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Portada de la novela POLVO DE EL DORADO

POLVO DE EL DORADO

Durante la Revolución Mexicana, Amanecer Villarreal vive oculta bajo identidades falsas hasta que conoce a un bandido noble marcado por el dolor. Aunque surge entre ellos una pasión intensa, la protagonista pronto se enfrenta a la amargura de la traición y el engaño. Para sobrevivir, Amanecer deberá arriesgar su integridad confiando en este hombre, descubriendo que la lucha por el amor puede terminar destruyendo el sentimiento mismo.
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Capítulo 3

Capítulo 3

Mientras tanto en su lujosa hacienda en Zacatecas, las hermanas Moncada, dos ancianitas muy adineradas, recibieron un telegrama de manos de la flaca Bartola, su criada.

— Con su licencia señoritas. Acaban de trair este papelegrama urgente pa sus mercedes.

— ¡Mira Modesta! ¡Son noticias de Silverio! — dijo doña Altagracia muy emocionada al recibir el papel — Y es telegrama bruta.

—Será el sereno pero ahí ta.

— ¿Y qué es lo que dice Altagracia? ¿Noticias de nuestra sobrina? ¿Ya la encontró? ¿Cuándo la trae de regreso? ¡Ya quiero verla!

— ¡Caramba mujer pero que desesperada eres! A penas lo voy a leer. Si por algo nunca quiso casarse contigo Porfiriano Lardizábal —dijo para luego persignarse —, que dios lo haya perdonado.

Entonces doña Modesta también persignándose, se puso de pie molesta.

— Pues fíjate tú que la nunca quiso casarse con él fui yo... y, y fue porque me doblaba la edad el muy aprovechado.

— Pero si cuando se conocieron tú tenías... a lo veras — dijo doña Altagracia haciendo cálculos—... Estabas por cumplir 59, y de eso ya hace como 34 años si no mal recuerdo.

—Mira Altagracia no hablemos de trapos sucios, porque entonces tú estás peor que yo. ¡Qué crees que no me enteré que sólo jugaste con Federico Barrientos! — dijo para luego también persignarse —, que dios lo haya perdonado... Y dicen las malas lenguas que hasta...

— ¿Qué hasta qué? — preguntó molesta a la vez que se persignaba.

— Que hasta te casaste con él y, y a escondidas. Sabrá dios que habría hecho nuestro pobre padre de haberse enterado de tu desliz.

Mientras la flaca Bartola las miraba bostezando con resignación.

— ¡Modesta! ¡Pero qué cosas dices...! ¿Desliz? ¿Yo?... Pero mira, aunque tú no estás para saberlo y ni yo para contarlo, pero te lo voy a confesar. Si. Lo acepto. Me casé con ese hombre en la kermes del pueblo, pero fue cuando yo sólo contaba con escasas doce tiernas primaveras, además el padre Vicente que en paz descanse...

— Y que dios haya perdonado — dijo doña Modesta persignándose.

— Si que dios lo haya perdonado — dijo también persignándose — ... Pues el padrecito fue nuestro testigo... Y ahora que lo sabes ya estarás contenta... Y sábete que me parece de muy mal gusto que lo recuerdes y lo traigas a colación.

— Está bien, está bien. Basta de pelear y mejor lee el telegrama hermana.

— Dirás bien, porque del coraje ya me estaban volviendo las agruras... Bartola retírate — dijo doña Altagracia guardando el papel.

— Si mujer, no seas chismosa que este es un asunto de fa—mi—lia.

— Va. Pa lo que me importa — dijo Bartola saliendo.

— ¡Que vocabulario es ese irrespetuosa! Pero cuando quieras ir por el pan para verte con tu Jelipe no te vamos a dejar — dijo Modesta guiñándole un ojo a su hermana.

— Haces muy bien en corregirla Mode... No, si las servidumbres de estos tiempos son tan irrespetuosas. Ahora vamos a leer esta chiva... Dice aquí:" Magueyales Durango, a tantos de mil novecientos tantos... Bla, bla, bla..."

Entonces la mujer después de leer el contenido, soltó el papel y sintiéndose angustiada, sus piernas comenzaron a flaquear.

— ¡A mí me va a dar algo Modesta...! ¡Ayúdame hermana! ¡Bartolita tráeme rápido mis pastillas mujer!

— ¿Pero qué horribles noticias traía el telegrama hermanita? — preguntó doña Modesta asustada y tratando de sentar a la mujer en una silla, mientras le abanicaba aire con su mano.

— ¡Ay! ¡Ay que te me muero Modesta! ¡Te me muero! ¡Es un síncope...!

—¡Aquí están las pastillas! — dijo Bartola llegando muy apurada.

— ¡Que me les muero muchachas!

— No digas eso Altagracita si estás muy joven aún... eres uno o dos años más chica que yo.

— Son dos años seis meses y catorce días realmente... — corrigió doña Altagracia.

— Si, de al tiro chavalitas — dijo Bartola sarcástica haciendo mofa.

—¡Tú cállate majadera! — dijo doña Altagracia arrebatándole las pastillas —. Que a ti va a ser a la primera a la que venga a jalarle las patas ¿me oyes sabandija?

—¡Ya cálmate Altagracita! ¡No hagas corajes!

— ¡Ay! ¡Ay...! ¡Te me muero Modesta, y sin haber amado que es pior...! Pero sujétame bien mujer y con fuerza, que si no voy a ir a dar al suelo...

— Pero ¿que decía el papel? — preguntó Bartola abanicándole aire.

— Si hermana ¿de qué infortunios te participaron?

— Una trágica noticia. Figúrense ustedes que dice Silverio que a nuestra sobrinita la ha secuestrado un... un peligroso forajido apodado el Bravo. ¡Y pide 10 mil pesos por su rescate!

— ¡Alma mía lo que estará sufriendo nuestra pobre niña!

Y justo en ese momento en Magueyales, Silverio bebía en una cantina acompañado de una mujer.

— Salud chula, porque me está saliendo muy bien el negocito. A estas horas las viejas locas de las Moncada ya han de estar contando el dinero que me van a enviar — dijo riendo mientras arrugaba en su mano un cartel de recompensa por la cabeza del Bravo.

— Pero güerito, esas mujeres se van a tragar el cuento de que el tal Bravo tiene a su sobrina.

— Esas ancianas creen todo lo que yo les digo. Las tengo comiendo de mi mano.

Mientras tanto a la cantina del viejo Cesáreo llegó Calixto, se dirigió emocionado a Romualdo, Aníbal y Pascual. Traía un papel entre sus manos.

—Mira nomas Romualdo — dijo mostrándole el cartel —. El gobernador del estado Guillermo Jiménez ya le puso precio a la cabeza de ese maldito del Bravo.

— "Se ofrecen 10 mil pesos a quien entregue vivo o muerto al peligroso forajido Roberto Bravo. Se le busca por diferentes crímenes como estafador, secuestrador y ladrón. Se entregará el dinero sin ninguna investigación" — dijo Romualdo terminando de leer —. Ahora más que nunca debemos dar con el Bravo, antes que cualquiera en este cochino pueblo se nos adelante y no volvamos a ver nuestro oro.

Y de nuevo en su casa de Zacatecas, las hermanas Moncada comenzaron a reunir y contar el dinero que le enviarían a Silverio.

— Oye hermana ¿no será mejor ir a Durango? — opinó Modesta acomodando fajos de billetes en un maletín —. Debemos estar al lado de la pobrecita de nuestra sobrina Amanecer. Es nuestra sangre, y la sangre...

— ...No se deja regada — respondieron en coro las dos mujeres.

— Puede que tengas razón Mode, ella es toda una Villarreal Moncada después de todo — dijo doña Altagracia.

— Y que porte tiene nuestra Amanecer. De modelo de revista. Y con ese acento español... tan divina.

— Aunque a mí el sólo mencionar el viaje me pone los pelos de punta Modesta. Magueyales no está a un tiro de piedra. Imagínate tú, dos señoritas de nuestra clase y porte, solas y desvalidas en un viaje de más 24 horas. Con caminos repletos de criminales y rufianes que es lo único que ha dejado esta cochina revolución.

— Calla hermana ya me has puesto de nervios a mí también... Pero ¿y si le decimos a Silverio que venga y nos lleve? Sólo así yo estaría más tranquila, si viajamos acompañadas de un hombre de nuestras confianzas.

— Sábete que no es mala idea Mode. Ahora mismo le pongo un telegrama.

En eso llegó Bartola con una charola para servirles el café.

— Ese hombre se merece el cielo. Mira que ayudarnos a buscar de nuevo a nuestra pequeña sobrina Amanecer. No cualquiera. Es igual a su padre don José Pilar que dios lo haya perdonado — dijo doña Modesta persignándose —. Y salió muy buen contador como su padre. Hijo de tigre...

— Igual de ratero que — dijo Bartola entre dientes.

— Es verdad. Ayudarnos y sin cobrarnos un céntimo que ya es mucho decir en estos tiempos, nadie lo hace, nadie lo hace.

— Seguro... Yo aún recuerdo cuando después de tantos años de búsqueda, Silverio nos trajo a Amanecer hace un año...

— Yo también me acuerdo. Tan hermosa nuestra sobrina.

— Oye y del rufián que la arrancó de los brazos de nuestro querido yerno Indalesio siendo ella una bebe aquella trágica noche, ¿no se supo nada?

— Pues tal parece que no. Según Silverio, el infeliz se llevó a nuestra Amanecer a alguna región de España. Luego a la vuelta de los años, Amanecer regresó a su México ya convertida en una mujercita. Si. Fue toda una suerte que haya logrado dar con ella aquí.

— Pero fue una lástima que el gusto de verla nos duró muy poco Altagracia. Y ya ves, la volvimos a perder.

—Pero es que sólo a ti se te ocurre dejarla ir sola a la iglesia mujer, y más en estos tiempos.

Entonces doña Modesta se miró triste por unos instantes.

— Pero no te me achicopales Modesta. Que pronto nos volveremos a reunir con ella. Y aunque no pudimos darle el gusto a su padre de verla de nuevo, nosotras si estaremos para ayudarla en todo.

— ¿Te imaginas? ¡Cuando se case y vengan los nietecitos!

— Sobrinitos querida hermana, sobrinitos. Que tú y yo no estamos aún en edad de ser abuelas.

— Si a esas vamos seguro que yo todavía ando en pañales — dijo Bartola de nuevo entre dientes.

— Muy cierto... Oye Altagracia se me ocurre algo... Si Silverio está soltero y es buen partido, estaría bien que se hiciera el esposo de nuestra Amanecer...

— Mira tú, no suena mal. Amanecer Villarreal y Moncada de Ortigoza. Me gusta. Me gusta.

— Porque necesitará un buen hombre que le ayude a administrar su fortuna.

— Si y que mejor que Silverio. Mira que a nosotros nos ha cuidado muy bien nuestros bienes.

— Pues ustedes dispensarán que meta mis narices, pero a mí ese señor Silverio no me acaba de cuadrar nadita — dijo Bartola.

—¡Cállate tú bribona narigona! — dijo doña Altargracia —. ¿Quién te dio permiso de meter tu cuchara?

— Pues yo solita. Y digan lo que digan sus mercedes ese señor Silverio me caí pero que si bien atravesao. Y ustedes son unas... confiadas. Pa mí que ese les mete pluma cuata en las cuentas y ustedes muy bien gracias.

— ¡Bartola a la cocina! — dijo doña Modesta indignada —. Y te olvidas de ir por el pan. No más por intrigosa, chismosa y...

—Argüendera — le susurró doña Altagracia a su hermana.

—Si y por argüendera. Mira que hablar mal de Silverio.

En El Dorado la joven monja había estado ordeñando a Florita la vaca, cuando escuchó una algarabía en el cuarto de Bravo. Intrigada se asomó por una rendija. Allí miró a Bravo sin camisa, enseñando a los niños a lazar con una cuerda. La joven miraba atenta a Bravo. No pudo evitar sonrojarse. Nunca había visto a los niños tan felices como ese día. En eso se decidió y entró a la habitación tomándolos por sorpresa. Los niños corrieron a esconderse y el hombre en un instante se quedó solo, de pie al centro del cuarto.

— Con que muy adolorio ¿no?— dijo la mujer molesta.

— No se crea aún me siento mal oiga.

— Pue no lo parece "oiga". Descansa bien, come tree vecee ar día, y se la pasa muy divertioo por lo que se puede vee.

— Le juro que aún me siento débil. Verda de dios — le contestó fingiendo desfallecer.

En ese momento la monja lo abrazó para sostenerlo, y evitar que cayera al suelo. Fue allí al estar tan cerca, que para ambos el tiempo pareció detenerse. Bravo no pudo evitar perderse en su mirada, y por su parte ella miró los labios del hombre. De pronto comenzaron a acercarse, pero en eso la hermana Agustina asustada, se reprochó el sentimiento y retiró sus manos dejándolo caer al suelo.

Sin decir más la joven salió de la habitación, subió los cántaros con leche a la carreta y se marchó al pueblo a venderlos.

Casi dos horas después, muy agitada la hermana regresó del pueblo. También había visto el aviso de la recompensa por la captura de Bravo.

Al regresar al convento de improviso, pudo verlo de pie y dando suaves golpes a las paredes, como inspeccionándolas.

— ¡Vaya! ¡Veo que se siente ustee mejoo!

— No muy bien. Figúrese que aún siento algo de temperatura y...

Entonces la mujer molesta puso su mano en la frente de Bravo.

—¡Pue está maa frío que un cadávee!

— Verdad de dios que me siento mal.

— ¡A otra ingenua con ese cuento señoo! ¡Ustee debe marcharse cuanto antee de este lugaa! ¿me oyó?

— ¡Tranquila! ¿Pos no que éramos amigos?

— ¡Éramoo uste lo ha dicho éramoo! ¡Eso fue hasta antee de sabee lo que ahora pue sé de uste!

— ¿Y qué sabe de mí? — dijo el hombre angustiado sintiéndose descubierto.

— Pué casi naa, sólo que le han puesto precio a su captura. Y que ee un estafadoo, y un ladrón y no se cuantaa cosaa maa.

— Pero ¿cuándo y quien le dijo eso?

— ¡Hoy por la mañana figúrese ustee! ¡Y fue el mismito señoo gobernadoo! — dijo la joven monja nerviosa caminando de un lado a otro.

— Eso es una vil mentira. No les crea nada.

Entonces ella sin reparos le mostró el cartel para que lo leyera.

—¡Oh vaya...! ¿Y usted me va a echar a la calle en mis condiciones oiga?

— ¡Pué si uste ya se ve muy sanito "oiga"! ¡Ya hasta anda buscando doble muro por too er convento...! ¡Santísima virgen de Guadalupe! ¡Sólo dios sabrá que maa hará cuando se queda solo!

— Está bien. Mañana temprano me iré. No quiero darle más molestias oiga — dijo el hombre indignado.

— ¡Pue fíjese que no se va a podee "oiga"! ¡Será hoy por la noche, y será bajo mii condicionee, que lo sepa bien!

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