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Portada de la novela Mi seductor Desconocido

Mi seductor Desconocido

Valeria Torres se enfrenta al colapso de su legado familiar tras ser víctima de engaños devastadores. Buscando consuelo, vive un encuentro fugaz con un desconocido que desaparece al amanecer. El destino la golpea de nuevo al descubrir que aquel hombre es Damián Black, un magnate implacable que ahora controla su empresa y su vida mediante un contrato imprudente. Atrapada en una atracción peligrosa, ella luchará por su libertad frente al poder de Damián.
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Capítulo 2

Abrí los ojos con esa sensación pesada en el cuerpo, como si mi piel no terminara de pertenecerme. La habitación estaba en penumbras, la cortina apenas dejaba pasar una línea de luz que cruzaba el suelo hasta la cama. Tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba. No era mi cama, no eran mis sábanas, no era mi aire.

El espacio olía a madera, a perfume caro y a sexo reciente.

Me incorporé despacio, con la cabeza palpitando. La sábana se deslizó y vi mi cuerpo desnudo, todavía tibio, todavía marcado. No estaba sola en el recuerdo, pero sí en la realidad. Giré el rostro hacia la otra mitad de la cama y confirmé lo inevitable: él ya no estaba.

No quedaba nada salvo un sobre. Lo tomé con dedos temblorosos. No era un sobre de verdad, sino una servilleta doblada con letras negras garabateadas: "Fue un placer."

-Hijo de... -murmuré, apretando la servilleta hasta arrugarla.

Me dejé caer contra la almohada, respirando hondo, intentando ordenar la maraña de imágenes que me golpeaban: su boca en mi cuello, sus manos sujetándome como si me conociera de toda la vida, su voz grave y baja diciendo mi nombre aunque yo nunca se lo di.

Sacudí la cabeza. No. No iba a permitir que ese recuerdo se anclara en mí. Fue una noche, un error, un instante de debilidad. Lo repetiría todas las veces que fuera necesario hasta creérmelo.

Me levanté tambaleándome, recogí mi ropa desperdigada por la alfombra. Cada prenda era un recordatorio del torbellino de horas anteriores. Me vestí rápido, con movimientos torpes, sin atreverme a mirarme en el espejo. No quería ver a la mujer que se había dejado arrastrar por un desconocido.

Cuando bajé a la recepción del hotel, la recepcionista me dedicó una sonrisa que me atravesó. Ese tipo de sonrisa que dice "sé exactamente lo que hiciste anoche". Me limité a devolverle una mirada gélida, saqué mi tarjeta y pagué la habitación como si fuera la cliente más indiferente del mundo.

Al salir, el aire fresco de la mañana me golpeó la cara. Caminé unas calles antes de atreverme a encender el teléfono. Diecisiete llamadas perdidas. Todas de mi asistente, Carla.

Tragué saliva y devolví la llamada.

-¿Qué pasó? -pregunté sin saludar.

-¡Valeria, por fin! -su voz sonaba desesperada-. Tienes que venir a la oficina ya.

-¿Qué demonios sucede?

-Es la empresa. Está peor de lo que pensábamos.

Me quedé en silencio unos segundos.

-Voy en camino.

Colgué, guardé el teléfono y pedí un taxi. El trayecto fue un caos de pensamientos. Mi empresa, el legado de mi padre, se desmoronaba. Y yo, la mujer que siempre había prometido mantenerla en pie, había pasado la noche con un hombre sin nombre.

Cuando llegué, la oficina estaba en un hervidero. Secretarias corriendo, llamadas entrando y saliendo, caras tensas. Carla me recibió en la puerta de mi despacho con un montón de carpetas en la mano.

-Necesitas ver esto. -Me las entregó sin respiro.

Me dejé caer en mi silla y comencé a revisar. Números rojos, pérdidas, inversores que se retiraban. Sentí que la sangre se me helaba.

-¿Y ahora qué? -pregunté en voz baja.

Carla se mordió el labio.

-Solo queda una opción. Hay un inversor dispuesto a escucharnos.

-¿Quién?

Ella vaciló.

-Damián Black.

El nombre me golpeó con la misma fuerza que un puñetazo. No lo conocía, pero había escuchado historias: despiadado, calculador, un tiburón que compraba empresas como quien compra caramelos y las devoraba sin piedad.

-La reunión es esta tarde -añadió Carla-. No podemos rechazarla.

Me froté las sienes.

-Está bien. Prepara todo.

Pasé el resto del día revisando documentos, ajustando discursos en mi cabeza, convenciéndome de que podía manejarlo. Cuando llegó la hora, me puse el mejor traje que tenía, me recogí el cabello en un moño impecable y caminé hacia la sala de juntas como si nada pudiera quebrarme.

Empujé la puerta.

Y ahí estaba él.

El aire me abandonó en un segundo. Traje oscuro, corbata perfectamente alineada, esa misma mirada arrogante que me atravesó anoche. El hombre del bar. El desconocido con el que había perdido la cabeza. El que había escrito "Fue un placer".

Él no se sorprendió. Ni un parpadeo. Como si hubiera sabido todo el tiempo que nos volveríamos a ver.

-Señorita Torres -dijo con voz grave, lenta, arrastrando cada sílaba-. O debería decir... Valeria.

Me quedé de pie, mirándolo con una mezcla de incredulidad y furia.

-Así que tenía nombre. Y el descaro de aparecer aquí.

Él sonrió con calma venenosa.

-Oh, no, querida. El descaro lo tuviste tú al pensar que podías desaparecer después de esa noche sin que yo te encontrara.

-No estaba escondida -repliqué, clavándole los ojos-. Simplemente no me interesaba buscarte.

-Mentir no es uno de tus talentos -respondió, inclinándose hacia atrás en la silla como si estuviera cómodo en medio de mi tormenta-. Créeme, si hubieras querido olvidarme, no habrías reaccionado así al verme.

-Claro, porque en tu mundo todas las mujeres se arrastran detrás de ti -escupí.

-En mi mundo, las mujeres inteligentes saben reconocer a un hombre que les conviene. -Se inclinó hacia adelante-. Y tú... tienes que decidir rápido si eres de esas mujeres.

Mis manos se cerraron en puños.

-Si cree que voy a suplicarle una inversión, está muy equivocado.

-No necesito que supliques. -Sacó una carpeta de cuero negro y la colocó sobre la mesa-. Ya me pertenece.

-¿Qué? -pregunté en un susurro.

Él abrió la carpeta y deslizó unas hojas hacia mí. Mi firma estaba al final de cada una. Reconocí el contrato de préstamo que firmé meses atrás, en medio de la desesperación. No lo había leído con detalle. Nunca lo hago cuando el tiempo corre en mi contra.

-Este documento me da el cincuenta y uno por ciento de tu empresa -dijo con calma, como si me hablara del clima-. Desde hoy, trabajas para mí.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

-Esto es una trampa.

-No, Valeria. -Sonrió con los labios apenas curvados-. Es un contrato. Y tú lo firmaste.

Me acerqué un paso a él, sin bajar la voz.

-Yo no trabajo para nadie.

Su mirada se oscureció.

-Sí trabajas. Solo que aún no lo has aceptado.

Me incliné sobre la mesa, tan cerca que podía sentir su respiración.

-¿Y si renuncio?

-Entonces pagarás la deuda en efectivo. Con intereses. Y créeme, no hablo solo de dinero.

El silencio se tensó entre nosotros. Carla se removió incómoda a mi lado, pero ninguno de los dos apartó la mirada.

-Tendrás que despedirme -le solté, con una sonrisa amarga-. Porque no pienso seguir tus órdenes como un soldado obediente.

Él rió, bajo y lento.

-Oh, no quiero que obedezcas. Quiero que luches. Así es más divertido.

Me giré hacia la puerta, pero su voz me detuvo.

-Por cierto, Valeria... -dijo con calma-. Anoche, en el bar... ¿fue un momento de debilidad o de deseo?

Me quedé congelada, la mano en el picaporte.

-Fue un error.

Él sonrió como si hubiera ganado una batalla invisible.

-Entonces espero que cometas muchos más.

Salí de la sala con el corazón golpeando en mis costillas, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. No sabía si quería matarlo o volver a besarlo.

Lo único que sabía era que, a partir de ese momento, mi vida ya no me pertenecía del todo.

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