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Portada de la novela No se atrevan a juzgarme

No se atrevan a juzgarme

Bárbara se halla en una encrucijada determinante: salvaguardar a su familia implica tomar medidas extremas que alterarán su destino. Mientras desafía los prejuicios de una sociedad crítica y lidia con hogares fracturados, su corazón se debate entre dos polos. Por un lado, Arturo posee poder pero carga con un pasado gélido; por otro, Moisés ofrece sensibilidad pese al desprecio de su círculo. Un relato de lealtades donde elegir bando es la única salida.
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Capítulo 3

En el cementerio, no estaban más que los encargados de la sepultura y ella. Era un día nublado y ella esperaba allí, de pie al lado del lote donde enterrarían a su madre. Una vez que terminaron de preparar todo, sacaron el ataúd de la carroza fúnebre y lo colocaron junto a ella. Lo abrieron por un instante para que Bárbara se despidiera de su madre. Casi no la reconoció allí, y dio gracias por eso, porque sentía que no era su madre a quien iba a sepultar. De esa forma podría imaginarla viva.

Les hizo una seña a los trabajadores, y cerraron la caja. La bajaron al agujero y Bárbara miró cómo enterraban a su madre y se hacía real su muerte. Hasta ese momento se sentía como una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento, pero ahora era cierto. Su madre estaba muerta de verdad y el mundo se le vino encima. Sintió deseos de llorar, pero se contuvo. No era llorando como iba a resolver sus problemas. Y eso era lo que tenía que ocupar su mente. No había tiempo para lágrimas.

Cubrieron la tumba y sólo pusieron una tablilla encima en la que, aún con la pintura fresca, se leía el nombre de Daniela y la fecha de su muerte.

—No importa, mamá — hizo una pausa mirando la tablilla— Nada de esto importa, como siempre nos decías, vinimos al mundo sin nada y nos vamos sin nada. Vete tranquila, todo va a estar bien, descansa, te lo mereces. Nos vemos en el otro lado.

Dio la vuelta hacia el conductor de la carroza fúnebre y le pidió que la llevara hasta el centro, porque el cementerio estaba en las afueras de la ciudad y salir de allí no era fácil sin automóvil. El hombre la llevó y miraba en silencio a esa extraña jovencita que completamente sola acababa de enterrar a su madre sin derramar ni una sola lágrima, aunque el pesar se leía en sus ojos y no pudo menos que admirar la fortaleza de la muchacha.

El conductor la dejó en el centro de la ciudad, en el área comercial y Bárbara comenzó a caminar por el lugar, entrando y saliendo de cada local, preguntando si necesitaban personal. Cuando hubo preguntado en todos los lugares que había cerca, decidió a irse a su barrio. Allí, alguien le podría decir donde conseguir trabajo. Caminó hasta el barrio, aunque era lejos, porque necesitaba el tiempo para pensar en lo que debía hacer. Al llegar al barrio, caminaba lentamente, quizás lo hacía para evitar el momento de enfrentar su casa sola.

Una voz la detuvo y se volvió a ver quién la llamaba.

— Buenas tardes, don Juvencio — el anciano con rostro bonachón la miraba con afecto. Conocía a Daniela y a sus hijos desde hacía muchos años y sentía por ellos un afecto real y sincero. Le expresó su pesar por lo ocurrido y Bárbara respondió mecánicamente.

— Gracias, don Juvencio, es usted muy amable.

— ¿Y qué piensas hacer sola con todas estas criaturitas?

— Salir adelante. Buscaré trabajo y seguiré criándolos como hasta ahora.

— Yo podría ofrecerte un trabajo en mi negocio, no puedo pagarte mucho, pero es algo. Podrías trabajar como ayudante en la pastelería, igual iba a buscar alguien para eso.

— Gracias, muchas gracias, don Juvencio. Seré la mejor empleada que tenga, no se va a arrepentir. — casi logró esbozar una sonrisa, aunque no había nada en ese momento que la hiciera feliz, pero pensar en tener un empleo, era sin duda un muy buen comienzo. — Necesito unos días mientras me dan a mi hermanita en el hospital, pero tan pronto me la dejen traer, comenzaré a trabajar.

—Pues claro, niña. Organízate y ven cuando puedas.

— No sé cómo agradecerle.

— Daniela fue muy querida en el barrio, te ayudaremos en lo que podamos.

— Muchas gracias.

— ¿Cuándo será el entierro? Quisiéramos ir.

— Ya la enterraron.

— Pero, nosotros...— el señor no supo qué más agregar.

— No tuve opción, fue lo único que pude lograr en el hospital con los Servicios Sociales.

— Bueno, hija, a veces la vida no nos deja dónde escoger, sólo nos queda seguir adelante.

— Así es, seguir adelante. Debo irme, de nuevo, muchas gracias.

Se marchó y dejó al anciano mirándola con tristeza en los ojos.

— Ay, mi niña, ¡que temprano te comenzó a golpear la vida! Ojalá tengas fuerzas para lo que viene.

Al llegar a casa de Engracia, entró sin llamar, como era costumbre entre las dos familias. Allí estaban sus hermanos. Y todos corrieron a abrazarla cuando la vieron.

— Hola niños ¿se han portado bien con la tía Engracia?

— Si ¿y nuestra hermanita? ¿Cuándo la vas a traer?— preguntó el dulce Agustín.

— Pronto, aún necesita estar unos días en el hospital para ponerse fuerte.

— ¿Y mami cuando vendrá? — interrogó la pequeña Roselyn con sus preciosos ojos verdes muy abiertos, y su dedo pulgar en la boca.

Bárbara le sacó el dedo de la boca y le explicó lo que antes le había dicho a sus hermanos. Roselyn no entendía mucho de lo que le decía, y se volvió a chupar el dedo. Se dio la vuelta y se marchó.

— Ya terminó todo con mi mamá, tía Engracia, se hizo el entierro sin ninguna ceremonia. Creo que ella lo habría preferido así, de todas formas. Ahora me toca ocuparme de la bebé. Pero creo que ya es muy tarde para regresar al hospital, me llevaré los niños a casa esta noche, pero no puedo tenerlos en el hospital conmigo mañana todo el día. ¿Puedes cuidarlos un rato cuando lleguen del colegio?

—Pues, claro hija, no te preocupes por eso.

— Gracias tía, yo los llevaré a la escuela, y me iré al hospital, luego los recogeré y te los traigo, y me voy de nuevo.

—No, hija, no te angusties, yo los busco. Vete tranquila, que ya tienes demasiado encima.

— Está bien, gracias, tía. Niños, nos vamos a casa, tengo mucho quehacer pendiente.

—Descansa, hija, ya habrá tiempo para el quehacer. Hoy trata de descansar, para que mañana puedas aguantar lo que viene.

— Está bien—dijo sin convicción — Vamos, chicos, a casa. — tomó a Roselyn de la mano y los gemelos caminaron a su lado.

Abrió la puerta, que casi nunca se cerraba con llave y recordó que cuando se lo criticaban, Daniela siempre decía riendo que no se molestaba porque los ladrones también sabían que en su casa, no había nada qué robar.

Al entrar, extrañó la voz melodiosa de su madre, cantando alguna canción de moda mientras hacía los oficios. Daniela tuvo una vida triste, pero jamás nadie la vio sin una sonrisa en los labios. Esa era su fortaleza. Mantener la vista en lo que venía sin pensar en lo pasado.

"Y así tendré que ser yo, mi vida como hermana mayor acaba de terminar. Ahora seré la madre de cuatro niños, con toda la responsabilidad sobre mis hombros, como lo hizo mamá. ¡Dios, dame fuerzas!"

Envió a los gemelos a la ducha mientras preparaba la cena, luego bañó a Roselyn y les dio de comer, los llevó a acostar y luego, se sentó en la pequeña cocina, a pensar en su nueva vida. Por suerte, desde pequeña había cuidado de sus hermanos, de modo que no era nada nuevo. Siempre fue una ayuda enorme para su madre, por eso podía trabajar tantas horas al día, pero ella no tendría esa ayuda. ¿Cómo haría para trabajar con la bebé necesitando tantos cuidados? Tendría que hablar con don Juvencio para que le permitiera tenerla consigo durante las horas de trabajo.

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