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Portada de la novela Mi seductor Desconocido

Mi seductor Desconocido

Valeria Torres se enfrenta al colapso de su legado familiar tras ser víctima de engaños devastadores. Buscando consuelo, vive un encuentro fugaz con un desconocido que desaparece al amanecer. El destino la golpea de nuevo al descubrir que aquel hombre es Damián Black, un magnate implacable que ahora controla su empresa y su vida mediante un contrato imprudente. Atrapada en una atracción peligrosa, ella luchará por su libertad frente al poder de Damián.
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Capítulo 3

Los días siguientes fueron una guerra fría.

No era la típica disputa silenciosa donde dos personas fingen que no existen. No. Esto era más bien una batalla a campo abierto, pero disfrazada con trajes caros, sonrisas hipócritas y protocolos empresariales.

Damián instaló su oficina en el mismo piso que la mía. Y cuando digo "instaló" no hablo de un escritorio y una computadora. No. Él trajo alfombras persas, un sillón de cuero que parecía tragar a cualquiera que se sentara, un minibar con botellas de whisky que costaban más que el salario mensual de la mayoría de nuestros empleados y, por supuesto, una puerta de cristal con su nombre grabado en letras negras. Su nombre. Como si necesitara recordarme, cada vez que pasaba, que él estaba ahí, marcando territorio.

El primer día que lo vi entrar con todo su séquito, apenas incliné la cabeza, pero por dentro hervía. En menos de una semana había cambiado políticas internas, despedido gente, reestructurado proyectos... como si la empresa fuera un tablero de ajedrez y él el único jugador con piezas.

Pero yo no me quedaba callada. En cada reunión, en cada junta de departamento, lo desafiaba. Preguntaba cosas que sabía lo incomodarían, cuestionaba sus decisiones frente a todos. Y él... maldita sea, él parecía disfrutarlo.

-¿Eso significa que cancelaremos la campaña entera solo porque a usted le parece "poco rentable"? -le pregunté en una reunión de marketing, sabiendo que mis palabras eran cuchillos disfrazados de dudas legítimas.

Damián apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

-No, significa que cancelaremos la campaña entera porque es poco rentable, no porque a mí me lo parezca. Que sean proyectos tuyos no los convierte en intocables, Valeria.

Un murmullo recorrió la sala. Carla me lanzó una mirada de advertencia, pero yo no retiré la mía de él.

-Tarde o temprano tendrá que entender que no puede borrar la identidad de esta empresa para imponer la suya.

Él sonrió apenas, ese gesto que me provocaba ganas de lanzarle la carpeta a la cara.

-¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? -preguntó, sin apartar la mirada.

-Ilumíname -dije, cruzándome de brazos.

-Yo juego para ganar, no para sentirme moralmente superior.

El resto de la reunión se desarrolló como siempre: un intercambio de indirectas, sonrisas tensas y miradas que, si pudieran, se habrían incendiado en el aire.

Pero la noche en que todo se tensó un poco más, la recuerdo con claridad.

Era tarde. La mayoría del personal se había ido y el silencio en el pasillo era tan denso que podía escuchar el zumbido de las luces fluorescentes. Venía de una junta de tres horas sobre presupuestos. Yo estaba agotada, con dolor de cabeza y un nudo en el estómago por la cantidad de despidos que él había autorizado sin pestañear.

Llegué a mi despacho y, justo cuando iba a cerrar la puerta, la sentí bloquearse con algo duro. Giré y lo vi. Damián, apoyado con una mano contra el marco, su traje oscuro perfecto, su corbata un poco suelta y esa expresión que me taladraba.

-No te equivoques, Valeria -dijo, su voz baja y grave-. Esto no es un juego que puedas ganar.

Me quedé inmóvil un segundo, respirando hondo, antes de responder.

-Y tú no eres el dictador que voy a temer.

Sus ojos se entrecerraron apenas, como si evaluara el peso real de mis palabras.

-¿No? -preguntó con esa calma peligrosa.

-No -contesté, clavándole la mirada-. Puedes tener acciones, contratos y tu maldita oficina en mi piso, pero eso no significa que controles lo que yo decida hacer.

Intenté apartarme, pero él no se movió. Al contrario, su sonrisa apareció despacio, esa sonrisa arrogante que me sacaba de quicio.

-Veremos quién termina firmando el último contrato... -se inclinó un poco, acercándose a mi oído- ...en mi cama o en mi mesa de juntas.

Un escalofrío me recorrió. No sabía si por miedo... o por deseo.

-Eres un imbécil -dije, y lo dije tan bajo que casi parecía un suspiro.

-Y tú eres una mujer que no sabe cuándo retirarse. -Su mano bajó lentamente del marco a la puerta, cerrándola con un clic detrás de mí-. O tal vez... no quiere retirarse.

-Lo que quiero es que salgas de mi despacho.

-Lo que quieres es que deje de provocarte -corrigió, sus labios cerca de los míos, pero sin tocarme-. El problema es que no pienso hacerlo.

Retrocedí un paso, chocando con mi escritorio.

-No confundas provocación con control, Damián. Yo no soy una de tus empleadas que se calla cuando hablas.

-Eso es lo que más me gusta de ti -respondió, dando un paso más-. Que no te callas.

El aire se volvió espeso. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el ritmo contenido de su respiración, y maldita sea, mi propio corazón acelerado.

-¿Qué pretendes? -le pregunté, intentando sonar firme.

-Pretendo ver cuánto puedes resistir antes de que dejes de luchar contra lo que quieres.

-¿Y qué crees que quiero? -mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Su mirada bajó un instante a mi boca antes de volver a subir.

-A mí.

Cerré los ojos un segundo, tragando saliva. Cuando los abrí, me forcé a sonreír con desdén.

-Tienes un ego tan grande que no sé cómo entras por las puertas.

-No me subestimes, Valeria. No soy de los que hablan sin pruebas.

Me incliné hacia él, a pocos centímetros de su rostro.

-Pruebas o no, yo decido con quién me acuesto.

Su respuesta fue una sonrisa lenta, como si acabara de escuchar exactamente lo que quería.

-Entonces... decides.

No supe si lo dijo como un desafío o como una promesa.

Se apartó despacio, dándome espacio para respirar. Caminó hacia la puerta y, antes de salir, me lanzó una última mirada.

-Mañana a las nueve. Sala de juntas principal. Y ven preparada para perder.

-¿Amenaza o advertencia? -pregunté.

-Preludio. -Y se fue.

Me quedé sola, apoyada contra el escritorio, intentando recomponer mi respiración. No entendía por qué mi cuerpo reaccionaba a él como lo hacía. Podía odiarlo, podía querer destruirlo en cada reunión, pero bastaba con que me mirara así para que algo en mí se encendiera. Y lo peor... es que él lo sabía.

La noche fue un desastre. Intenté trabajar desde casa, pero cada vez que leía un documento, mi mente volvía a la escena en mi despacho. Sus palabras, su voz, el maldito calor de su proximidad. Me repetí cien veces que no iba a ceder, que no era una más en su lista. Pero debajo de la furia... estaba la curiosidad.

Y la curiosidad es peligrosa.

A la mañana siguiente, llegué a la sala de juntas a las ocho y cincuenta y cinco. Él ya estaba ahí, por supuesto. De pie, junto a la mesa, con un café en la mano y revisando unos papeles. Ni un solo signo de cansancio, como si hubiera dormido ocho horas perfectas.

-Puntual -comentó, sin levantar la vista.

-No vine a darte el gusto de llegar tarde.

Él sonrió apenas y señaló una carpeta en mi lugar habitual.

-Revísala.

La abrí y me encontré con un informe detallado de todos los proyectos que había defendido la semana pasada. Todos recortados, modificados o directamente eliminados.

-¿Esto es una broma? -pregunté, alzando la vista.

-No. Es la realidad. -Se sentó frente a mí-. Y si quieres salvar algo de esa lista, tendrás que convencerme.

-¿Convencerte? ¿A ti?

-Soy el socio mayoritario, Valeria. No te guste o no, mis condiciones importan.

-No voy a rogarte.

-No te estoy pidiendo que ruegues -dijo, inclinándose hacia adelante-. Te estoy pidiendo que luches.

Y lo hice. Pasamos dos horas discutiendo cada línea, cada cifra. Él me interrumpía, yo le respondía con más fuerza. En algún momento, me di cuenta de que estábamos más cerca de lo recomendable, hablando rápido, las voces subiendo, hasta que Carla entró para recordarnos que había otra reunión.

Cuando se levantó, me lanzó esa mirada de nuevo. La que decía "aún no hemos terminado".

Y supe que tenía razón.

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