo?.. Yo te puedo dar... te puedo dar... ahora lo veras... ¿Qué te parece si te enseño a lazar y a florear la reata?

— ¡Ta güeno!

— Pero no olvides que la hermana no debe saber que ya camino. ¿Es un trato? ¿A lo macho?— dijo extendiéndole la mano al niño.

— A lo macho — dijo Manuel escupiendo su mano para luego estrecharla contra la del forastero.

El hombre haciendo una mueca de desagrado sin otro remedio, estrechó la mano del niño.

En eso la hermana Agustina llegó distraída y ataviada con la comida del supuesto convaleciente. Entonces Manuel hábilmente empujó al hombre a la cama para evitar que la joven lo mirara en pie. Luego el niño fue y ayudó a la hermana con los platos para después salir.

— ¿Y cómo se siente er enfermito?

— No le voy a mentir hermana... Siento como si una manada de caballos me hubiera pasado por encima.

— Entoncee coma esto que le preparé. Necesita recobrar laa fuerzaa... Por cierto y ¿cómo se llama?

— Me llamo... Bueno. Todos me dicen... Bravo.

— Entoncee ¿Bravo ee su nombre?

— No es mi apellido. Realmente me llamo Roberto.

— Bien Roberto, pue a comee que se enfría...

El hombre al escuchar su nombre sonrió.

— Puedo sabee ¿por qué se sonríe?

— Es sólo que hacía mucho tiempo que nadie decente me llamaba por mi nombre... Suena bien cuando usted lo dice.

— Pue ustee habla como si estuviera siempre rodeao de persona peligrosaa — dijo ella desconfiada dándole una cucharada de sopa.

Bravo comenzó a toser. Al parecer se sintió apenado, ya que recordó que en realidad siempre había estado rodeado de ladrones, apostadores y estafadores.

De pronto se hizo un silencio entre los dos. Fue en ese momento que Bravo observó con detenimiento a la joven. Miró sus manos delicadas y finas. Y luego puso atención a su rostro. La hermana era hermosa. Tenía unos bellos ojos color café claro. Una pequeña boca de labios finos y rosados. La joven se comenzó a sentir un tanto incómoda.

— Discúlpeme — dijo Bravo.

— No se preocupe — respondió ella sin mirarlo.

—¿Sabe? No tiene la pinta de una religiosa...

— ¿Cómo?

— Quiero decir que las pocas monjitas que conozco son... digamos que son diferentes a usted.

— Pue en er fondo todaa somoo igualee.

— Si pero si no es por que trae el... bueno, sino es por que trae cubierta la cabeza, cualquiera pensaría que usted es una muchacha común.

— Se llama hábito. Y... aunque no lo lleve sé lo que soy.

—Cierto. Discúlpeme de nuevo — dijo él esbozándole una sonrisa que la joven tímida no correspondió. Esto lo hizo sentirse apenado —... Y se puede saber ¿qué hace tan lejos de su país?

Entonces la joven viéndose nerviosa se puso de pie dándole la espalda.

— La congregación... la congregación decide a donde somoo envíadaa — respondió titubeante.

— Y ¿por qué hasta Durango?

— Pue hacíamoo maa farta aquí tar parece...

— Y ¿le gusta mi país?

— ¡Pué no sé quién se lo ha dao...! ¡Que este ee también mi paii que lo sepa ustee!

— Tranquila. Si no quise incomodarla palabra.

— ¡Pué me interroga cual gendarme que me pone nerviosa hombre!

Mientras tanto a Magueyales llegó la banda de los peligrosos forajidos apodados Los Rotos. Eran Aníbal, Calixto y Pascual comandados por Romualdo Chávez. Se trataba de unos estafadores, saqueadores y vulgares ladrones que eran buscados por las autoridades por todo el norte de México. Pero en esa ocasión llegaron a cobrarse una antigua deuda.

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