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Portada de la novela Nuevo amor de la novia abandonada: su amante millonario

Nuevo amor de la novia abandonada: su amante millonario

Carla sufre la peor traición cuando su prometido la deja en el altar por su hermanastra. Buscando consuelo tras la humillación, vive un encuentro apasionado con un extraño que resulta ser un poderoso millonario. Este hombre se convierte en su apoyo clave para ejecutar su revancha, pero la situación se torna crítica cuando su antiguo amor reaparece arrepentido. Ahora, ella deberá elegir entre el pasado o un futuro junto a su nuevo protector.
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Capítulo 1

"¿Estás saliendo con alguien?".

Carla Sullivan se apoyó con aire despreocupado en un reluciente deportivo carmesí. Llevaba un vestido escarlata tan ajustado que resaltaba su imponente silueta. Su delicado rostro, enmarcado por suaves ondas de cabello caoba, irradiaba sofisticación.

Sus ojos, por lo general vibrantes, mostraban ahora un gélido desapego.

El hombre, que estaba agazapado junto a su maltrecha motocicleta, se enderezó al oírla.

Bajo la luz de un farol, sus rasgos toscos, aunque innegablemente magnéticos, desprendían un carisma indomable.

"Estoy soltero", respondió él con un profundo barítono que rezumaba un atractivo irresistible.

Carla sonrió con picardía y se inclinó un poco hacia él.

Sus rizos, salpicados con restos de serpentina, le cayeron sobre el rostro.

"Pasa una noche conmigo y me olvidaré de los daños de mi coche", sugirió con audacia.

No era de las que perdonaban con facilidad. De hecho, desde que descubrió que Liam Todd, su prometido, la engañaba, ansiaba vengarse.

Y aquel hombre, con su mandíbula marcada, su imponente presencia y su encanto desenfadado, era la antítesis de Liam.

Liam palidecía en comparación con este desconocido, reflexionó ella. Parecía más que capaz de satisfacer todos y cada uno de sus deseos.

La mirada del hombre alternó entre el vehículo de lujo abollado y su propia motocicleta destrozada, y un destello de diversión brilló en sus ojos.

"Su preciado coche", pensó él, "ni siquiera vale lo que cuesta el manillar de mi moto".

Con una sonrisa socarrona, la atrajo hacia sí y, con un tono burlón pero firme, dijo:

"Trato. De todos modos, no puedo pagar la reparación de tu coche. Pero no te quejes después, pequeña fiera".

Y dicho esto, la levantó en brazos y la llevó sin esfuerzo hasta un hotel cercano.

En cuanto entraron en la habitación, ella lo empujó sobre el colchón. En la mesita de noche de aquel hotel, famoso por sus peculiares servicios, encontró unas esposas de cuero y le sujetó las muñecas a la cabecera.

"Prefiero tener yo el control", declaró, con las mejillas encendidas por un rubor provocador.

A pesar de su inexperiencia, su audacia irradiaba una confianza parecida a la de una flor que se abre en la penumbra.

Sin embargo, su dominio no duró mucho y, en realidad, apenas le importó si él había disfrutado o no del encuentro.

"Ahora estamos a mano", murmuró, jadeante y despeinada.

En un rápido movimiento, él invirtió las posiciones y la inmovilizó bajo su cuerpo, con la mirada intensa y cargada de un deseo desenfrenado.

"¿Eso es todo? Recuerdo que prometiste una noche entera. Aún es temprano", se burló él.

Antes de que pudiera comprender cómo se había librado de las ataduras, se vio completamente abrumada, perdiendo el control.

Imitando la audacia que ella había mostrado antes, le tapó la boca con la mano, acallando cualquier posible protesta. Las lágrimas asomaron a sus ojos mientras gemía bajo sus implacables embestidas.

Cuando prometió una noche entera, no exageraba.

Carla perdió la cuenta de las veces que se desmayó. La energía de él parecía insaciable, interminable, y llevó el cuerpo de ella más allá de cualquier límite.

Horas más tarde, mientras volvía a vestirse, no tuvo el valor de mirarlo a los ojos.

Con voz ronca y temblorosa, le advirtió: "Tengo la grabación del accidente. En cuanto salga de aquí, no seremos nada el uno para el otro. Y no digas ni una palabra".

A sus espaldas, la voz de él destilaba una diversión perezosa pero afilada.

"Interesante. Yo también he guardado una copia de esa grabación".

Sin entender la insinuación, Carla agarró sus cosas y se dirigió a la salida.

Le temblaban tanto las piernas que casi la traicionaron, amenazando con ceder bajo su peso.

La profunda risa de él resonó en la habitación. "¿Segura de que no necesitas más tiempo para recuperarte?".

¡Qué bastardo engreído!

Cerró la puerta de un portazo con todas sus fuerzas, tentada de habérsela estampado en la cara.

Ella no alcanzó a ver el brillo posesivo en los ojos de él mientras la observaba marchar.

En el vestíbulo del hotel, la brillante pantalla de un televisor mostraba los titulares de última hora.

"Impactante revelación: dos familias de la élite de Jurgh, a punto de unirse en matrimonio, sufren una humillación pública. Fuentes cercanas afirman que el heredero de los Todd abandonó la ceremonia furioso, dejando en evidencia a la heredera de los Sullivan".

Un espectador murmuró: "Se rumorea que el novio siente algo por la hermanastra de la prometida. Ahora que los padres de ellas han vuelto a estar juntos, ¿quién sabe? Quizá termine con la otra hermana".

En la pantalla, Carla aparecía con su vestido rojo y el cabello salpicado de confeti. La cámara se detuvo en su sonrisa congelada, magnificando el dolor que ocultaba.

Sorprendentemente, después de aquel intenso encuentro, Carla se dio cuenta de que el dolor de la ruptura ya no era tan agudo.

Se había aferrado demasiado a Liam, convencida de que una relación de tantos años era indestructible. Había permitido que él diera por sentado su afecto.

Pero él nunca había sido irremplazable. Alguien más había logrado llenar ese vacío sin esfuerzo.

Como el desconocido de la noche anterior, por ejemplo, cuya resistencia parecía no tener límites.

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